ARTÍCULOS

 

La biblioteca indigesta. Una hipótesis sobre el horario de atención a los lectores en la Biblioteca Pública de Buenos Aires1

The Indigestible Library: A Hypothesis about the Opening Hours to Readers of the Public Library of Buenos Aires

 

Matías Maggio-Ramírez

Departamento de Arte y Cultura, Universidad Nacional de Tres de Febrero.Valentín Gómez 4828/38. (B1678ABJ) Caseros, Provincia de Buenos Aires. Argentina. Correo-e: mmramirez@untref.edu.ar

Artículo recibido: 6-12-2012.
Aceptado: 9-4-2013.

 


Resumen: A partir de la correspondencia entre Luis José Chorroarín y Bernardino Rivadavia se indagará la representación del bibliotecario como erudito. Se rastrearán las huellas de las lecturas medicinales en la escritura de Chorroarín para justificar su postura sobre el horario de atención de la Biblioteca Pública en 1812.

Palabras clave: Bibliotecarios; Historia; Historia de la Lectura; Historia de las Bibliotecas.

Resumen: From the correspondence between Luis José Chorroarín y Bernardino Rivadavia the representation of the librarian as scholar will be explored. The footprints of medicinal readings in Chorroarín writing will be traced to justify his stance on the opening hours of the Public Library in 1812.

Keywords: Librarian; History; Library History; Cultural History.


 

Introducción

Con sus iniciales, Vicente Pazos firmó en el periódico El Censor del 17 de marzo de 1812 unas breves líneas que daban cuenta del acto de apertura de la Biblioteca Pública de Buenos Aires. Los lectores del impreso supieron entonces que sus donaciones, tanto de libros como en metálico, dieron frutos después del anuncio de la creación de la Biblioteca Pública para fomentar la ilustración de las Provincias Unidas del Río de la Plata. El texto fundacional, que sin firma se publicó en el periódico la Gaceta de Buenos Aires el 13 de septiembre de 1810, hizo hincapié en el interés público de la primera institución creada por la Primera Junta de Gobierno para insertarla en una larga tradición de gestión del conocimiento escriturario que reconoce su origen en la biblioteca ptolemaica (González, 2010: 22-23 y Parada, 2012: 203). Para sortear los costos operativos del establecimiento se abrió una suscripción pública en la que se recibió tanto dinero como donaciones de libros y bibliotecas de particulares, que fueron puestas por entero a disposición de los bibliotecarios para que elijan aquellos libros que no se encontraban repetidos y que fueran de interés para la naciente corporación. La apuesta ilustrada del escrito fundacional de la Biblioteca Pública construyó el rol del erudito en clave conversacional. En tiempos convulsionados la biblioteca sería el lugar de encuentro de las luces entre literatos, en diálogo con los libros donados por los lectores del antiguo virreinato. En el texto podía leerse:

Toda casa de libros atrae a los literatos con una fuerza irresistible, la curiosidad incita a los que no han nacido con positiva resistencia a las letras, y la concurrencia de los sabios con los que desean serlo produce una manifestación recíproca de luces y conocimientos, que se aumentan con la discusión, y se afirman con el registro de los libros, que están a mano para dirimir las disputas.

Años después, en el reglamento de la Biblioteca Pública escrito en su primera versión por Luis José de Chorroarín, y en su forma jurídica, probablemente, por Bernardino Rivadavia, se podrá encontrar cómo se circunscribió la práctica conversacional en el espacio de la institución, ya que en la ordenanza se lee que para “conferenciar o contravertir sobre algún punto lo podrán hacer o en los corredores o en alguna pieza fuera de la Biblioteca que les señale el Director” (Parada, 2009: 181-184).
Desde el anuncio fundacional hasta el aviso de su inauguración al público se comunicó en la Gaceta el detalle de las donaciones que se recibían con el nombre del donante y los libros que dejaba en resguardo de la institución. Si las bibliotecas atraen con una fuerza irresistible a los literatos, como se argumentó en 1810, la noticia de su apertura dos años después generó tal vez alguna ansiedad por parte de los lectores. Estos seguían por la Gaceta el crecimiento del fondo bibliográfico, y en El Censor (1960: 5845), pudieron leer que en “[l]a biblioteca se franquea al público desde las 8 a las 12 y media del día hasta fin de abril en que se variará”. El dato no será menor ya que se generará una serie de polémicas al no modificarse el horario hasta 1871, como bien lo documentó Alejandro E. Parada (2009). La correspondencia, semanas antes de la apertura de la institución al público, entre Rivadavia (secretario del Triunvirato) y Luis José de Chorroarín (director de la Biblioteca), tuvo dos ejes importantes que se centraron en la necesidad de establecer las ordenanzas de la institución y el horario de atención al público. Este último punto será central en la carta que el clérigo bibliotecario envió a Rivadavia al recibir la versión normalizada del reglamento ya que allí se indicaba el horario vespertino, desde las tres y media hasta las cinco y media. Chorroarín rechazó con ahínco la atención a los lectores por la tarde al considerar que se atentaba contra su bienestar. Según su conocimiento de la literatura médica del siglo XVIII, leer después de almorzar era perjudicial para la salud.
A partir de la correspondencia de Chorroarín, recopilada por Levene (1938), y la atenta lectura del libro de donaciones, se intentará indagar las configuraciones de la lectura y del erudito presentes en la élite ilustrada de Buenos Aires.

El horario de la Biblioteca Pública

Los pedidos de ampliación del horario de atención al público fueron sostenidos desde distintos periódicos porteños a partir del anuncio de apertura de la Biblioteca. Alejandro E. Parada (2009) y Oscar Urquiza Almandoz (1972: 225-226) rastrearon hasta la década del veinte cómo apareció en la prensa la cuestión del horario reducido. Por ejemplo, según Urquiza Almandoz, en La Prensa Argentinadel 17 de octubre de 1815, en su número 6,se objetaba el horario matutino y se solicitaba ampliar las horas de atención para “un mayor número de personas, que con el horario entonces vigente no lo podían hacer en razón de sus ocupaciones” y el 4 de junio de 1819 en el número 10 de El Americano (bajo la redacción de Pedro Feliciano Sáenz de Cavia y Santiago Vázquez) se sostuvo:

la fundación de este establecimiento no pudo tener por fin hacer alarde de una vana ostentación. Miras más elevadas y de utilidad común le dieron nacimiento y todas pueden reducirse a una sola: promover la ilustración general. Esto no puede conseguirse con el método que actualmente se observa. La Biblioteca sólo se abre por las mañanas y el resto del día se mantiene cerrada. Los funcionarios públicos, los empleados civiles y militares, los eclesiásticos, los jurisperitos, los comerciantes, y en general, las clases amantes de la instrucción y bellas letras, tienen que asistir las    mañanas a sus respectivos destinos, oficinas, ministerios, estudios, escritorios, y demás deberes que le imponen sus cargos (Urquiza Almandoz, 1972: 226).

Por lo tanto, no pueden consultar el material que fuera donado por los vecinos para la creación de la institución pública. El autor del artículo, escribe Urquiza Almandoz, solicitaba la incorporación de un nuevo bibliotecario para que se atienda por la tarde y la noche a los lectores. En El Argos de Buenos Ayres del 21 de agosto de 1821, Parada (2009: 170) encontró que “[...] dos empleados se quejaron amargamente del escaso horario de atención de la institución, e incluso no dudaron en afirmar que, debido a que permanecía cerrada por la tarde, muchas personas se entregaban ‘a pasatiempos perniciosos y perjudiciales’, solicitando, además la intervención del ministro Rivadavia”. En el Registro Oficial de la Provincia de Buenos Ayres  donde Rivadavia, Manuel José García y Antonio Luis Beruti anulan la comunicación de leyes por medio de bandos para instaurar en el Registro la circulación de “leyes, decretos, órdenes de efecto general” sin que se inserte allí “noticias ni artículo alguno ya sea por vía de explanación o de discusión”, aparece con fecha del 21 de septiembre de 1821 una normativa, firmada por Martín Rodríguez y Rivadavia, para ampliar el horario de la biblioteca y sobre la gestión y ampliación del fondo impreso para fomentar la asistencia a la institución. En ella puede leerse que:

el gobierno medita sobre los medios de fomentar y sostener la biblioteca pública, desea estimular la concurrencia de los ciudadanos. Las horas designadas para los estudios, ni son las bastantes, ni las más propias para aquellos, cuyos negocios reclaman toda su atención en el día. Por estas consideraciones el gobierno decreta,/ 1. Además de las horas de costumbre, la biblioteca pública estará abierta desde las seis de la tarde hasta las nueve de la noche./ 2. Se destinarán para los estudios dos salas independientes de las que sirven al depósito de las obras [...](Registro, 1821: 37-38).

Al día siguiente de cuestionar las disposiciones sobre el horario matutino de la biblioteca,  se da a conocer que le otorgan un premio al mérito a Chorroarín, del que no hay noticia que se haya ejecutado:

Entre las primeras obligaciones de un gobierno se distingue ciertamente la de premiar todo mérito, que se eleva sobre el común. Este es también un principio de economía, y acaso el más fecundo que ella enseña, porque nada contribuye más eficazmente a sacar de la esfera del común los talentos y las virtudes. Estas consideraciones han decidido al gobierno a decretar lo siguiente./1. El retrato del benemérito dignidad Dr. D. Luis José Chorroarín será colocado en la primera sala de la biblioteca./ 2. El ministro secretario de relaciones exteriores, y de gobierno queda encargado de la ejecución de este decreto.[…] (Registro, 1821: 38).

Los reclamos por el horario de atención de la Biblioteca, de alguna manera, tenían presente el texto fundacional como promesa incumplida. En él se excusaba de indicar las utilidades de una casa de libros, por ser notorias para los amantes de las letras que podrían así aumentar sus conocimientos. Pero una vez abierta la biblioteca, las puertas de la institución permanecían cerradas la mayor parte del día para los lectores, que por sus ocupaciones no podían acceder a los libros públicos durante las mañanas. El horario no sufrió modificaciones bajo el rosismo y sólo a partir de 1871, ya en la gestión de Vicente G. Quesada, se atendió de las 11 a las 16 horas, según la investigación de Parada (2009). La divergencia entre las autoridades y el bibliotecario por el horario de funcionamiento de la institución es para Alejandro E. Parada (2009) una “[...] discusión sobre el tiempo de accesibilidad a la información contenida en los registros bibliográficos; pero que también trasluce, inequívocamente, otra realidad: la imposibilidad de los bibliotecarios de mantener un horario amplio debido a la escasez de recursos, tanto de partidas de dinero como de personal idóneo”.

Reglamentos

Luis José Chorroarín tenía experiencia en la gestión de bibliotecas cuando asumió, tras la renuncia del fraile franciscano Cayetano Rodríguez,  la dirección de la Biblioteca Pública. Cuando fue nombrado rector del Real Colegio Convictorio Carolino tuvo que hacerse cargo de la biblioteca, tal como lo estipulaba el reglamento establecido por el virrey Juan José de Vértiz.  El 9 de diciembre de 1783 se dictaron las constituciones para el gobierno del colegio donde en su capítulo 20 se refería a la librería de la institución que debía estar

[...] siempre a cargo del Rector, interin S. M. no ordena otra cosa, separando como lo tienen mandado S. M. todos aquellos Autores que contengan materias laxas, opuestas a la moral santa, y cuidará de que la pieza se mantenga aseada, no permitiendo, que / los Colegiales maltraten los Libros, y también celará que para fuera del Colegio no salgan Libros, por título, ni pretexto alguno, y ni aún el mismo Rector, ni alguna otra persona podrá prestarlos, para lo cual lo desautorizo.// Así mismo prevengo que el dicho Rector recibirá la Librería por Inventario y de propio modo la entregará a quien le suceda en el cargo (Probst, 1924).

En febrero de 1791, el clérigo y profesor de filosofía Luis José Chorroarín asume la dirección del colegio y por ende también de la biblioteca de la que se encargará de su cuidado e inventario. José García, padre de uno de los alumnos del colegio denunció ante el virrey Nicolás Arredondo la administración de los recursos por parte de Chorroarín  donde entre varias acusaciones le recrimina que “[...] tanto el Rector como los Maestros se valen de todo lo del Colegio, hasta de los Libros, y plantan a la vista famosos Estantes de ellos como los tiene al presente el Rector, y los Colegiales a cuio veneficio quedaron, no se les permite el mas leve huso, ni quando entran a sus Aulas, menos se les dá como debe una nota de los Libros que necesitan para qe. compren otros acaso innecesarios [...]” según la fuente transcripta por Juan Probst (1924: 389). Entre estos documentos se encuentran las líneas que Chorroarín le envió al virrey Antonio Olaguer Feliú en 1798 donde solicita su autorización para vender los libros que se encontraban apolillados como papel para cuidar así el fondo bibliográfico que se deseaba preservar. También proponía que se vendieran aquellos libros que se encontraban repetidos, lamentablemente sin indicar ningún dato bibliográfico de los mismos según su nota del 17 de noviembre. A pesar de las críticas de los padres, que tienen alumnos internados en el colegio, sostiene:

 [e]l amor con que la miro [a la biblioteca] no sólo por haber conservado lo que recibí, sino también por haberla aumentado considerablemente, hace que sienta dejarla expuesta a la misma suerte que corrió antes de venir a mi poder, y motiva el hacer presente a V. E. la necesidad de vender muchas obras que se hallan por duplicado, y son de una misma edición: y una gran multitud de libros sobrantes en parte vendible, y en la mayor parte invendibles por inútiles y de ningún uso, y que sólo podrá dárseles salida con un motivo de la actual escasez de papel a cualquier precio (Probst, 1924: 380-382).

El reglamento de la Biblioteca Pública en sus cuatro artículos hizo especial énfasis en el resguardo del fondo bibliográfico tal como lo explicitaba la ordenanza del Colegio Carolino. Los libros eran un bien preciado y oneroso en las costas del Río de la Plata, ya que la mayoría de los que se leerán en el período colonial vendrán de Europa.
Dentro del conjunto de documentos compilados sobre su gestión en el colegio no se encontró mención alguna sobre el deterioro de su salud debido al estudio ni referencias a la lectura de los médicos Samuel Auguste André David Tissot y Achille Guillaume Le Bégue de Presle.

Lecturas medicinales

Entre los libros que donó Chorroarín a la Biblioteca Pública se encuentran El conservador de la salud o aviso a todas las gentes, para mantenerse con buena salud y prolongar la vida de Achille Guillaume Le Bégue de Presle y el Aviso a los literatos y poderosos acerca de su salud, o Tratados de las enfermedades más comunes a esta clase de personas […] de Samuel Auguste André David Tissot, ambos traducidos por Félix Galisteo y Xiorro. Estos libros fueron emblemáticos dentro del corpus de las obras de medicina doméstica que circularon con furor en ambas márgenes del Atlántico. Las obras escritas en lenguas romances, con un registro divulgativo, por médicos académicos tuvieron una gran repercusión en Europa y América. Las obras de higiene privada intentaban interpelar al lector, según Perdiguero (2003: 157-161), desde un papel cognitivo activo para mantener la salud y prevenir las enfermedades. A través de recomendaciones, que sólo tendrían sentido para las clases acomodadas y ociosas que podían seguir los preceptos higiénicos relacionados con el cuidado de sí mismo, se pensó la salud como un régimen de vida que incluía desde la dietética y el cuidado del cuerpo hasta el modo de habitar la ciudad y de relacionarse con los pares para evitar la misantropía, cualidad propia del literato que se le había adherido a su imagen pública. Desde el siglo XVII se asociaba a los literatos, según Joaquín Álvarez Barrientos (2006: 21) al historizar la representación del escritor en la España ilustrada, con el “pedantismo, la charlatanería, la misantropía, la misoginia, la envidia y el maquiavelismo” ya que al estar encerrados en su gabinete de estudio “no sabían relacionarse con la sociedad y se volvían engreídos de sus conocimientos”. La literatura médica tomará esta tópica imaginaria para insertarla dentro de la sintomatología propia del erudito, que habrá de modificar sus costumbres, para tener una vida saludable.
La escritura en clave popular de la literatura medicinal, que tuvo especial éxito en pueblos rurales, retomó saberes propios de culturas orales al privilegiar el caso concreto sobre la conceptualización abstracta de la enfermedad. Walter Ong (1993:54) recuerda que “[t]odo pensamiento conceptual es hasta cierto punto abstracto” por lo que las culturas orales apuestan al conocimiento particular y a la redundancia de información. La cultura escrita, a diferencia de la oral, apela a la economía de recursos que permite abstraer y generalizar. Los libros medicinales guardan en su estructura argumentativa resonancias de las culturas orales al partir de la acumulación de casos clínicos para determinar así una serie que permitirá establecer una norma.2 En la obra de Samuel Tissot, desde las primeras páginas, se establece que seguirá el camino abierto por Hipócrates y Galeno al trabajar en su disertación la “dependencia recíproca que hay entre la ciencia de las costumbres y la de la salud”. Esta relación la buscará, tanto en fuentes históricas como en los diagnósticos realizados por sus médicos amigos, como Juan Jorge Zimmerman, para luego sumar el relato de su propia práctica profesional, sin dejar de lado los textos medicinales de la antigüedad clásica.
Chorroarín le escribió a Rivadavia, tras recibir la primera copia del reglamento, unas líneas que merecen reproducirse para encontrar los ecos de sus lecturas médicas que servirán para argumentar en favor del horario de atención matutino en la Biblioteca Pública.

Las horas más propias de la lectura, y estudio son ciertamente las de la mañana; pues las de la tarde se necesitan para el descanso, y para conservar la salud por medio de un ejercicio moderado que facilite la digestión de los alimentos; y esto que tan necesario es a toda clase de personas, lo es mucho más a las dedicadas al estudio (Levene,  1938: 109).

Leer es perjudicial

Los argumentos de Chorroarín se encuentran en la misma clave de lectura que propuso Samuel Tissot sobre Hipócrates y Galeno al dar cuenta de la reciprocidad entre las costumbres y la salud,  entre la alimentación y la salud. El texto hipocrático Sobre la dieta es, para Carlos García Gual (1986: 9-10), uno de los escritos más amplios y sistemáticos dentro de la dietética como régimen de vida en la medicina de la antigüedad clásica. En ella los alimentos y los ejercicios son dos pilares centrales.  Samuel Tissot, en un gesto propio del neoclásico, retomó la medicina hipocrática y sostuvo en sus escritos que la alimentación influye en la personalidad, por lo que algunas personas pueden ser más moderadas,  disolutas, y más incontinentes que otras. El determinismo climático, junto con las costumbres y la alimentación, tendrá una acción directa sobre la salud de las personas ya que el clima, los vientos, y el lugar de residencia influiría en el espíritu de los hombres y mujeres. Al final de Aviso a los literatos, se indica qué alimentos y climas se deben preferir para vivir para que así puedan modificar costumbres y hábitos de los eruditos. En la obra de Tissotpuede leerse que las enfermedades de las personas dedicadas al estudio tienen dos principales raíces: el frecuente trabajo del espíritu, y el continuo descanso del cuerpo. Para el médico suizo, cualquier persona que medita, estudia o lee al ocupar su cerebro se fatiga y si el trabajo intelectual dura demasiado tiempo deja de cumplir con sus funciones. Los nervios que nacen del cerebro se encuentran en relación con los del estómago por lo que cuando se desordena el equilibrio dietario y se excede en las comidas todo el cuerpo lo padece. Es decir, Chorroarín sabía que para la medicina deiciochesca, la alimentación, el ejercicio y el descanso, eran de vital importancia. Para Tissot hay que evitar que el cerebro se debilite por la acción del alma, como sucede cuando el paciente se enfrenta ante libros frívolos que sólo sirven para

perder el tiempo, cansar la vista; pero aquellos libros, que por la fuerza y conexión de las ideas, sacan al alma fuera de sí misma, y la obligan a meditar, éstos cansan el espíritu, y debilitan el cuerpo; y cuando más vivo y dilatado haya sido el deleite de la meditación, tanto más funestas son las resultas (Tissot, 1786: 14).

El texto médico abundará en casos en donde la acción de los nervios ocupados por el alma no puede ejercer las funciones del cuerpo como el profesor de retórica que se "pone malo" siempre que lee los más excelentes pasajes de Homero, el caballero inglés que estando en Roma se entregó tanto al estudio de las matemáticas que al cabo de unos meses quedó ciego y a pesar de ello pedía que le leyeran en voz alta por lo que al poco tiempo no pudo valerse de su cerebro, el literato francés que después de estar sumido por cuatro meses en trabajos de entendimiento muy continuos perdió la barba, las pestañas, las cejas y finalmente los cabellos y todos los pelos de su cuerpo por la falta de "nutrimiento" en la raíz de sus cabellos, así como la advertencia sobre las niñas que a los diez años, en vez de correr, se entregan a la lección, a los veinte serán una mujer llena de flatos e inhábil para criar (Tissot, 1786).
Entre los males que afligen al literato, Tissot menciona los tumores, aneurismas, inflamaciones, supuraciones, úlceras, hidropesía, dolores de cabeza, los delirios, las modorras, convulsiones, letargo, apoplegía (causa de muerte muy común entre los literatos) y las vigilias que atormentan a las personas dedicadas al estudio, y que si duran abren la puerta a una infinidad de enfermedades del espíritu. Razones de más para que Chorroarín temiera por su salud.
Para la medicina dieciochesca, a la hora de pensar en la lectura, se entrecruzaban el género literario y las lecturas adecuadas para mujeres y hombres. Las novelas como Pamela de Samuel Richarson y La nueva Heloísa de J. J. Rousseau se consideraban lecturas frívolas propias del público femenino, ávidas lectoras, en el ámbito privado, de la escritura en primera persona y de la interioridad develada de la escritura epistolar. La literatura ensayística así como la periodística, leída y comentada en clubes y cafés, era propia del género masculino que encontraba en ellos los insumos propios para su reflexión y estudio. Las novelas despiertan una pasión pulsional malsana, una voracidad lectora3 que será tratada por Samuel Tissot en su libro El onanismo. Plegarse sobre sí mismo en búsqueda del placer personal, que no tiene consecuencias favorables para terceros, se diferencia de las lecturas del erudito que se presupone las realiza en favor de la población. El estudio del literato no sólo pone en riesgo su salud, sino que en su trabajo intelectual se encuentra en función de lograr la felicidad pública al poder intervenir con sus reflexiones en el campo social, político y económico, no sin consecuencias. El estudio, afirma Tissot,  produce dos efectos poco beneficiosos como el de debilitar el cerebro y atraer hacia él la mayor parte de humores, por lo que es perjudicial a la salud comer inmediatamente después de dedicarse al estudio.  El literato sufrirá porque frente a la falta de ejercicio disminuye el calor, los humores se estancan y corrompen, el cuerpo se carga de humores excrementicios y la sangre se pone acuosa entre otros padeceres que se describen en detalle. Así como a los artesanos se les ponen callosas las manos, a los eruditos el cerebro por sus estudios sedentarios.

Indigestión impresa

El estudio y la lectura empiezan destruyendo al estómago. Si no se ataca la causa de estos males, antes de que los vapores de la bilis atrabilaria lleguen al cerebro, se termina por padecer melancolía. Literatos que pierden el apetito, sufren una debilidad general seguida de pasmos, convulsiones y hasta privación de sus sentidos aparecen en los casos que el médico suizo menciona para los que les terminará recomendando cambiar su hábito de vida a través del descanso, la ingesta de "alimentos jugosos" y el ejercicio que restituyen las fuerzas para volver a los libros. Claro que si no se contara con moderación, la salud nuevamente se resquebrajaría. La mala costumbre que tienen algunos de leer mientras están comiendo, e inmediatamente después de comer los deja expuestos a una mala digestión.
 Achille Guillaume Le Bégue de Presle, en su El conservador de la salud tampoco recomendará leer en voz alta "inmediatamente después de comer, particularmente si se ha comido mucho, ni estando al frío o en donde corra ayre" por lo que la postura de Chorroarín, de no habilitar el horario vespertino en la Biblioteca Pública, parecería fundamentada.
En otros párrafos de la carta que el 3 de marzo de 1812, el dominico le envió a Rivadavia, se sostenía que no sólo se ponía en riesgo la salud de los bibliotecarios sino también de los lectores si se ampliaba el horario por la tarde después del almuerzo:

La consideración con el público en franquearle la Biblioteca por la tarde no es necesariamente para la ilustración por la facilidad que hay de repetir o continuar todos los días la lectura, y es gravosisíma a los Bibliotecarios, y contraria a la salud; y dudo que haya quien arroje sobre sí tan pesada carga. […] Yo que soy delicado y habitualmente enfermo, y que no puedo conservar mi débil salud sino con el descanso, y ejercicio por la tarde a que estoy acostumbrado, como podré encargarme de la Biblioteca, sujetándome a unas privaciones que ciertamente han de arruinar del todo mi salud? Después de las molestas y pesadas tareas para poner la Biblioteca en el estado en que se halla, con perjuicio irreparable de mi vista, y con mayor quebranto para mi salud, habré de continuar con la nueva pensión de no disfrutar el desahogo acostumbrado, que tal cual me sostiene y conserva? (Levene, 1938:109).

Más adelante directamente le anuncia a Rivadavia que si no quita del reglamento las horas de la tarde, no tendrá más remedio que renunciar. Chorroarín tal vez intuía que su reemplazo no sería fácil ya que había asumido su cargo el 30 de enero de 1810 tras la dimisión del Dr. Saturnino Segurola como segundo bibliotecario ya que se dedicaría (según escribe en su renuncia) "a la propagación y conservación del fluido Bacuco [sic]", es decir a vacuna antivariólica, así como "otras muchas atenciones públicas, que recargan demasiado, y aún me embargan el tiempo muy preciso para mi descanso" (Levene, 1938:85). Chorroarín terminará su carta argumentando que le faltan fuerzas para cumplir con el horario propuesto por Rivadavia y que ha de evitar "hacer un esfuerzo inútil, y que sólo sirve para dar conmigo en tierra, y arruinarme del todo" (Levene, 1938: 111).
Los eruditos, para la literatura medicinal, viven rodeados de un aire que renuevan pocas veces, por lo que está "grueso", "cargado de vapores sin elasticidad" y que "calienta sin refrescar" por lo que no ventilar todos los días el aire del gabinete de estudio es alimentarse de las suciedades de la población. Por esa razón se recomendaba, en las obras médicas que poseía Chorroarín, frente al aire viciado de la ciudad el aire puro del campo que facilita la respiración y la transpiración.
La soledad, para el diccionario de la Real Academia Española en 1780 se definía en una de sus acepciones como "[...] falta de aquella persona de cariño, o que puede tener influjo en el alivio o consuelo [...]" por lo que también será preocupación del médico helvético la vida social del erudito. Para evitar que el literato caiga en la misantropía debía eludir la soledad para abandonarse al diálogo y la conversación entre pares, tal como se fomentaba desde el texto fundacional y el reglamento de la Biblioteca Pública. El misántropo de genio severo, descontento y a disgusto de todo, se "priva de gozar de todos los bienes" (Tissot, 1786:71) por lo que se aconsejará que cuente con una vida social.
Los literatos viven ansiosos por volver a sus libros ante cualquier distracción. Las horas del almuerzo y la cena son experimentadas como una pérdida de tiempo por lo que tragan la comida de a bocados sin masticar. Esto obliga a los jugos nervios del estómago a trabajar más de lo usual, por lo que el cuerpo estará más ocupado en digerir que en interpretar o producir cualquier texto. Por esta razón, la comida no tiene que ser grasosa, ya que aumenta la relajación de las fibras del estómago y ocasionan la lentitud de la digestión. Frente a una "mala disposición en el estómago, y viniendo a corromperse en él, al principio se ponen ácidos, después rancios, y producen en estas partes síntomas de irritación violenta". Los alimentos viscosos, pastosos y glutinosos como las masas hechas con manteca, las fritadas, las cremas y los pies de animales, los alimentos que contienen en sí mucho aire como las legumbres, las carnes naturalmente duras o endurecidas con el humo o la sal y todo aquello que sea demasiado ácido se desaconseja al literato.

La dietética del lector

Entre los libros fundacionales de la Biblioteca Pública se puede hallar el Tratado de los usos, abusos, propiedades y virtudes del tabaco, café, té y chocolate extractado de los mejores autores que han tratado de esta materia, á fin de que su uso no perjudique á la salud, antes bien pueda servir de alivio y curación de muchos males realizado por el cirujano del ejército Lic. Antonio Lavedán4, donde también investiga los alimentos y su relación con la salud.
Las causas que provoca el tabaco son poco amables para la salud ya que "enciende el cuerpo en demasía", perturba los sentidos y "provoca sueño con grandes ensueños, ya con deleite, ya con molestia", causa esterilidad, tanto en hombres como en mujeres. También ocasiona "impotencia en la generación porque consume la materia seminal y debilita la cópula" por lo que tampoco se aconseja el tabaco por la nariz ya que provoca fluxiones de humores a la boca y el reblandecimiento de los dientes." No sólo de la salud se preocupaba Lavedán sino también de la urbanidad al recordar que el "tabaco perturba en lo civil la decente y agradable limpieza trayendo las narices y bigotes llenos de polvo como chimenea de hollín." Específicamente para la gente de letras les desaconseja el café porque puede generar vigilias, temblores, extenuación, y anticipar la vejez. Beber café es absolutamente inadecuado para los literatos y para aquellos que por

los que de su naturaleza son cálidos y secos, biliosos, melancólicos, adustos, llenos de sangre requemada acre o llena de átomos de sal ácido ígneo, y de alkali volátil, a los de cerebro caliente, y a los intrépidos de espíritus vitales y animales, porque adelgaza demasiado el jugo nerveo y lo llena de átomos o de espíritus ardientes, por los cuales algunos sujetos suelen padecer vértigos, delirios, temblor en los miembros,palpitaciones de corazón, por irritación del mordicante y picante de la sangre, y jugo nerveo, el cual titila y convele las fibras del corazón, por cuya-causa sucede palpitación, la cual no es flatulenta como la otra referida, a la que aprovecha el Café (Lavedán, 1792: 116).

La dieta permitida por Samuel Tissot a los eruditos consistía en la ingesta de carne tierna de animales nuevos,  peces de escamas que tienen la carne sólida y tierna, los granos cereales como trigo, centeno, cebada, arroz y avena, el pan, que es la base común del alimento en todas las naciones civilizadas, así como los huevos, la leche, las frutas. Luego de indicar los alimentos permitidos para la dieta del erudito se le recuerda cómo prepararlos y consumirlos no sin antes dejar un par más de prohibiciones sobre el ajo, la mostaza y la pimienta porque queman los jugos nervios del estómago. Los consejos de Tissot y Lavedán se multiplican entre prohibiciones y aplicaciones al consumo moderado de distintos alimentos para aquellas personas que se dedican al estudio.
Roger Chartier (1995: 188) analizó la patología de los eruditos a partir de los "discursos que objetivan desde el exterior la condición de hombre de letras" a través de la literatura médica, especialmente De la santé des gens de lettres de Samuel Tissot que describirá el modo de vida de los literatos en total oposición al modelo de Rousseau que implicaba una vida natural, aireada, activa y equilibrada.
Mary Lindemann (2000: 91-92) recuerda que Roy Porter sostuvo que en el siglo XVIII “las imágenes médicas […] fueron esenciales en las ideas sociopolíticas de los philosophes”, ya que se buscaron mejoras en la calidad de vida a través de una planificación racional que redundaría en beneficio del hombre y de la sociedad. La Ilustración, y especialmente bajo el reinado de los Borbones, reflexionó sobre los modos de aumentar la productividad mediante una planificación meticulosa con arduos intentos en “corregir las deficiencias de las condiciones ambientales, aumentar las poblaciones y cultivar la mejor salud de la gente”.5  Las deficiencias en las condiciones ambientales aparecerán en la preocupación por el aire pútrido y los miasmas en las estancias de estudio del erudito, el aumento de la población puede hacer pensar en la relación que establece el discurso médico entre lectura de novelas frívolas y masturbación y el mejoramiento de la salud estaría en sintonía con el régimen dietario que promueve para la salud del literato.

La salud del erudito

En el discurso médico los hombres de letras se destacan de la población por su modo de vida, su actividad y hábitos malsanos. Frente a esta postura, podría contraponerse la del Padre Benito Feijoo que en su "Desagravio de la profesión literaria" cuestionó a la literatura medicinal en su afán de representar al literato signado por la enfermedad. El texto que se encuentra en su Teatro crítico universal y que circuló entre las bibliotecas tardocoloniales por el Virreinato del Río de la Plata, deja en claro su parecer desde la primera oración: "Para contrapeso de los hermosos atractivos, conque las letras encienden el amor de los estudiosos, se introdujo la persuasión universal, de que los estudiosos abrevian a la vida los plazos". Feijoo, sin los achaques que la medicina describe para los literatos, deja sentado desde su propia experiencia que las letras y el estudio no se encuentran reñidos con la vida. Apelará a la experiencia del lector al indicarle "que observe con atención, si los sujetos que conoce, o conoció dedicados a las letras, murieron más en agraz, por lo común, que los demás hombres." Dedicado a desmantelar la representación del literato marcado por la enfermedad, Feijoo cuestiona que "algunos médicos célebres" que escriben consejos para que conserven la salud los literatos cuando ellos son dados a quejarse de reumas, catarros, vahídos y jaquecas no porque "en este siglo [haya más] que en los antecedentes, sino porque hay más melindres. Más fluyen a la boca que al pecho; porque más es el clamor que el daño". A pesar de su juicio sobre la literatura médica, Feijoo dejó un espacio en su Discurso séptimo del tomo uno del Teatro para acordar con Samuel Tissot. La postura del benedictino incluye algunas advertencias para el erudito, tales como evitar excederse en el estudio para que los libros no le generen tedio ni les "produzcan sensible cansancio", así como tampoco es recomendable estudiar con la cabeza achacosa o quitando horas al sueño reparador. Menos aún habría que sobrepasarse con la comida y la bebida, "cuya demasía ofenderá más a los hombres dados a las letras, que a los ocupados en otras cosas". Alternar el ejercicio corporal con el mental y llevar una vida social donde "las recreaciones honestas" no sólo sirvan para reparar las fuerzas del cuerpo sino también del espíritu de los eruditos, son los consejos del benedictino a sus lectores para que no teman dedicarse al estudio. Si bien aquí no se indagará sobre esta cuestión, tras las reformas borbónicas hubo una fuerte apuesta por el saber operacional, utilitario y técnico en detrimento del saber propio de los "gramáticos" tanto en la obra del conde de Campomanes, Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento, de amplia circulación en los virreinatos americanos, como en la prensa tardocolonial porteña, especialmente en el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio de Juan Hipólito Vieytes. La crítica feroz de Vieytes se dirigía a interpelar a los padres de familia sobre el futuro de sus hijos que optan por la escolástica en vez del trabajo manual.6
Después de abrumar con la descripción de síntomas y de la dietética correspondiente que como régimen de vida era la adecuada para la salud del literato, el médico helvético deja en claro que no cree que el estudio sea peligroso ni que "intenta apartar de ellos a los hombres". Según su dictamen, "el conocimiento de las ciencias aumenta la felicidad del que le posee, cuando no adquiere este conocimiento a expensas de sus obligaciones, ni de su salud." Tissot apunta a la educación de la primera infancia para que se centre en la vocación futura para tomar cuidados entre aquellos que se dedicarán a las letras y los que no lo harán.  Las últimas palabras de Aviso a los literatos tal vez fueron inspiradoras para la decisión de Chorroarín, cuando en su carta teme que su cuerpo termine bajo tierra si no tiene descanso después de almorzar. Es verdad, escribía Tissot, que quien "todo lo sacrifica al amor de las letras, se expone a los más funestos males, también lo es, el que se expone a una intolerable infamia el que se queda en la ignorancia".

Cierre provisorio

Leer la correspondencia entre Chorroarín y Rivadavia desde la historia de la lectura permitió encontrar, tal vez de manera hipotética, la circulación y apropiación de los discursos medicinales y cómo se representó, al menos desde una mirada, al erudito desde finales del siglo XVIII. Que los argumentos esgrimidos por el bibliotecario dominico se encuentren en íntima relación con la literatura médica es tan sólo una posibilidad pero al menos se ha podido rastrear para empezar a problematizar el trabajo del bibliotecario en tiempos revolucionarios, sin que por ello nuestra salud peligre.                         

Notas

1 Estas líneas recogen parte del trabajo realizado en el marco del proyecto UBACyT Historia de la edición y de la lectura desde los espacios públicos e institucionales. La participación de la ciudadanía en el ámbito de la cultura impresa en la Argentina, código 20020100200004 (K004), bajo la dirección del Dr. Alejandro E. Parada. Mi agradecimiento sincero tanto a los evaluadores del artículo como a mis colegas del equipo de investigación como al director que me aceptaron con generosidad y tuvieron paciencia para responder mis dudas. Mi reconocimiento para Alicia H. Donato de la Biblioteca Central de la UNTREF que logró gracias al préstamo interbibliotecario ponerme en contacto con lecturas necesarias para realizar este artículo.

2 En el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio de Juan Hipólito Vieytes se publicó en el tomo 2, folio 341, un fragmento de la novela de Jean-Jacques Barthélemy, Los Viajes del joven Anacarsis en Grecia, que se leyó con furor en el Buenos Aires colonial. En el fragmento que se publicó en el periódico, bajo el título “Reglas de Hipócrates para la institución de un Médico”, se encuentran los consejos de un médico que enseña a su discípulo el arte de curar por lo que se le advierte que presente atención

a la experiencia [porque] sola es menos peligrosa que la teoría desnuda de experiencia que ya es llegado el tiempo de aplicar los principios a los casos particulares; que variando sin cesar, se han engañado los Médicos constantemente por apariencias falsas; que no entre el polvo de las escuelas, ni en las obras de los filósofos y de los prácticos, es donde se aprende el arte a preguntar a la naturaleza; arte el más difícil de entender su respuesta.

3 La historiografía en la Historia de la Lectura ha destacado que no se puede atribuir en el siglo XVIII la culminación de un proceso evolutivo que pasó de la literatura intensiva a la extensiva. Las principales críticas a este recorrido lineal las realizan Robert Darnton (1999: 188) al sostener que “la lectura no evolucionó en una dirección: la extensión, sino que asumió muchas formas diferentes entre los distintos grupos sociales en épocas diversas. Los hombres y las mujeres han leído para salvar sus almas, mejorar sus modales, arreglar sus máquinas, seducir a sus amados y amadas, tener noticias de sucesos de actualidad y, simplemente, para divertirse” y por otro lado Cavallo Guglielmo y Roger Chartier (1998: 41), que acuerdan con Darnton, al afirmar que no puede sólo pensarse la historia de la lectura en relación con las posibilidades del dispositivo técnico, que si bien aumentó la cantidad de impresos disponibles y abarató los costes de impresión no por ello se dejaba de releer. Sobre el cruce entre salud y lectura en el siglo XVIII puede leerse el artículo de Wittmann (1998) donde recupera la figura de Tissot y el furor por la lectura en tiempos ilustrados. Los problemas ligados a la fisiología de la lectura a finales del siglo XVIII en la historiografía reciente se pueden rastrear de manera tímida en Roger Chartier (1995), en el ya clásico artículo de Wittmann y en el capítulo “Fisiología del consumo” del libro Teorías de la lectura de Karin Littau (2008) donde de manera brevísima analiza el ámbito germano, tal vez inspirada en Wittman, pero sin ahondar y problematizar sus múltiples aristas, por ejemplo al validar la categoría de lectura extensiva de Rolf Engelsing.

4 Luis Riera Climent, en su artículo “El cirujano y traductor Antonio Lavedán en la España ilustrada” destaca el volumen e interés de las versiones realizadas por Lavedán, por lo que afirma que junto con “otros profesionales, tal como Agustín Vázquez o los hermanos Juna y Galisteo Xiorro, contribuyó a enriquecer el caudal de información del que dispusieron los médicos y cirujanos españoles de la Ilustración. En efecto, desde finales del siglo XVIII hasta los años de la Guerra de la Independencia, siguieron editándose los textos extranjeros traducidos por Antonio Lavedán [...]” aunque habría que agregar a la afirmación de Climent que también tuvieron una fuerte influencia las traducciones de estos médicos españoles en los territorios americanos.

5 Se ha decidido no ampliar las ramificaciones de este tema para no ahondar en la problematización de la biopolítica desarrollada por Michel Foucault en sus clases del Collège de France editadas por el Fondo de Cultura Económica.

6 El texto de Vieytes es elocuente sobre las desdichas económicas de aquellos que se dedican a las letras, “[...]pregunto a los padres de familia ¿qué recurso podrá quedarle a un joven de veinte años, que se ha poblado de barba en las escuelas, y que ha pasado los mejores días de su vida en estudiar el modo de confundir el entendimiento con las sutilezas escolásticas? […] Y aun cuando por un principio del mas alto amor a la ocupación, quisiera el estudiante erguido empezar por aprendiz del oficio mismo de su padre, ¿querría este acaso consentirle, que aquellas manos que tanto habían jugado en la expresión de los hinchados silogismos, con que a presencia de un concurso numeroso había defendido conclusiones, al pie de una cátedra dorada, se ocupasen ahora, en trazar el traje, o en ajustar el calzado, que ha de servir a la mujer, al jornalero?” Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, Tomo I, N° 4, folio 28-30.

Fuentes

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3. Lavedán, Antonio. 1796. Tratado de los usos, abusos, propiedades y virtudes del tabaco, café, té y chocolate extractado de los mejores autores que han tratado de esta materia, á fin de que su uso no perjudique á la salud, antes bien pueda servir de alivio y curación de muchos males. Madrid: Imprenta Real.

4. Le Bégue de Presle, Achille G. 1776. El conservador de la salud o aviso a todas las gentes, para mantenerse con buena salud y prolongar la vida. Madrid: Oficina de Pedro Marín.

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6. Registro Oficial de la Provincia de Buenos Ayres. 1921. Buenos Aires: Imprenta de Álvarez.

7. Semanario de Agricultura, Industria y Comercio. 1928-1937. Buenos Aires: Junta de Historia y Numismática Americana. Tomos I-V.

8. Tissot, Samuel A. A. 1786. Aviso a los literatos, y poderosos acerca de su salud o tratados de las enfermedades mas comunes a esta clase de personas. Madrid: Imprenta de Benito Cano.

Referencias bibliográficas

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