V Jornadas de Investigación Histórico-Social de Razón y Revolución. MESA 7: El balance de la derrota: ¿Por qué perdimos?

Avance de investigación: “Rol de la sociedad y teoría de los dos demonios en tiempos de la dictadura militar (1976-1983)”.

Mariano Nagy. (Profesor de Historia. UBA).marianonagy@yahoo.com.ar

En primer lugar este trabajo, como su nombre lo indica, encierra en si mismo dos grandes temas, aunque no necesariamente excluidos uno de otro. En segundo término, más que tratarse de una labor concluida o terminada, se trata más bien del puntapié inicial de una investigación, presentada con una cierta profundización aunque reconociendo que es posible desarrollarla cualitativamente y cuantitativamente.

El punto de partida es una pregunta: ¿Cuál es el rol que le correspondió a la sociedad en la instalación, la perduración, la violación de los DDHH y el fin de la última dictadura militar argentina? La respuesta (si es que existe solo una) posee dos límites extremos: El primero, de matriz Gramsciana, tiene que ver con el concepto de hegemonía, por el cual se explica la internalización de los valores, prácticas, ideas políticas, etc. de las clases dominantes, por el resto de la sociedad. Esta aceptación se da, siempre, a través de dos elementos, la coerción y el consenso. Esto significa que ningún sistema o régimen político es capaz de sostenerse sin por lo menos una porción de cada una de estas características. Ambas tienen que estar presentes aunque no necesariamente en forma equilibrada, si es que los niveles de coerción y consenso fueran cuantificables. En definitiva, la idea es que no puede entenderse a la dictadura militar (ni a ningún régimen) como impuesto solo por la fuerza.

 El segundo límite pone reparos al otro extremo, el cual carga las tintas sobre la sociedad, que permitió una dictadura militar, es decir, que todos somos (o fuimos) responsables por los hechos ocurridos entre 1976 y 1983. Esta premisa no es exclusiva de la Argentina, también vale el ejemplo alemán, donde el trabajo de Goldhagen[1], aparecido a mediados de la década de 1990 hacía hincapié en la colaboración voluntaria de la población germánica en la realización del holocausto. La aceptación de esta premisa, más allá de las numerosas diferencias entre la Shoá y el caso argentino, supone creer que el poder estaba repartido en partes iguales entre todos los miembros de la sociedad, con lo cual se deja de lado los medios, posibilidades y/o herramientas que algunos poseen para imponer sus ideas a los otros y los factores que entran en juego en las relaciones de poder. En resumen, la dictadura no fue una aparición poderosa y externa que azotó y sometió a una sociedad indefensa, ni fue obra exclusiva de la elección y del accionar del pueblo argentino.

 Para Hugo Vezzetti, la dictadura expuso rasgos que estaban presentes en toda la sociedad, pero con un atenuante, y es que esos rasgos primordialmente se encontraban en las Fuerzas Armadas, que se veían a si mismas como una clase autónoma que combatía por los valores occidentales, capitalistas y cristianos en beneficio de toda la sociedad, y que con una actitud corporativa y mesiánica abordaba una misión fundamental para la nación, a la cual, por supuesto, no le debía ningún tipo de explicaciones. Esto es clarísimo en el nombre que se autoadjudica la junta militar: “Proceso de Reorganización Nacional”, en clara referencia a la organización nacional del siglo XIX, comandada por Roca, y sobre la cual los militares emparentaban, los indios a los subversivos, a Roca con Videla y a la campaña del desierto con la misión actual de encauzar el progreso que se había detenido por la “horda comunista y atea” que amenazaba a la nación.

 Sería importante agregar que además de la propia visión y el rol que se otorgaban las Fuerzas Armadas para el cumplimiento de estos “fundamentales” objetivos, es trascendental la ausencia de un partido democrático de derecha representativo de los intereses de la clase dominante y que supiera obtener seguidores por afuera de su clase social. Esa carencia, en la Argentina fue suplida con los militares quienes a lo largo del siglo XX quebrantaron en numerosas ocasiones el orden democrático, en connivencia con distintos sectores de la burguesía.

 Si se retoma ese perfil castrense, civilizador y conservador de un orden social occidental, capitalista y cristiano vale como anécdota el congreso realizado en 1979, en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en el cual se celebró el aniversario número 100 de la conquista del desierto, con disertaciones y ponencias. David Viñas, quien en su trabajo de 1982 buscaba más las causas del genocidio de las Fuerzas Armadas que el análisis de la campaña de Roca afirmaba: “…Quizá los indios fueron los desaparecidos de 1879”[2]

 Sin embargo, si se tienen en cuenta factores que van más allá del rol clave de las Fuerzas Armadas y la representación acerca de la “misión civilizadora” que ellos mismos se construían, sería importante entender las propias representaciones que se elaboraron y convalidaron en la misma sociedad. En tal sentido, el juicio a las juntas es emblemático, ya que según Vezzetti habría fijado una memoria de los crímenes perpetrados por sus ejecutores, en los cuales la sociedad adquiría una “posición de espectadora horrorizada de acontecimientos que parecían ocurridos en otro lugar[3]. Este hecho histórico y particular en comparación con otros países latinoamericanos, fue apoyado con este condicionante de la sociedad e impulsado por el accionar de los organismos o movimientos de derechos humanos, sobre todo por las Madres de Plaza de Mayo. Es así que se instala el problema de los desaparecidos, y una visión, según Vezzetti, desde las víctimas del terrorismo de estado.

 Y si estas instituciones fueron las impulsoras, el juicio pudo llevarse adelante por el consenso de gran parte de la sociedad, la misma que años atrás acordaba con la noción de que en los principios de los ’70 reinaba el caos y el desorden, en el marco de una situación de crisis irrecuperable por la vía democrática y que avalaba como solución a esa problemática, la intervención de los militares, como tantas otras veces, para reencauzar los destinos de la nación.

 Este cambiante sentir social se hace evidente en las entrevistas que Guillermo O’Donnell[4] había realizado en 1978 y 1982, con resultados asombrosos en cuanto al funcionamiento acomodaticio de la memoria. En la primera etapa se pedía a los reporteados una opinión acerca de la situación política de entonces en comparación con otros momentos históricos. Con la excusa de que las respuestas se habían extraviado, O‘Donnell repitió la entrevista con las mismas consignas y personas. En la primera etapa, existía un consenso generalizado acerca de que a principio de los ’70 se vivía en una era de caos, violencia e incertidumbre insoportables producto de un accionar irresponsable de la subversión, en contraposición al orden que la dictadura ofrecía, más allá de que se le recriminara ciertos aspectos de la política económica. Cuatro años después, se pedía que recordaran aquellas interpretaciones con la mayor fidelidad posible, sin embargo los encuestados resaltaban la derrota militar en Malvinas, las violaciones a los derechos humanos y estaban convencidos de que jamás habían apoyado al régimen y su discurso antisubversivo.

 Sin embargo, este movimiento pendular o maleable de la sociedad no estuvo presente en todos los sectores. Por ejemplo si se retoma el juicio a las juntas militares, sobre el cual ya se anticipó la centralidad de las organizaciones de DDHH y el apoyo de la sociedad, no se puede decir lo mismo de los partidos políticos, agrupaciones que en la mayoría de los casos estuvieron al frente de la idea de la necesidad imperiosa (y a cualquier precio) de reestablecer el orden. El mismo Ricardo Balbín había acuñado el término de “guerrilla industrial” en el cual incluía además de las organizaciones armadas, a sindicalistas combativos y no tanto. Además estaba en contra de cualquier revisión de la etapa dictatorial y a la par de otros partidos, su única intención, según Emilio Mignone, era la de esperar un llamado a elecciones, posibilidad únicamente posible negociando con los militares. Su actitud cautelosa y acrítica se percibía en que:

 “nunca ocultó su malestar por las actividades de las organizaciones de derechos humanos y llegó a expulsar a las madres de su despacho...e irritó a estas instituciones cuando afirmó que los desaparecidos estaban muertos con el objetivo de poner fin a los reclamos” [5].

 Claro que Balbín no fue el único, muchos otros tuvieron un desempeño parecido, salvo un sector del Partido Demócrata Cristiano (el ala Humanismo y liberación), el Partido Intransigente (PI) y el “error” del titular del PJ, Deolindo Bittel, quien en 1979, en el marco de la visita de la CIDH, firmó una declaración denunciando la indiscriminada represión que derivó en muertes y desapariciones, y de la cual se arrepintió, según Mignone, quien asegura conocer el hecho con certeza al haber estado en los entretelones del asunto.

 En la opinión de Acuña y Smulovitz[6], la sociedad quedó colocada en una situación de completa indefensión a causa de la magnitud de la represión y la omisión de denuncias por parte de la prensa, los sindicatos, los partidos políticos y la iglesia. Y si bien reconocen que en una primera etapa el silencio de las organizaciones gremiales y de las agrupaciones partidarias puede relacionarse a que sus cuadros fueron las principales víctimas de los grupos de tareas, en un segundo período, cuando comenzaron a surgir denuncias, éstas no fueron dinamizadas por ellos, sino por las organizaciones de derechos humanos.

 Un párrafo aparte merece el caso del Partido Comunista. Alineado al verticalismo de la URSS, observó una interna en las Fuerzas Armadas, la cual estaba escindida entre “duros” y/o “pinochetistas” en contraposición a una facción “moderada” comandada por Videla. A partir de esta división, se debía apoyar a Videla, progresista y democrático, ejemplificado en las medidas frente al partido: No persecución, sino suspensión del PC, con lo cual se mantenían la personería, las autoridades, las publicaciones, los locales y las fuentes de financiamiento. Y si bien sufrió desapariciones (según Mignone de escasa relevancia en la estructura del partido), éstas habían sido producto del sector “duro”, y con las cuales los “moderados” no acordaban. Esta actitud esta apoyada tanto por principales dirigentes como por otros militantes. Al respecto Roberto Vallarino, miembro del comité central, afirmaba:

 “...Por un lado hay elementos pinochetistas, ultrareaacionarios, y por el otro, elementos progresistas, de tendencia democrática...el PC hace un apoyo crítico ya que la ecuación Videla-fascismo es un error aventurerista...” [7]

Más cerca de las bases, Rodolfo Grinberg, militante del PC entre 1972 y 1985 confirma esta interpretación y agrega otros aspectos:

 “Como el golpe se veía venir, ellos impulsaban trabajar en la disputa interna entre pinochetistas y moderados. Tal vez existía esa diferencia, de hecho es sabido el conflicto entre ejército y marina, pero no se si daba trabajar esa diferencia. Cuando viene la OEA en 1979, con unos compañeros presentamos carpetas y tuve acceso, de casualidad, a la cantidad de casos, y el partido decía que era obra de los duros y que los de Videla no lo avalaban...Yo creo que hay un tema económico entre la dictadura y la URSS, que era gran compradora de carnes y cereales y no criticaba a la dictadura como lo hacía con Chile, y el PC seguía esa línea...yo había creído en esa lectura, y hoy digo como se podía ser tan pelotudo, más allá de que la información que nos pasaban era muy limitada...[8].

Este aspecto económico, que garantizaba la relación dictadura militar-URSS, incluyó condecoraciones de las FFAA nacionales a colegas soviéticos y discursos benevolentes y elogiosos en las ediciones en castellano de Radio Moscú. Sin embargo, no deja de ser sorprendente a la luz del ya citado rol que se autoadjudicaba la dictadura, en cuanto a defensora de los valores de la sociedad capitalista, occidental y cristiana, ninguno de los cuales, obviamente, estaba presente en la URSS. Y más aún, según el trabajo de Mignone, en el caso de las embajadas de EEUU y la de Moscú, las cuales, en el primer caso recibía denuncias y tramitaba emigraciones tanto en la era Carter como en la presidencia de Reagan, en contraposición de la soviética, que no prestaba atención de ningún tipo a los perseguidos por las FFAA.

 En el orden interno, no solo los partidos políticos tuvieron una actuación acrítica y conciliadora, también fue así con la CGT, que jamás habló de la violación de los derechos humanos y mantenía una posición hostil hacia las madres. Incluso, algunos dirigentes como Ramón Baldassini y Jorge Triaca, negaron conocer casos de compañeros detenidos-desaparecidos cuando declararon como testigos ante la Cámara nacional de Apelaciones en 1985.

 Si se tiene en cuenta la labor de los medios de comunicación, los canales de televisión y las estaciones de radio, en su mayoría estatales, estuvieron íntegramente al servicio del régimen, y en la prensa escrita, con la excepción del Buenos Aires Herald de Roberto Cox, alguna otra dirigida a la comunidad judía (Nueva Presencia) o a la irlandesa (The Southern Cross) y Humor sobre el final del período dictatorial, el apoyo a la junta y el ataque a las organizaciones de derechos humanos fue lo habitual. Entre ellos no pueden dejarse de lado, las publicaciones de la Editorial Atlántida, de la familia Vigil, como Somos, Para tí y Gente, y La prensa de los Gainza Paz. Los títulos de Somos ante la visita de la CIDH “¿Qué vienen a buscar?”, y de Gente durante la guerra de Malvinas, “Seguimos Ganando” no dejan lugar a dudas. Incluso en 1978, cuando se intensificaron las denuncias de los exiliados en el exterior, Para ti realizó una campaña denominada “Argentina toda la verdad” en la cual se impulsaba a los lectores a enviar postales de la “verdadera” Argentina a organismos de derechos humanos extranjeros. Para ello, la revista regalaba las tarjetas, pagaba el envío y daba a conocer las direcciones de dichos organismos. Algunos grandes medios como Clarín, La Nación y La Razón aprovecharon el encarcelamiento de los dueños de Papel Prensa y su connivencia con las autoridades militares, para quedarse con esa empresa.

 La iglesia, según Vezzetti, “estuvo a la cabeza del ranking de la degradación moral y política de las instituciones de la sociedad[9], no solo por su justificación en el plano doctrinario, sino también en el acompañamiento cotidiano que vicarios y capellanes realizaron en el desarrollo del accionar de exterminio. Por supuesto que existieron excepciones, como la de los padres Palotinos, o el obispo de la Rioja, el monseñor Enrique Angelelli, quienes entre otros de los muchos que habían sido influenciados por el movimiento de sacerdotes por el tercer mundo, denunciaron las violaciones a los derechos humanos que perpetraba la dictadura, y por ello integran hoy la lista de desaparecidos o directamente fusilados. No fueron menos criticadas las organizaciones judías, que temiendo un rebrote antisemita, jugaron un papel ambiguo y componedor. Así fue que la DAIA (Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas) se limitó a transmitir las denuncias al gobierno, sin asumir la defensa de las víctimas ni prestar apoyo a sus familias.

 En cuanto a la sociedad, Mignone afirma que hasta 1981/82 la actitud general de la población fue de indiferencia y confusión, derivada del cumplimiento del objetivo de la dictadura militar de instalar el autoritarismo, el terror, la desinformación, el mecanismo represivo clandestino, etc. Esta posición habría comenzado a modificarse a medida que se fueron conociendo los hechos, cuestión que se cumpliría definitivamente con la restauración democrática. Sin embargo, según Mignone, en dos momentos la sociedad otorgó un alto grado de consenso hacia las autoridades militares: Durante el mundial de fútbol en 1978 y en la guerra de Malvinas, aunque con consecuencias diferentes. En el primer caso, el apoyo fruto de la euforia por la victoria futbolística pasó pronto, fue efímero, en cambio la derrota en el conflicto bélico despertó la irritación y la ira generalizada contra el régimen militar. En el caso de la copa del mundo, el periodista Marcelo Araujo escribía en 1978:

 “Fue el milagro argentino. Su organización lograda contra los presagios, sorprendió al mundo. Se disolvía el prejuicio que traían nuestros colegas extranjeros merced a la insidiosa propaganda de las organizaciones subversivas…después de cuatro o cinco años de vivir una guerra sucia, la guerra desatada por la subversión, surgió la ocasión de expresar entusiasmo. Actualmente los argentinos vivimos una calma maculada por la resonancia de escasos pero siempre dolorosos atentados” [10].

 Estos discursos fueron muy habituales durante el mundial, cuando los medios de comunicación cerraron filas en torno a la causa futbolera y consiguieron un gran apoyo de la mayoría de los argentinos. Al respecto, algunos observadores extranjeros, como James Neilson, redactor del Buenos Aires Herald, se sorprendían por el pensamiento cambiante de los argentinos:

 “…en este país, en 1973 parecía que el noventa por ciento de los argentinos pertenecían a la izquierda populista y hoy se diría que el noventa por ciento pertenece a la derecha vengativa” [11].

 Más allá de la propaganda oficialista, Mignone, desiste de englobar a toda la sociedad como un actor homogéneo y marca una diferencia entre las clases medias, obreras y marginadas, quienes al enterarse de los crímenes habrían asumido una posición crítica y coincidieron en la necesidad de sancionar a los responsables. No fue así entre los sectores de alto poder adquisitivo, vinculados a los núcleos económicos hegemónicos y los profesionales de la derecha, quienes se habrían inclinado a justificar a toda costa, la represión ilegal, ya que eran beneficiarios de las políticas de la dictadura militar. Si bien existen numerosas pruebas que incriminan a los empresarios, tal vez la división tajante en una clase alta que apoya en su totalidad y una media y baja confundida y engañada primero, y luego crítica parece un análisis muy esquemático, sobre todo por el rol de las clases medias.

 No son pocos los que sostienen que la legitimidad de la dictadura estuvo ligada a la situación económica, y que cuando esta entró en crisis, el apoyo decayó rotundamente. Vezzetti no concuerda con la idea de una sociedad aterrorizada, sino de una prudente, dispuesta a sobrevivir, replegándose sobre la familia y los negocios privados y aprovechando las ventajas de la “plata dulce”. Según él, la situación era de:

 “…un compromiso inestable entre el sometimiento al poder (y la restricción de las demandas) y formas diversas de acomodamiento y calculado oportunismo[12].

 Y sostiene además que en realidad, la dictadura carecía de genuina simpatía entre las capas medias, por eso si bien pudo lograr un sometimiento generalizado a las nuevas reglas (clausura del espacio público, disminución de la solidaridad, etc), no logró una adhesión ni una identificación a sus principios sino una subordinación de la sociedad, que en su repliegue hacia el ámbito privado buscaba el beneficio a corto plazo y la defensa de sus intereses. Sin embargo para O’ Donnell, la clave residió en la existencia de lo que denomina “Kapos”, término que toma de los prisioneros colaboradores en los campos de concentración durante el nazismo, quienes según los protagonistas, solían ser más crueles que los propios alemanes. Estos “Kapos” ayudaron a los objetivos de los dictadores:

 “…no hubiera bastado jamás con los militares o los funcionarios de ese gobierno…para llegar a controlar tan capilar, prolija y detalladamente tantos comportamientos. Para que eso ocurriera hubo una sociedad que se patrulló a sí misma: más precisamente, muchas personas –no sé cuántas, pero con seguridad no fueron pocas- que, sin necesidad “oficial” alguna, sólo porque querían, porque les parecía bien, porque aceptaban la propuesta de ese orden que el régimen les proponía…fueron esos kapos a los que, asumiendo los valores de su agresor, muchas veces los vimos yendo más allá de lo que el régimen les demandaba”[13].

 Para el abogado y politólogo, el éxito que no pudo ser revertido de la dictadura, fue el de penetrar la sociedad capilarmente para reinstaurar el orden y la autoridad. Así hoy persisten el miedo y una despolitización dada por un proceso de aceptación de gran parte de la sociedad de recluirse en la esfera privada y dejar de lado un período de notable movilización y participación popular. Al recordar aquellos tiempos, muchos sentían que habían dejado una parte muy importante de sus vidas. Así lo demuestra Esther D., docente de matemática, quien evidencia todos estos patrones, ya que lo primero que solicitó al ser entrevistada es no dar su nombre real:

 “Con mi marido íbamos a la universidad, a la UBA, yo estudiaba ciencias exactas. Generalmente acostumbrábamos a participar en todas las marchas que se hacían, aunque no militábamos en ninguna organización en particular. Me acuerdo que ya en mí época de estudiante había protagonizado varias represiones de los militares, incluso zafamos de casualidad en la de Onganía. Pero, en el 76 la cosa la empezamos a vivir distinto. Cada día nos enterábamos que cayó la Colorada, los doctores, los profesores de tal o cual escuela. Nos había agarrado tanto miedo que nos cuidábamos hasta de no usar vestimenta de color rojo, que ahora no recuerdo si era una cuestión para ser marcado o era una persecución nuestra. Lo cierto es que aún de novios, nos citamos con mi hoy esposo, y nos preguntamos ¿Qué hacemos? Seguimos o la cortamos. Y decidimos no militar más, nos casamos y tuvimos a nuestros hijos…”[14].

Al comentarle a Esther que la reclusión a una vida privada era un fenómeno muy habitual, muy apesadumbrada recordó una situación de aquel entonces:

 “…otra cosa fue que teníamos una extensa biblioteca que incluía a Marx, Engels, al Che Guevara, a Amado, a Cortázar y otros, y cuando optamos en dejar la militancia o mejor dicho dejar de participar, por miedo hicimos un pozo en el jardín del fondo de casa y enterramos todos los libros y nunca más los sacamos. Hace poco, mi hijo que hoy milita en un partido de izquierda y a quién jamás se lo habíamos dicho, me pidió que los desenterráramos…y ambos estuvimos de acuerdo en que no, que eso formaba parte de una época y que no los queríamos desenterrar. Y ahí siguen…”[15].

 En relación a las percepciones actuales y a casi tres décadas del inicio de la dictadura militar, en encuestas realizadas a miembros de clases medias durante el año 2005 en la zona norte de la provincia de Buenos Aires y la Ciudad de Buenos

Aires[16], pudo apreciarse que ocho de cada diez personas se mostraron absolutamente críticos con dicho proceso y las primeras imágenes o ideas con la que asocian al período 1976-1983 son: “Desaparecidos”, “Falcón verde” y “Represión”. Sin embargo, un veinte por ciento de los encuestados consideró que “en aquella época se vivía más tranquilo y no había tanta inseguridad” o que “hacía falta orden pero después se les fue la mano y/o fue peor el remedio que la enfermedad”. Al momento de explicar las causas del golpe de estado[17], si bien en primer lugar (un 70%) se señaló la debilidad del gobierno de María Estela de Perón, alrededor de la mitad de los encuestados mencionó la violencia de la guerrilla o los atentados terroristas como motivo de la instauración de la dictadura militar. En tal sentido es interesante observar que pese a que en tercera posición (casi el 30 por ciento) aparece que el golpe se debió a un plan de la clase dominante para implementar el neoliberalismo y/o “disciplinar a la clase obrera o a los sectores populares”, llama la atención cuanto ha penetrado el discurso justificatorio de los militares y las políticas durante la transición democrática (Tema que se abordará más adelante) para no solo avalar la teoría de los dos demonios sino también en la utilización de las mismas categorías, como es el caso del empleo de “terrorista” o “subversivo” en reemplazo de “guerrillero”.

 Muchas veces, las obras artísticas y culturales son la expresión de lo que acontece o de la forma de pensar de una sociedad. Así se evidencia en la canción “Mensajes del alma”, de Leon Gieco, en la cual se adopta una actitud crítica hacia, por lo menos, diversos sectores del pueblo argentino durante la dictadura:

 “...que piensas cuando te hablo de todo lo que pasó, viste que todas las cosas se saben con el tiempo, suelto y aún viviendo el católico que bendijo, ya perdió hace mucho tiempo su lugar en el cielo...el polvo de estas calles pone a santo con represor, pone al inocente en pena, y despierta al asesino, témpano del olvido y de nunca decir nada, cuantas miradas caídas sin ver qué es lo que pasa. Ningún dolor se siente mientras le toque al vecino, el que manda a matar es para sentirse más vivo.[18].

 Ya se ha manifestado que no caben dudas de que la acción represiva no pudo haberse llevado adelante solo por las FFAA, sino que necesitó del apoyo de otros sectores. Ya se ha mencionado a la iglesia, y en la opinión de Vezzetti se ejercía una especie de delegación de la represión, sobre todo en las grandes industrias privadas, como en la planta de Ford en Pacheco, Buenos Aires, donde funcionaba un centro clandestino de detención, y un día después del golpe, en una reunión con los delegados, la patronal amenazó:

 “...la empresa ya no les reconoce representatividad como delegados obreros...ustedes les van a mandar saludos a un amigo mío, Camps...”[19].

De hecho se afirma en muchas ocasiones que el régimen fue cívico-militar e:

 “incorporó extensamente cuadros políticos provenientes de los partidos principales y que no le faltaron amplios apoyos eclesiásticos, empresariales, periodísticos y sindicales”[20].

 Ahora bien, como se reconoce la complicidad de diversos sectores, también existe un debate acerca de la combatividad de la clase obrera durante la dictadura, en el cual entran en juego otros factores, como en el caso de Francisco Delich y Alvaro Abos, quienes aseguran que el nivel de terror imperante paralizó todo tipo de manifestación y oposición, con lo cual la clase obrera nada pudo hacer, por lo menos hasta 1981. En el otro extremo se encuentran Pablo Pozzi y Gabriela Gresores[21], quienes sostienen que la clase obrera llevó adelante una política combativa entre 1976 y 1983. Esto se entiende claramente si se tiene en cuenta que el plan de la dictadura implicaba intervenir fuertemente sobre la organización obrera, sus organizaciones y lograr un disciplinamiento de la fuerza laboral, en un proceso de gran concentración en manos de grandes corporaciones económicas y de un traspaso del predominio de una política industrial a otra financiera y especulativa [22].

 En ese marco, Pozzi analiza la importancia de las jornadas de protesta de 1979 con participación obrera y de sectores medios y más aún la famosa “marcha de la bronca” de 1981 que congregó a los sectores mencionados más algunos miembros de la iglesia y del empresariado. Organizada por la CGT llegó a convocar a 50.000 personas. Por supuesto que además de estas manifestaciones, Pozzi encuentra otras formas de resistencia alternativas, derivadas de una experiencia creciente desarrollada durante la dictadura y en algunos casos como herencia de la resistencia peronista. El autor de “Por las sendas Argentinas...” concluye que como broche final del régimen fue clave la marcha del 30 de marzo de 1982 y Malvinas, que aceleraron la tendencia hacia la apertura:

 “…Pero también es indudable que el proceso de resistencia obrera desarrollado a partir de marzo de 1976 y que culminó con la movilización de marzo de 1982 representa la base material de la conquista de la democracia y de la derrota de la dictadura” [23].

 El tema de la responsabilidad de los diversos sectores de la sociedad durante la dictadura militar no se agota en este lapso, sino que alcanza a los períodos anterior a 1976 y posterior a 1983. En esta vía aparece la teoría de los dos demonios, explicación que es aceptada por gran parte de la sociedad, ya que la libera de su accionar en el período previo. Es decir, al interpretarla como un pueblo preso de dos ejércitos (demonios), la guerrilla y las FFAA, enfrentados entre sí, se deja de lado lo evidenciado en la primera parte de este trabajo.

 Pero antes de avanzar con lo que sucedió después de la dictadura, es fundamental observar los acontecido entre 1973 y 1976, o mejor dicho, analizar las interpretaciones de aquel entonces. No son pocos los que aseguran que la violencia subversiva terminaría mal. Para Giussani quien aclara que ya se sabe que las FFAA obraron mal, pero no se conoce tanto, el horror de los Montoneros, y por ello escribió “La soberbia armada”, el problema era que esta organización tenía una esencia militarista que no congeniaba con la democracia, por eso necesitaban la violencia, y Giussani, al ver a Paco Urondo, contento con una acción de Montoneros explica en tono apocalíptico:

 “…aquella evaluación de Paco me produjo por primera vez la sensación de que todo esto iba a terminar mal” [24].

 Para Vezzetti, existía una idea de confrontación total que no solo abarcaba a las FFAA y a las organizaciones armadas, sino también a una gran franja de la sociedad. Esta habría compartido esa visión básica de antagonismo que solo podía resolverse por la aniquilación del enemigo, en un contexto de “ascenso de los extremos” entre 1973 y 1976, y en el cual la sociedad celebraba los muertos del otro bando. Es claro que Vezzetti produce una visión ahistórica, ya que confunde el apoyo masivo a las organizaciones armadas en el período 69-73, y lo traslada hasta 1976, denunciando una supuesta esquizofrenia, ya que apoya a la guerrilla y su “desorden liberador” y luego coincide con la necesidad de poner orden, y con que el único actor social capaz de lograrlo es el estamento militar.

 Sin embargo, es él mismo quien después de criticar la teoría de los dos demonios, realiza un análisis ambiguo y poco claro que pareciera terminar avalando las representaciones que intenta descartar. Vezzetti se pregunta:

“…Qué lugar quedaba para el papel cumplido por un terrorismo guerrillero que sin duda contribuyó a crear condiciones favorables para esa empresa criminal?” [25].

 De hecho, para él, la primera condición para la aparición de la figura de los dos demonios dependía de lo que la propia acción terrorista insurgente producía, que no era ni más ni menos que una reducción de los conflictos sociales y políticos a un plano militarista, a una exaltación de la violencia, a una guerra que se colocaba por encima de la ley. Así se sostenía esa representación de dos aparatos armados arrastrados a una lucha sin retrocesos posibles ante una sociedad espectadora.

 El problema que posee este análisis es que la caracterización del surgimiento de la teoría de los dos demonios, es decir, la descripción de las condiciones que permiten su aparición no coincide con otras secciones del libro donde rechaza estas nociones. Así, en el capítulo II, “Figuras de la guerra”, plantea que antes de 1976 el ERP y los Montoneros estaban derrotados, contaban con muy pocos combatientes y poseían un nivel muy alto de infiltración de las fuerzas de seguridad entre sus filas.

 Además, sostiene que las propias Fuerzas Armadas insistían en la debilidad militar y la inoperancia operativa de las organizaciones guerrilleras en 1976, pero hacia el final de la dictadura, cuando se evidencia el nivel de la masacre perpetrada, y ante las feroces críticas, provenientes sobre todo del plano internacional, la junta militar se inventa ese enemigo hacia atrás que había estado a punto de tomar el poder, y que ella misma había aniquilado en una misión patriótica. En esa línea, redactaron el “Documento Final” que inventaba la cifra de 30.000 combatientes, que obviamente, coincidía con el número de desaparecidos.

 Sin embargo, en el capítulo V, “Variaciones de la memoria”, en el cual aborda el período histórico de los primeros ’70, hace hincapié en el retorno de Perón, quien creía (y no solo él lo consideraba así) que alcanzaría, con su sola presencia, para instaurar un orden sostenido en la subordinación de la autoridad:

 “Como es sabido, lo que sobrevino fue una escalada de violencia, el ascenso de los extremos y la profundización de la barbarie política de un modo que finalmente llevó a la radicalización de todos los enfrentamientos hasta un punto de no retorno. Probablemente el desenlace en una dictadura era inevitable, pero no necesariamente debía tener la forma que finalmente asumió[26].

Si quedaban dudas acerca de la ambigüedad de Vezzetti, es necesario agregar que el sicólogo afirma que:

 “…la táctica del terrorismo indiscriminado terminó cumpliendo un rol vital en la modalidad y extensión de los procedimientos represivos de la dictadura...las cúpulas guerrilleras hicieron exactamente lo que la dictadura necesitaba para implantarse...[27].

 Esta idea de una guerra en ascenso ya estaba presente en julio de 1975, al igual que la necesidad de orden que reclamaban algunos sectores, como se evidencia en una publicación de la revista Gente, titulada “Para Ganar esta guerra”:

 “Primero que nada debemos asumir nuestra realidad. Estamos en guerra (el resaltado es del original)...el blanco de esta guerra no es el gobierno, ni una clase social, ni los militares, ni la universidad, ni los empresarios, ni los dirigentes obreros, ni las empresas extranjeras, sino El país en su conjunto...la lucha es a muerte...no hay concesión que pueda lograr la paz, o un armisticio, o una tregua, no lo quieren ellos, y en consecuencia es torpe descansar en esta esperanza...si nos volvemos hacia nuestros arsenales Patrióticos, morales e inteligentes sin pérdida de tiempo y cargamos nuestras armas y corremos a nuestros puestos podremos revertir el color de los días que se aproximan y hacerlos celestes y blancos para nosotros, y negros para nuestros enemigos, que son los enemigos de la patria” [28].

 Más allá de este “llamado patriótico”, no caben dudas de que las lecturas acerca de la dictadura o de su llegada tampoco eran muy felices en las organizaciones revolucionarias. Algunos miembros Montoneros creían que la dictadura aclararía los tantos, dejando en evidencia quien era el enemigo, y en ese marco la correlación de fuerzas se volcaría a favor de ellos. Esto se hace evidente en la conversación entre dos militantes de la agrupación peronista que aparece en “La voluntad”:

 “…Dijo sin saber muy bien con quienes estaba hablando, el tío del Ruso, un coronel retirado:

-Esta noche es el golpe muchachos...Dentro de un par de horas sale el primer bando. Elvio y su compañero querían que el militar se fuera de una vez...cuando se fue, Elvio y Julián fueron a la cocina.

-¿Te parece que va muy en serio?

-Mira, joda no va a ser.

-No, boludo ya sé. Pero hay compañeros que piensan que va a servir para aclarar las cosas, para definir mejor los bandos, que la gente la va atener más clara, que va a ser fácil pelear contra los milicos que contra un gobierno que todavía se dice peronista...(el remarcado es mio)

-No estoy seguro. Lo que si me parece es que esto nos va a cambiar la vida...” [29].

 En relación a la teoría de los dos demonios no hay explicación más clara y rápida en manifestarse que el prólogo del “Nunca más”, redactado por Ernesto Sabato ya que en sus primeras dos líneas denuncia:

 “Durante la década del ’70 la Argentina fue convulsionada por un terror que provenía tanto desde la extrema derecha como de la extrema izquierda...” [30].

 La teoría se completa con la idea de que a diferencia de Italia, aquí, en la Argentina, a ese terror de la izquierda se le contestó con el terrorismo de estado. También Sabato adhiere al pensamiento del miedo instalado en la sociedad, ya que cualquiera, por inocente que fuese, podía caer en esa “caza de brujas”, aunque reconoce la extensión del concepto de “subversivo” a gran parte del pueblo, desde guerrilleros hasta jóvenes pacifistas.

 Para Gabriela Cerruti[31], los dos demonios son el fruto de un discurso intermedio, negociado, más tolerable para una sociedad horrorizada por los relatos e imágenes del reciente régimen. Los elementos de esta teoría son: el enfrentamiento entre dos bandos, el asesinato de víctimas inocentes, jefes traidores, una sociedad engañada y una imposibilidad de ejercer resistencia. De este modo se borra la complicidad de amplios sectores.

 Por supuesto que la base institucional fueron los decretos 157 y 158[32] de Alfonsín que implicaban el juzgamiento de las cúpulas de las organizaciones político-militares y las Fuerzas Armadas, pero remarcando que el proceso histórico había arrancado en 1973, cuando Montoneros, ERP y otras, habrían violado sistemáticamente el orden democrático e iniciando una escalada que culminaría con los excesos de la dictadura militar:

 “…Que en el mes de mayo de 1973 los órganos constitucionales sancionaron una amplia y generosa amnistía con la aspiración de que esa decisión…sirviera como acto inaugural de la paz que la Nación anhelaba…ese objetivo se vio frustrado por la aparición de grupos…los que instauraron formas violentas de acción política con la finalidad de acceder al poder mediante el uso de la fuerza…que la actividad de esas personas…sumió al país y a sus habitantes en la violencia y en la inseguridad, afectando seriamente las normales condiciones de convivencia, en la medida que éstas resultan de imposible existencia frente a los cotidianos homicidios, secuestros, atentados a la seguridad común…”[33].

A esto se le suma –según Cerrutti- la expresión de ese discurso medio que significa el “Nunca más” y a su puesta en escena que fue “el juicio a las juntas”, ya que intentaba probar los excesos de los militares en la “guerra sucia”.

 En 1995 el jefe del Ejército argentino, el teniente General Martín Balza eligió el programa “Tiempo Nuevo” de Bernardo Neustadt para realizar una autocrítica de lo acontecido en la dictadura militar. Según Eduardo Gruner el objetivo de su alocución más que un perdón por el accionar de las Fuerzas Armadas en la violación de los derechos humanos, fue el de involucrar a toda la sociedad y legitimar la teoría de los dos demonios. En dicho emisión televisiva Balza afirmó:

 “…Las FFAA no actuaron solamente por motu proprio y por capricho sino que hubo susurros en sus oídos que lo tentaron al uso de su espada…”[34].

Y aunque nunca mencionó quienes eran esos “susurrantes” se animó a subir la apuesta afirmando:

 “Del enfrentamiento entre argentinos somos casi todos culpables, por acción u omisión, por ausencia o por exceso, por anuencia o por consejo”[35].

 Más interesante aún en el análisis de Cerrutti, es la idea de tomar las producciones artísticas, que como aquí se ha afirmado, hablan de la sociedad o están a la altura de ella, como lo sostiene la autora de “Herederos del silencio”. En tal sentido, interpreta que “La historia oficial”, y precisamente el rol de Norma Aleandro, como una mujer inocente, esposa de un militar, engañada representa a la sociedad entera:

 “…Y todos respiraron aliviados. La película ganó un Oscar sumándole bendición institucional a la resolución y la sociedad argentina se convirtió en público de su propia tragedia” [36].

 Algo similar ocurría con “La noche de los lápices”, en la cual, al igual que en el juicio a las juntas, aparece la figura de la “víctima inocente” desideologizada y despolitizada, que en la intención de su autora, María Seoane, se trataba de una respuesta a la teoría de los dos demonios[37] y hasta con otros hechos de la realidad, como el secuestro de las monjas francesas gracias a la infiltración del marino Alfredo Astiz.

 Por último, cabe mencionar que Cerrutti no acuerda con la posición del fiscal Julio Strassera quien ante el intento de un militar de hacer cómplice a la sociedad, sostenía que el pueblo había sido siempre engañado. En tal sentido, la periodista se inclina por descartar las nociones de la sociedad rehén y engañada, ya que niegan un debate fundamental:

Los crímenes de la dictadura no se podrían haber llevado a cabo sin la colaboración y el silencio de las elites dirigentes tanto de la prensa como de la iglesia, los partidos políticos y los empresarios y la indiferencia o pasividad de buena parte del resto de la población” [38].



[1] Goldhagen, Daniel. “Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el holocausto”. Ed. Taurus. Buenos Aires, 1998.

[2] Viñas, David. Indios, ejército y frontera. 3° Edición, Santiago Arcos Editor, Bs. As. 2003. Pag. 18.

[3] Vezzetti, Hugo; Pasado y presente. Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina. Siglo XXI Editores, Argentina, 2002. Pag. 37

[4] O’Donnell, Guillermo. “Democracia en la Argentina. Micro y macro. En Contrapuntos: Ensayos escogidos sobre autoritarismo y democratización. Ed. Paidos, Buenos Aires, 2004. Pag. 151.

[5] Mignone E. Derechos humanos y sociedad. El caso argentino. Ed. Del Pensamiento nacional y Cels, Bs. As., 1991. Pag. 137

[6] Acuña, Carlos y Smulovitz, Catalina. Militares en la transición argentina: Del gobierno a la subordinación constitucional. En Juicio, Castigo y Memorias: Derechos humanos y justicia en la política argentina. Ediciones Nueva Visión, colección “La investigación social”. Buenos Aires.

[7] Mignone E. Op. Cit. Pag. 134.

[8] Rodolfo Grinberg, Militante PC entre 1972 y 1985. Entrevista personal. Noviembre 2004.

[9] Vezzetti, H. Op. Cit. Pag. 91.

[10] Pablo Llonto. La vergüenza de todos. El dedo en la llaga del Mundial 78. Ediciones Madres de Plaza de Mayo. Buenos Aires. Abril 2005.

[11] Pablo Llonto. Op. Cit. Pag. 62.

[12] Vezzetti, H. Op. Cit. Pag. 53.

[13] O’Donnell, Guillermo. “Democracia en la Argentina. Micro y macro. Op. Cit. Pag. 137.

[14] Entrevista personal realizada en Agosto del 2005.

[15] Idem.

[16] Para dicha caracterización de sector medio se consideró el empleo y el nivel de estudios, reconociendo que a partir de estas dos variables el marco para dicha categoría se extiende ampliamente, ya que se incluye a quienes se ubican al límite de considerarse como clase alta y a quienes pertenecen al estrato inferior de dicha categoría. Sin embargo, cuando se encontraba con cualquiera de ambos casos, se indagó en las historias familiares y de sus generaciones posteriores y anteriores para despejar dudas. Por ejemplo, el de una persona empleada en un comercio con estudios primarios terminados. Más allá de su salario, sus tres hijos asisten a una escuela secundaria privada con subvención estatal (Con una cuota de 79 $), en Vicente López y no recibe ningún tipo de beca. En otro caso, un gerente de Recursos humanos de un medio de comunicación muy importante que excede largamente la barrera del sueldo de clase media que propone el INDEC (alrededor de 1700 $), sin embargo, no es propietario, vive con sus padres, ambos desocupados y sin edad jubilatoria.

[17] La suma de los resultados exceden el 100 por ciento debido a que los encuestados, obviamente, propusieron en la mayoría de los casos, más de una causa como respuesta a la pregunta.

[18] Leon Gieco. CD “Mensajes del Alma”. Discográfica EMI Argentina, 1992. Canción n° 6 “Mensajes del Alma.

[19] Nunca más. Informe de la Comisión Nacional sobre la desaparición de personas. Editorial EUDEBA. Buenos Aires. 6° edición. 2003. Pag. 379.

[20] Vezzetti, H. OP. Cit. Pag. 39.

[21] Gresores, Gabriela, “Conflictos en la industria frigorífica bajo la dictadura militar: La huelga larga de Swift de Berisso”. En : Ciclos, año XI, n° 22, 2° semestre de 2001.

[22] Estas afirmaciones pueden encontrarse en dos trabajos: Aspiazu D, Basualdo EM. Y Khavisse M, 1986. El nuevo poder económico en la Argentina de los ’80. Bs. As. Legasa. .Pucciarelli, A. (Cord). Empresarios, tecnócratas y militares. La trama corporativa de la última dictadura. Bs. As. , siglo XXI, 2004.

[23] .Pozzi, Pablo. “La resistencia obrera”, en Oposición obrera a la dictadura, Buenos Aires, Contrapunto, 1988. Pag. 101.

[24] Giussani, Pablo. Montoneros. La soberbia armada. Editorial Sudamericana, Buenos Aires. 2003. Pag. 44.

[25] Vezzetti, H. Op. Cit. Pag. 123.

[26] Vezzetti, H. Op. Cit. Pag. 210.

[27] Vezzetti, H. OP. Cit. Pag. 103.

[28] Anguita E. Y Caparrós E. La Voluntad. Tomo II. Norma, Buenos Aires, 1998. Pag. 562.

[29] Anguita E. Y Caparrós E. La Voluntad. Tomo II. Norma, Buenos Aires, 1998. Pag. 661.

[30] Nunca más. Informe de la Comisión Nacional sobre la desaparición de personas. Editorial EUDEBA. Buenos Aires. 6° edición. 2003. Pag. 7.

[31] Cerrutti, Gabriela. “La historia de la memoria”, en Revista Puentes, Bs. As. Marzo 2001.

[32] Agradezco a Diego Manzano, quien en numerosas conversaciones me realizó oportunos comentarios y aportó material para este estudio acerca de los primeros pasos del gobierno democrático de 1983 en relación a las políticas con el denominado “Problema militar” y la violación de los derechos humanos. De hecho su inédito trabajo del 2004: “Imaginario social, transición democrática, Derechos Humanos y Juicio a las Juntas: Lecturas y borramientos sobre los primeros meses del gobierno de Alfonsín” me ha resultado de gran ayuda.

[33] En www.nuncamas.org

[34] Gruner, Eduardo. La cólera de Aquiles. Una modesta proposición sobre la culpa y la vergüenza. Cuadernos del Sur. N° 21. Año 12. Mayo 1996. Pag. 25.

[35] Gruner, E. Op. Cit. Pag. 26.

[36] Cerrutti, Gabriela. Op. Cit. Pag. 18.

[37] Raggio, Sandra: “Los testigos de la historia: acerca de contar y denunciar el terrorismo de estado”. En ponencia de las X Jornadas Interescuelas Departamentos de historia. Formato CD Rom. Septiembre 2005.

[38] Cerruti, G. Op. Cit. . Pag. 18.