La ingeniería genética como el salto de la humanidad hacia fuera de sí

Un resumen de este texto fue presentado como ponencia en la Mesa de Salud Pública y Bioética de las I Jornadas Interdisciplinarias sobre Universidad y Derechos Humanos auspiciadas por  la AUGM, Buenos Aires, 17 de noviembre de 2005.

La ingeniería genética: asunto fascinante... ¿y sagrado?

El progreso: coartada ideológica de... lo que venga

La eugenesia es el fin, la ingeniería genética, el medio

Hombre Nuevo: ¿sueño o pesadilla?

Escollos al optimismo tecnológico

¿Inversión de roles? Ciencia al servicio de la técnica

El papel funcional de una bioética institucional

¿Antes no pero ahora sí?

¿Vamos bien?

Ingeniería genética: futuro e irreversibilidad de sus “logros”

La bioética no puede ser biología sustantiva y ética adjetiva

Tecnología y derechos humanos

La ingeniería genética como el salto de la humanidad hacia fuera de sí

Pre-supuestos

1.  Nos parece innegable que el desarrollo tecnocientífico está cada vez más implicado en la problemática planetaria, civilizatoria, societaria, humana.

2.  Somos los hombres quienes llevamos adelante las diversas e inevitables transformaciones. Porque es precisamente nuestra condición humana, nuestra forma de estar en el mundo. Y son esas transformaciones las que entendemos que tienen que estar cada vez más bajo la lupa por sus implicancias cada  vez más abarcativas, insoslayables y que patentizan cada vez más claramente que “todos estamos en el mismo barco”.

3.  La ingeniería genética constituye un acontecimiento miliar dentro de este cambiante universo de transformaciones en que apostamos, literalmente, la vida.

La ingeniería genética: asunto fascinante... ¿y sagrado?

La ingeniería genética parece resumir una serie de sueños recurrentes de la humanidad en el sentido de lograr, de mínima, vencer una serie de miserias y peripecias a las que el hombre ha estado necesariamente unido: eliminar la diabetes, el labio leporino, la epilepsia, la calvicie, la hemofilia, etcétera.

Junto con la consecución de tales logros hay otro movimiento vinculado con un presunto mejoramiento o perfeccionamiento: aumento de altura, cambio de color de ojos o pelo, mejoras sensoriales o intelectuales...

Con este segundo momento, el de máxima, nos acercamos a un aspecto mucho más medular que la reparación de órganos o la superación de enfermedades. A la idea de perfectibilidad: intersección de salud y perfección.

El desarrollo explosivo de la ingeniería genética, es junto con otras áreas en paralela expansión como la robótica, la nanotecnología, la cibernética, la telemática, etcétera, la expresión más nítida del desarrollo tecnológico contemporáneo y de sus implicancias culturales, de lo que Andrew Kimbrell[1] denomina la “tecnoesfera”. “La tecnología se ha ido haciendo omnipresente en nuestras sociedades, permeándose en la inmensa mayoría de nosotros y nuestras vidas privadas. Nuestros hogares, lugares de trabajo, medios de transporte, alimentos, energía, entretenimientos [...].”  

Kimbrell agrega un desolador correlato: aquel señorío del universo tecnológico en nuestras vidas no se hace superando o ampliando nuestra raíz natural o nuestra sociabilidad, sino a costa de ellos, con el deterioro del mundo natural y de nuestro mundo social, que jamás han estado tan amenazados como en la actualidad.

Con razón puede hablarnos David Noble de la “fascinación” que ejerce la dimensión tecnocientífica sobre nosotros, los hombres de la modernidad. Podemos hablar, valga el aparente oxímoron, de una religión de la ciencia y de la tecnología. En el sentido de que lo tecnocientífico nos fascina. Jacques Ellul establece una interesante relación con lo que nos fascina: “lo que desacraliza una realidad dada, deviene a su vez la nueva realidad sacralizada”.[2]

Ellul verifica que el cristianismo desacralizó la naturaleza y con ello se constituyó la cristiandad como sagrada. La cristiandad se corporizó, se institucionalizó en la Iglesia, y la Reforma desacralizó a la Iglesia y la Biblia devino libro sagrado. La ciencia y el racionalismo a su vez desacralizaron a las Escrituras, es decir,  dejaron de ser Sagradas y en ese movimiento de investiduras y caídas, la modernidad ha sacralizado lo científico.

Noble avanza un paso más, mostrándonos cómo esa moderna fascinación tiene una raigambre en lo religioso, en un imaginario antiguo, mucho más antiguo de lo que el modernismo estaría dispuesto a aceptar. “Pese a sus brillantes y sobrecogedoras manifestaciones de conocimiento mundano, su verdadera inspiración yace en otra parte, en una imperecedera búsqueda mística de la trascendencia y la salvación.[3]

Noam Chomsky ha señalado que EE.UU. es el único estado entre los del llamado Primer Mundo, donde el sentimiento religioso no ha menguado, sino al contrario, ha recibido nuevos ímpetus. Es precisamente en EE.UU. donde esta conexión entre lo tecnocientífico y lo religioso se ve más claramente. Noble nos aclara al respecto: “La mayoría de los observadores suelen ignorar [...] que ambas obsesiones, con frecuencia, son mantenidas por las mismas personas, y que muchas de ellas son precisamente tecnólogos.” Afirmación que se aplica, particularmente, a EE.UU.

Hasta bien entrado el siglo XX, el imaginario social mantenía intocado el paradigma que confundía el bien y el desarrollo tecnocientífico. Como en muchos otros aspectos del acontecer humano, el nazismo puso brutal y despiadamente en entredicho esas sinonimias. Gracias a la soberbia ínsita en el nazismo, pudimos saber –bien que con el dolor de lejanos y el terror de cercanos– que se podía ser culto y negar la vida de “los otros”, que se podía erigir una red de alta eficiencia técnica y administrativa al servicio de infamias; que el camino al infierno también podía estar ya no empedrado sino construido con autopistas y transitado por novísimos artefactos de ingeniería.

 Sin embargo, todavía hasta los sesenta o los setenta, por la inercia mental que nos caracteriza, podíamos decir con Vance Packard que: “la inmensa mayoría de los científicos creían que sus descubrimientos modificadores del hombre beneficiaban automáticamente a la humanidad”.[4] Y más adelante [...] Se han inclinado a creer que su misión  es buscar la verdad, sea cual fuere. Y Packard nos recuerda un apotegma del conductólogo Roger McIntire: “Toda vez que desarrollemos una nueva tecnología, la utilizaremos inevitablemente.

El progreso: coartada ideológica de... lo que venga

Ese esquema de acción presupone la inexistencia de otro criterio de validez que el del mismo devenir del conocimiento científico. Da por supuesto que la validez de los despliegues tecnocientíficos opera y se legitima desde su propia esfera de influencias. Abandono de toda evaluación axiológica o ética en el campo de esas acciones humanas. Significaría que ante las transformaciones tecnocientúificas habríamos perdido la capacidad de negación, tan básica a inherente a nuestra condición, humana.

¿De dónde proviene esta arrogancia epistemológica? Que se verifica a derecha a izquierda del espectro político-ideológico de nuestras sociedades.

A la izquierda, porque la coartada del progreso histórico estableció un teleologismo legitimador de toda acción o labor científica per se. Baste pensar en el nombre con que Karl Marx calificara sus elaboraciones teórico-políticas: socialismo científico.

Sirva como ilustración este pasaje de una conferencia dictada por León Trotsky, ya en el exilio, en Dinamarca: “¿Quién se atreve a afirmar que el hombre actual sea el último representante, el más elevado de la especie homo sapiens? [...] está todavía lejos de la perfección  este aborto biológico, de pensamiento enfermizo y que no se ha creado ningún nuevo equilibrio orgánico [...] La antropología, la biología, [...] la psicología han reunido verdaderas montañas de materiales para erigir ante el hombre [...] las tareas de su propio perfeccionamiento [...]. Buzos sabios descienden al fondo del océano y fotografían la fauna misteriosa de las aguas. Para que el pensamiento humano descienda al fondo de su propio océano psíquico [...] iluminar las propias fuerzas misteriosas del alma y someterlas a la razón y a la voluntad. Cuando haya terminado con las fuerzas anárquicas de su propia sociedad, el hombre se integrará en los morteros, en las retortas del químico. Por primera vez la Humanidad se considerará a sí misma como una materia prima y, en el mejor de los casos, como una semifabricación física y psíquica. El socialismo significará un salto del reino de la necesidad al reino de la libertad en el sentido de que el hombre de hoy, plagado de contradicciones y sin armonía, franqueará la vía hacia una nueva especie más feliz.” [5]  Trotsky se nos presenta como un bastión del tecnocientificismo más radical. Si fueran sinceras y hubiesen sido contemporáneas, las empresas actuales de ingeniería genética lo habrían tratado de contratar como agente de Relaciones Públicas...

Trotsky no está, ni remotamente, solo. Herman J. Müller, en plena década del 30, sostenía que “ninguna mujer inteligente y con sensibilidad moral rehusaría tener un hijo de Lenin” (se refería a los genes, claro, no a la cama).

Müller, genetista norteamericano, fue quien dio por tierra con la idea, dominante hasta la década del 20, de la inmutabilidad genética. Por accidente, nos recuerda Vance Packard, “Müller notificó que había modificado pautas hereditarias mediante los rayos X y que habían aparecido mutaciones en la generación siguiente. Esta circunstancia lo impulsó a abogar por la explotación de la aparente maleabilidad del hombre, para modificarlo y mejorarlo con manipulaciones genéticas.[6] En el caso de Müller el nervio motor para emprender un gran proyecto de manipulación genética es un pesimismo fuerte respecto del destino humano, que si no es reencauzado marcharía según Müller, a un “cataclismo genético”. Lo que importa destacar aquí es cómo una mirada ideológica de lo futuro crea las coartadas psíquicas para legitimar, hasta con la urgencia, un proyecto de reconfiguración de lo humano, la construcción de hombres nuevos.

Proponía la creación de una red de bancos de esperma, cuidadosamente registrado y dejando siempre un plazo de veinte años “para poder emitir un juicio ponderado sobre las cualidades del donante. De este modo los hombres que adquirieran prestigio definitivo [sic] podrían ser «utilizados muchas veces» y «destinados a reaparecer en épocas sucesivas» hasta que el conjunto de la población hubiera llegado a su nivel.” [7] Müller no se anda haciendo problema con la cosificación de los humanos fabricados ni por cierto le hace asco al más crudo pragmatismo. El nazismo cortará proyectos como el de Müller.

Tanto perfeccionismo no es sino la contracara del profundo desprecio que despierta en este tipo de pensadores el hombre real y concreto, que somos todos nosotros.

Y si eso era propio de pensadores progresistas, socialistas radicales o socialdemócratas nórdicos,[8] ¿qué decir para las ideologías de la derecha, en general mucho más restrictivas, y a menudo fervorosamente racistas y exterminadoras  (de razas “inferiores” o “condenadas”) Para los titulares de los núcleos de poder, la idea de progreso fue también decisiva para aquella legitimación automatizada desde el liberalismo aristocratizante de los albores del industrialismo, cuando el dominio tecnocientífico empieza a hacerse notar, y ha seguido raudamente con el conductismo estadounidense, configurando los esquemas conceptuales dominantes sobre qué es el hombre y cómo “mejorarlo”.

Otro hito entre el eugenismo norteamericano del siglo XIX y “la nueva eugenesia” cada vez más ligada a la ingeniería genética, lo constituye la política del Tercer Reich de la década del 30 –y en este caso apenas nos referimos a la eugenesia positiva, optimista, sin la sordidez patente que han hecho tristemente célebres a las investigaciones promovidas por el nazismo–: los conscriptos eran enviados con cunas bajo el brazo a las aldeas del Reich para que fecundaran a las sanas y rollizas campesinas alemanas. Para gestar “hijos del Reich” sobre la base de los mismos presupuestos.

La eugenesia es el fin, la ingeniería genética, el medio

La eugenesia se promueve para alcanzar la perfección “humana”, para derramar “lo bueno” sobre toda la humanidad, perfeccionar nuestras cualidades. Que no es sino la contracara del profundo disgusto por algunos rasgos humanos.

Esa disposición le otorga a muchos de sus pioneros un aura demiúrgica desde la cual, con cierta ignorancia de la mitología griega, algunos tecnólogos proyectan la construcción de “quimeras”... Porque el eugenismo doctrinario ha encontrado en la ingeniería genética  también llamada, por razones cosméticas, biotecnología moderna,[9] su mejor aliado.

Escuchemos a un connotado biólogo molecular estadounidense, pionero de una “nueva eugenesia”, que recoge el legado anterior al nazismo, que debió esperar décadas para reaparecer públicamente sin escozor. A fines de los sesenta, cuando la ingeniería genética estaba en pañales, Robert Sinsheimer, nos dice:  “A lo largo de la historia algunos individuos han buscado vivir en contacto con lo eterno [... antes] lo intentaron a través de la religión [... Hoy] aquel contacto se persigue a través de la ciencia, a través de la búsqueda de la comprensión de las leyes y estructuras del universo [...] Quizás esta necesidad sea [...] una negación de la mortalidad humana [...] Las vidas de la mayoría de la gente están llenas de elementos sin importancia [...] sin embargo hay entre nosotros unos pocos afortunados que tienen el privilegio de vivir con lo eterno y explorarlo.” [10] Sinsheimer nos ha aclarado el panorama: lo suyo es una función sacerdotal y no menor, de sumo sacerdote.

En Engineering & Science, el mismo autor escribió: “La nueva eugenesia permitiría en principio la conversión de todo lo inaceptable al nivel genético más alto [...].” [11]

Sinsheimer revela un profundo disgusto respecto del hombre tal cual es, y proyectos de poder:  “Con el Homo Sapiens [...] algo nuevo apareció en este pequeño globo. A nosotros nos compete dar el próximo paso en la evolución. Debemos proyectar un nuevo surgimiento de una especie más hermosa, en este dulce planeta.” [12]

Pongamos un ejemplo de otro orden, no referido a la ingeniería genética propiamente dicha pero sí a uno de los forjadores del camino que ha conducido a ella.

Francis Crick, inglés laureado Nobel, que junto con James Watson lograra descifrar la doble hélice del ADN en 1953, en 1947 había propuesto al gobierno del Reino Unido un plan de esterilización masivo de la población del país, a través del suministro del agua corriente. De modo tal, que prácticamente nadie pudiera sustraerse a la condición de objeto de dicha esterilización. Diseñada para mejorar la especie, por supuesto. En un segundo momento, Crick proponía levantar o no caso por caso el estado de esterilización masivo mediante el otorgamiento de sustancias que inhibieran el suministro inicial.[13] Su propuesta seis años antes de su fama revela la naturaleza de sus pulsiones.

Hombre Nuevo: ¿sueño o pesadilla?

El proyecto de “hombre nuevo” presupone la infinita maleabilidad de lo humano. Pero como muy bien ha observado Noam Chomsky, la supresión de la idea de naturaleza humana da rienda suelta a una manipulación sin límites. Es el fundamento pretendidamente ontológico de un totalitarismo radical. Que, ya vimos, ha campeado a izquierda y derecha del espectro político. Valga reparar que el citado concepto de “hombre nuevo”, ha sido transitado por nazis, socialistas nacionales, pero también por socialistas internacionalistas del más diverso pelaje: guevaristas, castristas, maístas, estalinistas e incluso algunos anarquistas constructivistas, comunitaristas. Y está a la orden del día, como estamos viendo, desde el conductismo madeinUSA.

Escollos al optimismo tecnológico

Sin embargo, el paradigma del progresismo incuestionado e incuestionable se ha ido mellando, con tantas secuelas impensadas provenientes de múltiples desarrollos considerados inicialmente excelentes (bahía de Minimata , monómeros de PVC, asbesto, talidomida, enterovioformo, los CFCs, el DDT, los PCBs, los ftalatos). Empieza a trastabillar el lugar común a prácticamente todos los científicos de que sus trabajos contribuían indefectiblemente al bien de la humanidad.  Este postulado era el que permitía  legitimar permanentemente sus hallazgos por el hecho de haberlos hallado. Lo cual es una petición de principio no sólo desde el punto de vista ético sino también lógico. Poco a poco se ha empezado a entender que la racionalidad tecnocientífica en que estamos inmersos no es tan racional como se pretendía. Que ha habido una dosis de irracionalidad que ha pasado inadvertida, que da la dimensión del maltrato planetario, por ejemplo.

¿Inversión de roles? Ciencia al servicio de la técnica

El ritmo de los desarrollos tecnocientíficos ha estado crecientemente regulado desde lo técnico, desde lo operacional, desde los desarrollos concretos, de modo tal que la relación entre ciencia y técnica se ha invertido. La ciencia ha sido progresivamente servilizada respecto del desarrollo tecnológico propiamente dicho. Pero hablar del desarrollo tecnológico significa hablar de sus titulares: de los grandes conglomerados tecnocientíficos,  corporaciones públicas, como el Pentágono, o privadas, como grandes laboratorios, que imprimen el ritmo y disponen de los fondos para el florecimiento de determinadas ramas de la ciencia, y no de otras... incluso dentro de ámbitos originalmente tan poco empresariales como el que hoy nos comprende, el universitario.

El árbol de la ciencia deja de tener un crecimiento “natural”, autorregulado, y tiende cada vez más a un crecimiento inducido, con podas por un lado y fertilizaciones por otro...

El papel funcional de una bioética institucional

Jacques Testart, veterinario devenido epistemólogo, examinando “biología, medicina y bioética bajo la férula liberal”,[14] advierte que la supresión “de límites entre el descubrimiento y la invención es algo nuevo en ciencia ¿Puede usted imaginarse [...] a Marie Curie haciendo patentar el uranio?”. Ante esa oleada privatizadora y con la sacralización de lo científico, la bioética corre el riesgo de desempeñar una penosa funcionalidad. Entiende que: “la presencia de expertos en los comités de ética [contribuye] a la ilusión de una ética de expertos como si bastara con fundar una ética de la ciencia para forjar una ciencia de la ética.” Testart nos recuerda que “la mayoría de los miembros del CCNE [Comité Consultivo Nacional de Ética, de Francia] son investigadores o médicos [...¿] es posible sostener una posición equitativa cuando se es a la vez juez y parte[?].[15]

Que el papel de la bioética y los bioéticos está lejos de lo que pretende el nombre y sus investiduras lo revela a veces las posiciones de los mismos bioéticos. Paul Ramsey, bioético y reverendo, estadounidense, en El hombre fabricado [16] inicia un subcapítulo con el título “La ética que la ciencia presupone”, donde queda claro qué tiene el protagonismo.

Ramsey define el comienzo de la existencia del individuo humano como “una minúscula partícula informacional”. Ya Packard en los 70 ha mostrado el vigor de ese sueño maquínico de asimilar el hombre a una computadora, el funcionamiento cerebral entrevisto como modelo cibernético y cómo se ha empezado a estudiar cada vez más al cerebro como una organizacióon o red computacional. Como si fuéramos binarios o como si una computadora pudiera tener ocurrencias, chispazos asociativos o ensueños...

Ramsey remata su visión ideológica del ser humano con un determinismo genético radical que haría las delicias de todos los racismos: “[El] desarrollo prenatal y posnatal en que va realizándose lo que él ya es desde el momento en que fue engendrado.[17] El ambiente ha sido extirpado de raíz en aras de un fatalismo o absolutismo genético.

Podemos empezar a entender la dureza de juicios de Testart. Refiriéndose a las nuevas experimentaciones con óvulos, vientres, clonaciones  y el sentido que tienen moratorias y autorizaciones temporarias en tales áreas nos dice: “Maneras de acostumbrar a la gente, a través del desgaste de las palabras y de las ideas hasta que deje de sentirse ofendida por lo que se podría hacer  […] El comité de ética, [entonces] como un comité de benevolencia del desarrollo tecnocientífico.[18]

 “Es necesario hacer todo cuanto es posible hacer, todas las experiencias, todas las manipulaciones; las peligrosas y las absurdas serán eliminadas por sí mismas. [... ese] hermoso optimismo de la utilidad automática, tan característico del liberalismo contemporáneo”, como nos lo describe acertadamente Godin,[19]  que remata: “Dejen hacer, dejen pasar, el dios mercado reconocerá a los suyos.

Este laissez-faire que nos dispensa de toda reflexión epistemológica, nos hace ver, contrario sensu, la dimensión política de la cuestión. Es decir, que también el desarrollo tecnocientífico constituye un territorio donde el hombre debe definirise, decidir. Hacer política. Elegir.

¿Antes no pero ahora sí?

¿Por qué hasta los más fanáticos de entre los aspirantes a la construcción de seres humanos reconocen que si los eugenistas, los genetistas, los sucesivos doctores Frankenstein que hubo en el pasado hubiesen logrado su objetivo, los resultados habrían sido devastadores, espantosos? Porque perciben errores, ignorancia y hasta los horrores que entonces se habrían cometido.

Sólo una necedad que ignora ese mismo pasado se propone repetir el sueño, ahora sí        –sostienen– con precisiones y certezas suficientes... aunque haga apenas dos o tres años que el determinismo genético haya colapsado por su inconsistencia epistemológica, evidenciada con el mapeo del Genoma Humano.[20]

¿Vamos bien?

El estado actual de los desarrollos tecnocientíficos está mucho más cerca de una descripción que hiciera hace tiempo Leon Kass, bioquímico devenido bioético. La situación de la biología contemporánea ha puesto a los científicos en una situación similar a la del cuento del avión, en que el piloto les informa, serenamente, a sus pasajeros: “Muy buenas tardes señoras y señores: les habla su piloto. Estamos volando a 10 500 metros de altura a una velocidad de 1 120 km por hora. Tengo dos noticias para ustedes, una buena y otra mala. La mala es que hemos perdido el rumbo. La buena  es que estamos logrando un excelente rendimiento en nuestro vuelo.” [21]

El piloto, obviamente, destaca la prestación, la performance, como se dice ahora en neocastellano básico televisivo.

Pero Kass nos dice algo más en serio: “la frecuencia con que las nuevas tecnologías de la Revolución Biológica son introducidas «sin que se haya tomado ningún tipo de decisión al respecto»” [22] Algo que nosotros en Argentina, durante los noventa, experimentamos en el campo de la ingeniería genética aplicada a la agricultura, e incluso antes, aplicada a la medicina (el escándalo con las vacas en Azul).

Lo cual ha llevado, incluso a científicos duros, a observaciones que se separan de todo optimismo tecnocientífico. Nos dice James Watson, quien junto con el ya citado Francis Crick sentara las bases de la estructura de doble hélice del ADN: “[La clonación] es un asunto demasiado  importante como para dejarlo exclusivamente en manos de los científicos y de los médicos. La creencia de que las madres sustitutas y los bebés clónicos son inevitables porque la ciencia siempre avanza (...) representa una forma absurda de laissez-faire que nos recuerda, funestamente, la suposición de que las empresas estadounidenses solucionarán los problemas de todos si se les permite actuar a su antojo.[23] Watson nos da una doble advertencia: una certera crítica al liberalismo como epistemología y, de paso, al liberalismo empresario como política.

Ingeniería genética: futuro e irreversibilidad de sus “logros”

Hay que destacar otro aspecto, tal vez más crucial, si cabe, que la dimensión política tan a menudo escamoteada del acontecer tecnocientífico. El advenimiento de humanos genéticamente modificados introduciría un corte radical en la humanidad: entre seres nacidos con dotación genética propia, la de siempre, y aquellos nacidos programadamente. Ese corte entre dos tipos de gestaciones crea un corte óntico dentro de la especie humana con un costo psíquico, político, inconmensurable y con un agravante: su irreversibilidad. Aquel corte óntico establece, genéricamente hablando,  modificadores y modificados, padres y tecnólogos modificadores y bebés que serán adultos modificados. Se crearía entre humanos un abismo existencial insalvable. No es una casualidad que uno de los libros que analiza las implicancias de la ingeniería genética se titule: To play God.

Refiriéndose a un caso particular de ingeniería genética, la técnica de clonación –que desde el punto de vista de la gestación nos retrotrae al universo de seres asexuados, como las amebas–, Jacques Testart hace unas interesantes precisiones terminológicas: en los idiomas latinos usamos el término “reproducción” para referirnos a la procreación de humanos, por ejemplo. El idioma árabe tiene una palabra, injab, para esa actividad y otro, naskh, para referirse, por ejemplo, a las fotocopias o al crecimiento de plantas mediante gajos, para la reproducción. Cuando sobrevino la clonación de Dolly, en árabe se la calificó, lógicamente, como naskh. Testart dice que el francés –lo mismo nos ocurre en castellano– no nos ayuda a pensar esa realidad: un hombre y una mujer uniéndose sexualmente no reproducen nada. Gestan, en todo caso, un ser que tendrá, azarosamente,  rasgos de una y otro. No hay reproducción propiamente dicha. Los médicos e investigadores partidarios de la clonación cuentan así con una alianza semántica para introducir algo cualitativamente distinto, sin precedentes, como más-de-lo-mismo.

El ya citado Godin nos recuerda que Hans Jonas se refiere a la procreación como responsabilidad “de “preservar [la vida] y transmitirla a las nuevas generaciones”. Y aclara: “Nuestra gran responsabilidad no es conservar intacto un depósito o incluso mejorarlo       –algo que sí sería compatible con una elaboración transgénica o clónica–  sino velar por transmitir un mundo indeterminado.[24]

Y que Daniel Sibony, psicoanalista, se pregunta y nos pregunta: “¿No es la clonación el desenlace lógico del narcisismo, el cual es la expresión [...] del individualismo contemporáneo [...]? [25] Me atrevería a agregar a los rasgos narcisísticos de la trama cultural o tecnocultural en que estamos inmersos, aquella voluntad de “jugar a ser dios” que caracteriza a ciertos titulares de determinados saberes y, sobre todo, poderes.

La bioética no puede ser biología sustantiva y ética adjetiva

¿Por qué la bioética no debería desempeñar un papel subalterno respecto de la actividad tecnocientífica? Testart aclara: “Para la biología, no hay diferencia de naturaleza entre una ameba y un embrión humano.” Pero  “toda la ética está fundada sobre un valor que la biología ignora absolutamente: el respeto por la persona humana.[26]

Si lo fáustico, tan propio del romanticismo, del positivismo, del industrialismo, del marxismo, ha devenido demiúrgico y en ese movimiento estamos destruyendo nuestras propias bases de sustentación, venciendo o violando todos los límites, parece llegado el momento de que superemos el paradigma del optimismo tecnológico mediante una conciencia más acorde con la dimensión individual, local, planetaria y cósmica que cada vez más podamos percibir.

Luis E. Sabini Fernández   <lui@wamani.apc.org>

Buenos Aires, noviembre 2005

Docente de Ecología y Derechos Humanos de la Cátedra Libre de Derechos Humanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Editor de la revista Futuros (en papel y en internet).



[1]  Intelectual estadounidense, fundador de un centro internacional de evaluación de lo tecnológico (INAC), del que aquí glosamos Technotopia. The Dark Side of Technology.

[2]  Cit. p. Darrell Fasching, http://www.regent.edu/acad/schcom/rojc/mdic/ellul.html.

[3]  David Noble, La religión de la tecnología, Barcelona, Paidós, 1999, p. 15.

[4]  Los moldeadores de hombres, Buenos Aires, Huemul-Crea, 1977, p. 319.

[5]  “Qué fue la Revolución Rusa”, Copenhague, 1931.

[6]  V. Packard, ob. cit., p. 225.

[7]  Guidance, cit. p. Paul Ramsey,  El hombre fabricado, Madrid, Guadarrama, 1973, p. 59.

[8]   Que continuarán con su política eugenésica en Suecia, por ejemplo, hasta la década de los 60.

[9]   Existen milenarios procesos biotecnológicos desarrollados por el hombre, por ejemplo en la elaboración de alimentos; panes, quesos, vinos...

[10]  The Strands of Life, Berkeley, University of California Press, 1994. Cit. p. D. Noble, ob. cit., p. 230.

[11]  Ibídem.

[12]  Cit. p. Vance Packard, Los moldeadores de hombres, Buenos Aires, CREA, 1977, p.224.

[13]  Bueno es observar que el método propuesto por Crick  es el que los grandes laboratorios de ingeniería genética, que están promoviendo una transformación devastadora de la vida rural, han encontrado para agigantar la dependencia más abyecta de los campesinos. Con las llamadas  “tecnologías de restricción del uso genético” (GURT,  por su sigla en inglés) toda plantación dependerá de “disparadores” o suspensores químicos en manos de los “dueños” de dicho dispositivo. Así, si un agricultor plantara semillas GURT y, por ejemplo, no pagara lo exigido, el laboratorio se arrogará el derecho de suspender el crecimiento del plantío.

[14]  El racismo del gen, en coautoría con Christian Godin, Buenos Aires, FCE, 2001. El pasaje citado, en p. 36.

[15]  Ob. cit., p. 94.

[16]  Ob. cit.,  p. 23 et passim.

[17]  Ibídem.

[18]  Ob. cit., p. 104.

[19]  Ob. cit., p. 88.

[20]  V. Luis Sabini Fernández: “ADN: ¿realidad o mito genético?”, Montevideo, Relaciones, julio 2004.

[21]  Cit. p. V. Packard, ob. cit., p. 320.

[22]  Ibídem.

[23]  Ibídem.

[24]  Testart y Godin, ob. cit. p. 72.

[25]  Ob. cit., pp. 82 y 83.

[26]  Ob. cit., p. 90.