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¿Monarquía o excelencia academica? Por Héctor Hugo Trinchero

A propósito de la renovación de autoridades en los Institutos de Investigación de la Facultad de Filosofía y Letras

En varias oportunidades a lo largo de su vasta obra Claude Levi-Strauss formuló un interesante paralelismo entre el discurso mítico y el político. Tal vez dicho paralelismo se naturalice en el sentido común, cuando asociamos mito y discurso político como instancias irracionales o incluso irreales del habla. Pero sabemos que la cuestión es un poco mas compleja. Para el antropólogo, tanto el mito como el discurso político hablan de la realidad porque ambos configuran códigos para construirla, imaginarla: los mitos se hablan entre sí, incluso, sostiene irónicamente aquel maestro, los mitos hacen hablar a los sujetos. Mutatis mutandi el discurso político configura aquello que denominamos realidad política para que la política hable; y en palabras de otro maestro también francés: para que la política se identifique como un campo. Claro que todo esto resulta exacerbado por la mediación de los medios, porque es allí donde el campo del discurso político se hace más presente, con el objeto de hablarse para sí, para reconocerse en su naturaleza mitológica.

Es interesante observar cómo algunos colegas de nuestros institutos parecen entregados a este placebo que pretende deslegitimar el interés de la Facultad por la renovación de autoridades en los institutos de investigación. Enunciado en nuestro programa de trabajo, presentado en las elecciones pasadas, no nos proponemos otra cosa que darle cumplimiento, al mismo tiempo que lo hemos expuesto ante todos los directores de institutos en distintas reuniones realizadas. Personalmente, no he tenido la oportunidad de escuchar hasta el momento a ninguno de los colegas que ejercen la función de director de instituto pronunciarse en contra de este proyecto. Me entero de supuestas posturas no a través de los medios sino, más significativo aún, de uno solo. Aunque, sabemos, nada indica que la avidez mediática por la reproducción avance sobre lo que hoy aparece como monopólica noticia evidenciadora de alquímicas catástrofes.

El medio formatea el campo del discurso político pretendiendo hablar desde la excelencia académica y de esta manera dejar la "gestión" de la Facultad en otra vereda (los intereses políticos). ¿Puede la noción de excelencia académica quedar enredada, atornillada, dormida, en semejante poltrona? Sí, puede. ¿Por qué? Se me ocurre una respuesta (que entiendo compartirían muchos colegas de la Facultad): porque muchas veces se confunde excelencia académica con monarquía académica, aunque ambas nociones estén reñidas por definición. La excelencia académica se caracteriza para nosotros y para la universidad pública en general como el cúmulo de saberes, experiencias, en este caso, trayectorias de investigación, cuyo objeto principal es ser transmitidas para producir la magia científica de la formación de otros investigadores que puedan continuar, incluyendo diferencias y actualizaciones necesarias, la tarea desplegada. Aún más, si la Facultad de Filosofía y Letras es en la UBA una de las dos unidades académicas que más proyectos de investigación desarrolla en sus institutos (junto a Ciencias Exactas y Naturales) entonces, debería ser también la Facultad que se destaque por la capacidad de renovación de sus directores de investigación, tanto en los proyectos como en los institutos; de otra manera quedaría expuesta a ser legítimamente criticada por semejante discapacidad. Tal característica de Filo se contradice, entonces, necesariamente, con el imaginario que amalgama excelencia académica con "su excelencia" el académico, pregonado por la Iglesia en los albores dieciochescos. Un instituto debe por reglamento gestionar la investigación, es decir, tener un plan de trabajo tendiente al desarrollo investigativo en su especialidad. Si alguien, sea quien fuere, cree tener el derecho a un cargo vitalicio argumentando que en su especialidad nadie es tan maravillosamente excelente como él, no sólo comete el error de la auto-referencialidad, poniendo de manifiesto alguna ignorancia, sino que no ha logrado cumplir su tarea de Director de dicho Instituto; es decir, no estaría dando cuenta del desarrollo formativo de excelentes investigadores, tal como seguramente presentó en su plan de trabajo, y para lo cual la universidad y en definitiva la sociedad invierte sus recursos en esta imprescindible tarea.

El discurso político de ciertos medios confunde el concurso en las cátedras con la actividad de un Director de Instituto. Los universitarios sabemos que el ámbito donde se analiza y se valida la excelencia académica de todos nosotros (profesores universitarios) es el concurso público por oposición y antecedentes en las cátedras y departamentos donde hacemos nuestra carrera académica y científica y nos sometemos al juicio de pares y a la aprobación del co-gobierno universitario. Los Institutos Universitarios no prevén una carrera del investigador, como sí lo tienen organizaciones de la ciencia como el CONICET (creado a tal efecto).

Independientemente de la opinión que se tenga sobre el tema, la carrera universitaria se realiza a partir de los concursos periódicos en los distintos departamentos docentes y no en un cargo de dirección de instituto. Al mimetizarse con aquella retórica mediática, o al pretender hacerlo, no sólo se desconocen los Estatutos Universitarios y Reglamentos, sino la Universidad Pública misma. Los institutos, los departamentos, las secretarías, el decanato de las Facultades, requieren tanto de la excelencia académica como de la capacidad de gestión y también necesitan de su renovación periódica. Precisamente, la inmensa mayoría de nuestros excelentes profesores e investigadores reclaman esto último contra lo peor del ejercicio del poder: su propensión a la permanencia indefinida. Denostan algunos, lo han escrito, la palabra gestión, ¿No es esa capacidad también la que necesitamos para salir adelante? ¿En manos de quién proponen que debemos dejarla? Precisamente por ciertas y conocidas incapacidades de gestión, algunos institutos han quedado expuestos a la crítica reglamentaria siendo nuestro deber resolver esta compleja situación. Hablemos desde la honestidad intelectual que nos debe guiar: cuando hace ya más de cinco años me opuse junto a otros miembros del Consejo Directivo a que los directores con más de 8 años de ejercicio de la función no pudieran presentarse a concurso según el reglamento lo indica, lo hicimos porque a destacados profesores consultos y por ende contratados no se les daba alternativa alguna de permanencia en la Facultad. Fue por ello y por dicha lucha que el Consejo Superior les otorgó en carácter excepcional y por única vez esta posibilidad. Hoy la alternativa comienza a ser posible por el Programa de Posdoctorado que yo mismo he presentado hace tiempo previendo, entre otras cosas, que aquellos profesores consultos que lo solicitaran podrían continuar allí con su actividad académica. Es en este máximo nivel académico donde podrán seguir obteniendo el reconocimiento que todos les tenemos. Este programa de excelencia, compartido con los colegas de la gestión, se encuentra en debate, paralelamente al llamado de directores de institutos, en las comisiones respectivas. Estos importantes temas son parte de la agenda académica de nuestra Facultad, pero para estar en materia, sugiero que la bibliografía a consultar sea posterior a la Reforma Universitaria de 1918, y creo a esta altura un despropósito tener que recordar un postulado básico de la misma (la renovación de autoridades en todas las instancias de la vida universitaria) como aspecto constitutivo de su deber institucional.

Postular, o al menos insinuar, que la renovación de directores sería una especie de "jugada política", o algo por el estilo, de mi parte o de cualquier integrante del Consejo Directivo o Secretario, es poner en evidencia pruritos y prejuicios sobre la democracia universitaria hoy tan conservadoramente de moda. Distante en el tiempo y en el espacio de aquellos eruditos citados al comienzo, aunque cerca nuestro, Arturo Jauretche hubiera interpelado este desatino monárquico insistiendo: Muchachos y muchachas, ¡basta de zonceras! Más allá de los medios, no hay análisis (del discurso) que pueda resistirse al impulso democratizador que vive hoy nuestra sociedad y que nuestra universidad pública necesita.

Héctor Hugo Trinchero

Decano