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¿Acaso no somos bibliotecarios? El ideal humanista en la profesión bibliotecaria a la luz de las Normas para el parque humano de Peter Sloterdijk

Are we not Librarians? The Humanist Ideal in Librarianship in Light of Peter Sloterdijk’s «Rules for the Human Zoo»

 

Camilo Franco

Diplomado en Bibliotecología y Ciencia de la Información, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. Correo-e: camilofranco69@gmail.com

Artículo recibido: 20-11-2012.
Aceptado: 9-4-2013.

 


Resumen: El presente artículo aborda algunos de los postulados más relevantes de la polémica y notoria ponencia “Regeln für den Menschenpark”, presentada por el filósofo alemán Peter Sloterdijk en julio de 1999, en relación con cierto llamamiento en pos de una renovación del ideal humanista en la profesión bibliotecaria lanzado tanto desde dentro como desde fuera de la misma durante las últimas décadas.

Palabras clave: Bibliotecología; Sloterdijk, Peter; Humanismo; Poshumanismo; Lectura; Medios de comunicación de masas; Ciencia de la Información; Sociedad de la información.

Abstract: This article tackles some of the most relevant postulates in the controversial and notorious presentation “Regeln für den Menschenpark”, lectured by German philosopher Peter Sloterdijk in July 1999, as related to certain appeal for a renewal of the Humanist ideal in Librarianship launched both from within and without thereof over the past decades.

Keywords: Librarianship; Library Science; Sloterdijk, Peter; Humanism; Posthumanism; Reading; Mass media; Information Science; Information Society.


 

Are we not Men?
H. G. Wells, The Island of Doctor Moreau (1896)

1

Dentro de la institución bibliotecaria tal como se ha desarrollado en Occidente desde mediados del siglo XIX, persiste una suerte de axioma que —aún cuando se encuentre escrito con tinta invisible sobre un igualmente invisible soporte— ha guiado y aún guía a muchos de quienes la integran. Según este axioma un tanto atemporal, todo bibliotecario es o debería ser un humanista.
Sin embargo, durante la última mitad del siglo XX, pero sobre todo durante la última década de éste y la primera del siglo XXI, los bibliotecarios adherentes a dicho principio se han visto en la necesidad de defender cada vez más, no ya su validez, sino incluso su significación en el mundo que los circunda. Para decirlo sin rodeos: tanto las instituciones que los albergan como, sobre todo, el universo de usuarios a los que pretenden servir ya no parecen responder adecuadamente a la virtud y a la dignidad que el ideal humanista de los bibliotecarios supone. Finalmente, la virtual humillación de dicho ideal habría recrudecido con la aparición de las últimas tecnologías de información y de comunicación y con las consecuencias a escala mundial que la misma ha tenido tanto en la administración del poder como en las tendencias culturales de los usuarios de dichas tecnologías.
Sería de esperar que las implicancias de esta creciente depreciación del humanismo en el mundo que circunda a la profesión bibliotecaria fueran de difícil estimación para quienes observasen las cosas desde el seno de la misma, en la medida en que la filiación de ésta respecto del humanismo ilustrado del tipo angloamericano resulta indiscutible y, como tal, de influjo muy poderoso. Se trataría aquí de una limitación de la mirada que, por razones muy comprensibles, impediría a la profesión bibliotecaria verse a sí misma desde la perspectiva adecuada que le permitiese tomar decisiones válidas concernientes a su futuro. Agréguese a esto el hecho de que, en términos generales, los bibliotecarios del mundo occidental no han cesado de recibir un sutil pero tenaz entrenamiento en los principios humanistas que dieron a luz a su profesión, y esto, casi sin mediar en ellos conciencia alguna de dicho proceso. Como bien señalara hace unos años Lawrence Lessig: «We get trained in ways of seeing things, and then we see in only those ways. We see just what those ways reveal —nothing more, nothing inconsistent. Our world is carved up according to these formulae. Beyond this vision, we see nothing.»1 De esta incapacidad bibliotecaria para salirse del círculo del pensamiento humanista da fe, por otra parte, una más o menos copiosa literatura producida durante las últimas décadas en el seno de la Bibliotecología y en la cual se aboga por un retorno al humanismo (cf. entre otros Rodríguez Gallardo, 2001; Cossette, 2009 [1976]). Más aún: la asociación del humanismo con la profesión bibliotecaria se encontraría tan naturalizada que aún desde fuera de ésta se ha convocado, hace algunos años, a una «renovación del ideal humanista en la tarea bibliotecaria» (Casazza, 2004) y, aún más resueltamente, a un «relanzamiento» (ibid.: 71) de dicho ideal dentro de la misma con vistas a garantizar su futuro.
Ahora bien, puesto que ha transcurrido ya un cierto tiempo desde que las reglas del marketing se colaran dentro de las bibliotecas, ¿no sería lícito hablar aquí, siquiera por un momento, según dichas reglas y señalar que, antes de aconsejar el relanzamiento de un producto, las mismas prescriben su evaluación previa a fin de asegurarse que éste no haya llegado ya al final de su ciclo de vida, ya que, de ser así, se impone más bien retirarlo definitivamente del mercado? En otras palabras, ¿no convendría emprender una última evaluación del humanismo antes de decidirse a relanzar su ideal dentro de la profesión bibliotecaria?
Sin duda, una evaluación del humanismo que persiguiese la finalidad aquí propuesta debería adquirir una rigurosa mirada genealógica no exenta de suspicacia, siguiendo un poco el modelo instituido por Nietzsche y continuado luego por Foucault. Y es precisamente un tipo de mirada semejante la que se desprende de la brillante y polémica ponencia que en julio de 1999, en el marco de unas jornadas sobre Heidegger y Lévinas, ofreciera el actual director de la Escuela Superior de Diseño de Karlsruhe y filósofo alemán Peter Sloterdijk bajo el título “Regeln für den Menschenpark” y que —acaso debido al potencial comercial que alcanzara gracias a la que habría sido una campaña en su contra ejecutada desde algunos órganos de la prensa alemana de masas a instancias de Jürgen Habermas (Rocha Barco, 2000; Sloterdijk, 2000a: 87-92 y 2000b)— fuera rápidamente publicada en traducción española como Normas para el parque humano.

2

Lo que Sloterdijk pone en cuestión en las Normas para el parque humano viene a ser, en gran medida, la vigencia misma del humanismo como weltanschauung —tanto en el sentido de “concepción del mundo” como de “ideología”— para cualquier diagnóstico que desde el mismo se quiera realizar del presente y, especialmente, del futuro de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, este texto que, en palabras del mismo Sloterdijk, fue en su momento «[…] un discurso bastante esotérico […], un nocturno filosófico que el propio autor no pronunció sin inquietud por los abismos de su planteamiento […]» (Sloterdijk, 2000b: 92) daría cuenta también de las formas subterráneas y progresivas en las que el humanismo, a lo largo de unos dos siglos, fue sometido a un vaciamiento de sustancia antes de ser abandonado bajo la forma de una mera cáscara retórica sentimental, de un locus amoenus que, ciertamente, ya no está en condiciones de cumplir con aquello que en sus épocas más inspiradas prometía. Esta observación, de evidente relevancia para las Ciencias Sociales, resulta especialmente importante en relación con la Bibliotecología y sus disciplinas afines. De ahí que el silencio que éstas han venido manteniendo durante más de una década en torno a un texto tan notorio y tan absolutamente relevante para ellas como las Normas para el parque humano merecería en sí mismo un exhaustivo tratamiento que aquí no se le podrá dar por una lógica falta de espacio2.
Lo cierto es que el mencionado texto de Sloterdijk despeja todo silencio y lo reemplaza por una serie de postulados que se siguen muy naturalmente el uno del otro. Entre otras cosas, en las Normas para el parque humano Sloterdijk afirma que

[…] el “amansamiento” humanístico del hombre mediante la lectura obligada de unos textos canónicos ha fracasado ante la sociedad de la información y ante el cotidiano embrutecimiento de las masas con los nuevos medios de desinhibición; que el humanismo como ilusión de organizar las macroestructuras políticas y económicas según el modelo amable de las sociedades literarias ha demostrado su impotencia y se ha revelado, además, como una técnica para alcanzar el poder [y] que con el desciframiento del genoma humano y lo que supone de intrusión de lo mecánico en lo subjetivo, se ha superado la idea del sometimiento de la naturaleza por parte del hombre y su técnica, y hay que hablar más bien de eugenesia y de “antropotécnicas” […] (Rocha Barco, 2000: 11-12)

Trayendo a cuento la Carta sobre el humanismo de Heidegger —como respuesta a la cual presentara sus Normas para el parque humano—, Sloterdijk señala que, a los ojos de dicho pensador, el humanismo no ha hecho justicia a la naturaleza humana al fundar su esencia en la noción aristotélica según la cual el hombre es un animal racional (Sloterdijk, 2000a: 42). Según Sloterdijk, esta suerte de principio rector del humanismo no podía dejar de derivar en una técnica basada en la lectura —de cuyas formas y usos en el mundo grecorromano cobrara a la vez su carácter y su impulso el propio humanismo (ibid.: 20-22)—, técnica cuya finalidad habría sido la domesticación de todos aquellos hombres que no hubiesen tenido aún el privilegio de ingresar en el reducido círculo de los ilustrados, esto es, de los «humanizados», los cuales «[…] no son en un principio más que la secta de los alfabetizados. […]» (ibid.: 24) Es así, entonces, que el proceso puesto en marcha por la aplicación discrecional de la lectura como técnica de amansamiento de los hombres se habría organizado en torno a la convicción humanista «[…] de que los hombres son “animales sometidos a influencia”, y que es por ello indispensable hacerles llegar el tipo correcto de influjos […]» (ibid.: 33).
Puede decirse con un alto grado de certeza que, en términos generales, los bibliotecarios formados en los principios heredados de la Ilustración participan en un todo de esta convicción que Sloterdijk atribuye al humanismo. La única pero sustancial diferencia entre un caso y el otro vendría dada por el hecho de que, en virtud del igualitarismo a ultranza inscripto en dichos principios ilustrados, los bibliotecarios no podrían adosar a los lectores a quienes sirven el carácter esencial de bestias que les atribuye el humanismo en todas sus formas sin percibirse, ipso facto, a sí mismos como tales. De tal suerte, en algún momento impreciso parecería haberse impuesto entre los bibliotecarios todo un intricado sistema de tabúes que, finalmente, los habría conducido a rehuir toda radicalidad o, en todo caso, a ocultarla detrás de una actitud altruista, actitud que en modo alguno se corresponde con lo entrevisto por Sloterdijk en el corazón del humanismo. Para decirlo en sus propios términos: «[…] La etiqueta “humanismo” nos recuerda —en su falsa candidez— la perpetua batalla por el hombre3 que se viene librando en forma de una lucha entre tendencias embrutecedoras y amansadoras.» (ibid.)
En base a esta última afirmación suya, se diría que aquello que Sloterdijk parece distinguir en su contemplación del humanismo no es —tal como lo querría hacer creer el programa pregonado desde siempre por éste a los cuatro vientos— una batalla librada en mutua solidaridad por los hombres contra las tendencias embrutecedoras que hay en la naturaleza que les es común con el fin de advenir a su plena humanidad, sino, antes bien, una lucha de algunos hombres por dominar la mente y el cuerpo del resto de sus congéneres y, en breve, por agenciarse por sobre éstos las prerrogativas de aquello que Foucault ha definido y estudiado de manera más o menos perseverante bajo los nombres de biopoder y biopolítica (Foucault, 2006 y 2007). Por su parte, en palabras de Sloterdijk, «[…] Heidegger interpreta el mundo histórico de Europa como el teatro de los humanismos militantes; como el terreno en el que la subjetividad humana lleva poco a poco hasta el final […] la toma del poder sobre todo lo existente.[…]» (Sloterdijk, 2000a: 50). En otras palabras, el movimiento humanista, que habría comenzado como una más o menos modesta «secta de los alfabetizados», siguió finalmente el destino común a muchas sectas y se dispuso a imponer la marca de sus «proyectos expansionistas y universalistas» (ibid.: 24) sobre el resto de los seres humanos, incluidos entre éstos, claro está, los hombres y las mujeres que ejercen la profesión bibliotecaria. De hecho, si hoy puede hablarse de una tal profesión, ¿no se debe ello ante todo a la voluntad sistemática que, hacia mediados del siglo XIX, manifestaron los bibliotecarios del mundo angloamericano de poner la biblioteca al servicio del gran proyecto humanista al que se le ha dado el nombre de Ilustración?

3

En El futuro bibliotecario, Roberto Casazza —docente e investigador argentino del campo de la filosofía clásica y medieval— ofrece la siguiente definición del humanismo: «[…] En esencia, el humanismo es simplemente4 una actitud de apertura infinita al aprendizaje de todo lo digno de ser conocido y una disposición constante hacia el ejercicio de las artes y el incremento de la ciencia en general. […]» (2004: 19). Dadas sus credenciales, el carácter apolítico de esta definición que Casazza brinda del humanismo sólo podría explicarse como una suerte de condescendiente homenaje que alguien ajeno a la profesión bibliotecaria habría querido realizar a ésta mimetizándose con su costumbre de evitar, toda vez que le sea posible, un acercamiento a los densos nubarrones que suelen formarse en torno al tipo de realismo emanado de las consideraciones políticas más rigurosas5.
Pero ya se ha visto que a los ojos de Sloterdijk y de Heidegger nada hay de simple en el humanismo, cuando menos en términos políticos. En efecto, no solamente Heidegger percibía, según sugiere Sloterdijk, la sorda pugna por el poder que diversas formas del humanismo habrían librado en el frente histórico europeo, sino que el propio Sloterdijk postula dos características fundamentales del mismo, acaso interconectadas la una con la otra y garantes del empuje con el que éste ha realizado su marcha triunfal por el mundo occidental: por un lado, una esotérica en la que «[…] el alfabetismo se tornó fantástico e inmodesto […]» y ansiaba «[…] llegar a conocer los secretos de la escritura del autor del mundo. […]» y, por el otro, su contraparte exotérica, representada por aquel «[…] humanismo [que] se volvió pragmático y programático […]» y a cuyo influjo en Occidente «[…] el ejemplo de la sociedad literaria se amplió hasta convertirse en la norma para la sociedad política. […]» (Sloterdijk; 2000a: 24, 25)
De hecho, podría decirse que, a pesar de su omisión en lo que hace a las evidentes aristas políticas del humanismo, la definición que Casazza ofrece del mismo no deja de dar cuenta de ellas, bien que en forma indirecta. Bastaría, en efecto, con no olvidar que aquella «actitud de apertura infinita» y aquella «disposición constante» —actitud que con razón observa Casazza en el humanismo respecto de la ciencia— se corresponde por completo con el advancement of learning propuesto por Bacon y con recordar, a la vez, la célebre frase «knowledge is power», acuñada por este mismo, para que las colosales aspiraciones políticas a las que el hospitalario círculo del humanismo ha albergado siempre quedaran repuestas en su definición. Véase, de hecho, el comentario que en un texto complementario, junto a otros, del tratamiento de la problemática abordada en Normas para el parque humano realiza Sloterdijk en torno al «saber es poder» de Bacon:

[…] Esta frase, citada hasta la saciedad, pierde su trivialidad aparente tan pronto como se entiende lo que efectivamente quiere decir: que el saber mecánico confiere poder, que el saber operativo produce soberanía. Ilustración, así pues, no es sólo ni tanto una transformación de la mentalidad colectiva tendiente a la democratización del poder. Significa en primer término la competencia para lo construcción de máquinas, y por consiguiente el empleo de máquinas contra la mera naturaleza en unión con su aplicación contra los hombres no ilustrados6[…] (Sloterdijk, 2011a [2001]: 232)

¿No sería entonces posible percibir cada vez más claramente, hacia el interior del humanismo, una suerte de dicotomía entre su retórica benevolente y sus nada benevolentes intenciones reales? Se diría incluso que cuanto más ha llevado al plano de los hechos su batalla por el “animal hombre”, más sentimental se ha puesto el humanismo en sus discursos sobre el igualitarismo, sobre la democratización del poder, sobre los derechos humanos, etc. Esta situación habría alcanzado su zenit a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, pues nunca antes se ha asistido, como en los años posteriores a la misma, a una retórica humanista tan alejada de los auténticos frutos del humanismo: Auschwitz, Hiroshima y Palestina (Pappé, 2011), por sólo mencionar en términos geográficos algunos de los acontecimientos sociopolíticos más brutales acaecidos hacia mediados del siglo XX. Si se ha de creer a Sloterdijk, se dio entonces un «[…] renacimiento premeditado y organi­zado que serviría de modelo a todas las pequeñas reanimaciones posteriores del humanismo […]», situación que le ha inspirado la siguiente mordaz reflexión: «[…] Si el trasfondo no fuera tan tenebroso, habría que hablar de una especie de apuesta por ver quién se emociona más. […]» (Sloterdijk, 2000a: 30)
El lector atento podrá formarse ya una cierta idea acerca de los términos en los que se ha dado el tránsito de la profesión bibliotecaria por un trasfondo político e ideológico como el aludido por Sloterdijk. En efecto, no en vano se ha dicho que «[m]ás que ninguna otra profesión, excepción hecha del derecho, la profesión bibliotecaria depende de las fuerzas culturales, políticas y sociales prevalecientes. […]» (King, Baker y Pastine; 2000: 28). Esta singular situación de la institución bibliotecaria —reflejada tanto en sus tareas prácticas como en sus reflexiones teóricas— ha sido expresada hace unos años en el título de un artículo publicado en The Library Quarterly en el que su autora se preguntaba si, en última instancia, la profesión bibliotecaria no ha sido siempre y no es todavía una suerte de «hegemony’s handmaid» (Pawley, 1998). Ahora bien, el formar parte del servicio doméstico no sería en sí mismo tan problemático como el peligro al que éste ha estado siempre expuesto, a saber, el de identificarse con aquellos a los que sirve y —peor aún— el de adoptar sus vicios. Extendiendo un poco esta metáfora de la profesión bibliotecaria —metáfora acaso un tanto odiosa, aunque no por ello menos reveladora—, cabría preguntarse si el servicio que ésta ofrece a los usuarios de bibliotecas tiene por incondicional objeto el beneficio de éstos o si, tal como ocurre con los criados que sirven sin chistar a quienes se encuentran de visita en la casa de su amo, tan sólo cumple ordenes bajo un estricto protocolo de amabilidad.
Así las cosas, a pesar de la maquinaria retórica de lo sublime que bajo el talante humanista aún suele campear dentro de la profesión bibliotecaria, ¿no sería deseable que preguntas como esta se impongan cada vez más en la mente de los bibliotecarios en un mundo que hoy ha abandonado casi por completo dicha retórica y que, de hecho, se percibe cada vez más a sí mismo como totalmente ajeno a los principios de cualquier forma de humanismo? Y es que, si la estrategia del poder de las elites occidentales durante al menos los últimos dos siglos se condice siquiera mínimamente con todas las inquietantes connotaciones que sugiere la figura del «poder oculto tras el poder» presentada por Sloterdijk (2000a: 68) —y hay todas las razones para creer que lo hace—, cabría entonces soslayar aquí el denuesto de este último a toda crítica actual del poder realizada desde las bivalencias (Sloterdijk, 2011b [2001]: 146) —aplicándole la regla que él mismo impone al pensamiento de Heidegger al pensar «con Heidegger contra Heidegger» (ibid.: 101)— y barajar la hipótesis de que dichas elites, una vez logrados ciertos objetivos políticos estratégicos y luego de que la benevolente retórica humanista propuesta por ellas para el consumo de las masas hubo quedado gradualmente obsoleta, han abandonado a ésta como a una suerte de cadáver discursivo, de daño colateral de la dinámica de los discursos occidentales para pasar a una nueva fase de su programa, la cual se fundaría en una realidad nueva y mucho más cercana a sus auténticas aspiraciones de dominio: la realidad del poshumanismo.

4

¿Cuáles son los términos en los que Sloterdijk explicaría este proceso, esta suerte de traspaso de posta que las elites occidentales se habrían hecho a sí mismas, arrastrando paulatinamente en él al mundo entero —en la medida en que aquello que se ha dado en llamar “globalización” habría de entenderse propiamente como occidentalización (García Calvo, 2005: 43-52)— mediante lo que podría llamarse aquí una administración científica de las técnicas que regulan las «tendencias embrutecedoras y amansadoras» de las masas? He aquí lo sustancial de dicha explicación en las Normas para el parque humano:

[…] La época del humanismo nacional burgués ha llegado a su fin porque [la cultura humanista basada en la lectura] ya no podía ser suficiente para mantener unidos los vínculos telecomunicativos entre los habitantes de la moderna sociedad de masas. Con el establecimiento mediático de la cultura de masas en el Primer Mundo a partir de 1918 (radio) y de 1945 (televisión) y, más aún, con las últimas revoluciones de las redes informáticas, en las sociedades actuales la coexistencia humana se ha instaurado sobre fundamentos nuevos. Estos son —como se puede demostrar sin dificultad— decididamente post-literarios, post-epistolográficos, y en consecuencia, post-humanísticos. […] (Sloterdijk, 2000a: 27-28)

Así pues, a la técnica telecomunicativa de masas humanística por excelencia que ha sido la lectura, la han venido a complementar —y eventualmente a reemplazar— las técnicas poshumanísticas homólogas fundadas en las tecnologías electrónicas e informáticas. Para valerse de los términos de Sloterdijk: a la técnica amansadora de hombres que bajo la máscara humanista implementaron las elites a fin de tornar viable el proyecto de la modernidad por entero —debido, sobre todo, a la necesidad de completar con hombres el organigrama a escala titánica que la administración de los estados modernos implica— le siguió la técnica embrutecedora de hombres de la era poshumanista, la cual, entre otras cosas, ha conducido a las masas desde una cierta afición a la lectura hacia fenómenos como el del género cinematográfico hollywoodense denominado chainsaw massacre y el de los videojuegos ultraviolentos, los cuales vendrían a ser, desde una perspectiva psico-emocional de quienes los consumen, una especie de versión moderna del «antiguo consumo de bestialidades» (ibid.: 33-4n), de aquel tipo de emociones que los antiguos romanos se procuraban en los «teatros de la brutalidad» (ibid.: 34).
Cabría, de hecho, preguntarse aquí cómo se explican a sí mismos los bibliotecarios del mundo occidental educados en los principios humanistas de la Ilustración —y para quienes la tradición bibliotecaria angloamericana suele pasar implícitamente como la profesión bibliotecaria en cuanto tal— el hecho de que tanto en los Estados Unidos como en Inglaterra se den hoy en forma conjunta fenómenos tan reñidos con los valores humanistas como la así llamada War on Terror y la inconmensurable corriente masiva del más explícito sadismo, como ejemplo del cual, al ya mencionado gusto por las películas que glorifican las gratuitas masacres seriales a golpe de motosierra, habría que agregar aquel que despiertan últimamente las películas y las series de TV en las que poblaciones enteras devenidas en muertos vivos son cazadas y exterminadas con un espíritu casi deportivo…
Desde luego, para quien se encuentre aún imbuido de la idea de progreso ilimitado que la Ilustración ha inculcado a todos en el mundo occidental —y muy especialmente al bibliotecario medio de no importa qué rincón de dicho mundo— una permutación de técnicas y de tecnologías de usos y de efectos tan manifiestamente regresivos resultará tan incomprensible que ha de atribuirlo necesariamente a un traspié en la evolución humana —esto es, a un traspié azaroso, sin sujeto— que sería factible subsanar mediante alguna determinada acción correctiva de los hombres. En cambio, desde la perspectiva histórica de quienes integran las elites de poder, la explicación de dicho reemplazo y de su oportuna ocurrencia sería acaso tan sencilla que cabría en aquellas palabras que en El Gatopardo, la famosa novela de Tomasi di Lampedusa, el príncipe Tancredi le expresa a su padre: «Si queremos que todo permanezca como está, es necesario que todo cambie»…
Una de las formas más concretas y sintomáticas a la que la comunidad bibliotecológica mundial viene contribuyendo con su parte a este estado de cosas en el que los cambios, incluso los cambios continuos en las técnicas y las tecnologías de la información, garantizarían el cumplimiento de la voluntad de las elites de que todo siga igual —cambios para plegarse a los cuales los bibliotecarios sienten a veces la necesidad, lindante con el masoquismo, de grabar a fuego sobre su carne los principios del lifelong learning— sería la abulia que, en términos generales, dicha comunidad viene demostrando frente a la vital tarea de ensayar una historiografía de la profesión tan crítica y exhaustiva como le fuera posible. En lugar de ello, la gran mayoría de los bibliotecarios ha querido asegurar la supervivencia de la institución que los alberga —o acaso, muy comprensiblemente, su propia supervivencia laboral— asimilándose con toda la celeridad que impone el caso a «[…] lo más actual de las tendencias informativas y tecnológicas, bajo el estatuto, un tanto acrítico, de “renovarse o morir”. […]» (Alfaro López, 2011: 168)
Una notable excepción a este estado virtual de foja cero en el que se encuentran actualmente los estudios historiográficos ambiciosos elaborados desde el universo de la Bibliotecología y la Ciencia de la Información —bien que, en este caso, desde una historiografía incipiente de la administración moderna de la información que se postula como superadora de la de las bibliotecas (cf. Black, 1998)— la constituyen obras como la de Alistair Black, Dave Muddiman y Helen Plant (2007), especialmente en lo que hace a su muy relevante constatación de la existencia de una auténtica sociedad de la información previa en el tiempo al surgimiento de las tecnologías cuya consolidación sería, según otros autores, una de las condiciones de posibilidad para asignar a la misma el rango de categoría histórica (Rendón Rojas, 2001). Esto último, por cierto, contribuye a afirmar la noción aquí presentada según la cual la llamada sociedad de la información respondería a una estrategia de poder de las elites para cuya implementación sólo ex post facto se habría procurado el desarrollo de las tecnologías que hoy la caracterizan. Y esto mismo se aplicaría también a los aspectos socioculturales de dicha estrategia —esto es, a la creación de una cultura de masas—, los cuales hallarían en los medios de comunicación surgidos a lo largo del siglo XX su asiento natural. No otra es la reflexión que, en este ultimo sentido, sugieren estas palabras de Lev Manovich: «We should not be surprised that both trajectories —the development of modern media and the development of computers— begin around the same time. Both media machines and computing machines were absolutely necessary7 for the functioning of modern mass societies. […]» (Manovich, 2001: 22)
Dos de los tres autores arriba mencionados no han dudado incluso en unir, dentro de su análisis histórico, universos aparentemente tan ajenos entre sí como el de las estructuras del poder y la técnica aplicada a la administración de la información, por un lado, y el de la ficción literaria, por el otro. Es así que mencionan la muy importante huella que las ideas de H. G. Wells dejarían tanto en el célebre y revolucionario artículo de Vannevar Bush “As We May Think” (1945) —precursor en gran medida de la idea que desembocaría en la actual World Wide Web— como en 1984, la no menos conocida y reveladora novela de George Orwell publicada en 1949 que desenmascara inmejorable y aterradoramente los vínculos naturales que existen entre las elites de poder, sus planes hegemónicos y los usos de la información que tales planes contemplan de cara a las masas (Black y Muddiman, 2007: 49-50;  Cossette, 2009 [1976]: 60).

5

No hace mucho tiempo, Alejandro E. Parada ha dicho en un editorial de Información, cultura y sociedad —dedicado, puntualmente, a los temores que asedian hoy a la Bibliotecología— que «[…] los tópicos literarios […] son como una especie de desmesura voraz de nuestra propia existencia. […]», a la vez que ha sugerido que acaso el quehacer bibliotecario no pueda sustraerse a ciertas ficciones «[…] cuya índole posiblemente sea tan concreta como la realidad […]» (Parada, 2009: 5).
En la misma vena que Parada, pero en forma aún más concluyente, Borges ha dicho en una ocasión que la novela de H. G. Wells The Island of Doctor Moreau (1896) es —además de ingeniosa— simbólica «[…] de procesos que de algún modo son inherentes a todos los destinos humanos. […]» (Borges, 1998 [1952]: 137). Acaso hoy más que nunca, este juicio de Borges debería ser entendido en el contexto de la obra política de Wells —gran parte de la cual permanece sin traducción al español—, cuyo legado es el «[…] proyecto de una sociedad gobernada por una élite tecno-científica en la cual el fin justifica los medios […]» (Jiménez Cruz y Vidales Delgado, 2011: 12), proyecto que en Wells habría estado inspirado «[…] en la llamada, por Marvin Harris, ciencia lúgubre, es decir, el Maltusianismo, el evolucionismo de Charles Darwin, y la eugenesia de Galtón [sic] y sus epígonos, que resuenan en La isla del Doctor Moreau. […]» (ibid.).
En vistas de esto último, acaso no resultará exagerada la afirmación de que La isla del Dr. Moreau constituye una suerte de guiño siniestro con el que Wells habría delatado, hacia finales del siglo XIX, cuáles eran, desde el punto de vista de las elites de poder, los efectos deseados sobre la vida y el pensamiento humanos luego de una siempre actualizada aplicación del progreso mecánico y científico en una escala social masiva (Wells, 1902). En efecto, si poco después de publicada La isla del Dr. Moreau Wells comentaba su visión de una futura indización de toda la humanidad comparando a esta última con una colección de insectos (Wells, 1905: 163), ¿qué es lo que impediría suponer aquí que en la mencionada novela dicho autor presenta —asumiendo como propia la mirada de las elites que tienen en sus manos los hilos del poder— un panorama del estado cognitivo deseable para aquella misma humanidad bajo la figura de unos animales que, mediante la vivisección efectuada sobre ellos por un científico «[…] prevalido de intencionalidades éticas y humanistas […]» (Carrión Castro, 2006: 65), son metamorfoseados en parodias atroces de seres humanos?
En otras palabras, si se invirtieran los términos de la metamorfosis planteada en La isla del Dr. Moreau, acaso se entrevería una alegoría de aquel embrutecimiento de las masas que resulta una condición sine qua non para la administración elitista del poder a escala global en los tiempos del poshumanismo. Sería en este último sentido, entonces, que al hablar de una animalización integral del hombre (Carrión Castro, 2006) se estaría dando con una eficaz metáfora que, lejos de sugerir una improbable regresión biológica de los seres humanos, aludiría a una extrema —incluso terminal— docilidad política de los mismos (García Calvo, 2005) propiciada por un inaudito declive cognitivo.
Léase, en efecto, el capítulo XII de La isla del Dr. Moreau —cuyo título podría traducirse como “Los recitadores de la Ley”— a la luz de la sugerencia, manifiestamente irónica, con la que Sloterdijk comenta las formas a las que ha de tender el poder político en la presente era del poshumanismo, unas formas según las cuales «[…] el verdadero criador [de hombres] daría discretamente a entender que él, que actúa con conocimiento de causa, está más cerca de los dioses que los confundidos seres vivos a su cargo.» (Sloterdijk, 2000a: 76-77). Allí, en efecto, presas de una confusión ontológica propiciada por las diversas operaciones de manipulación efectuada sobre ellos, los animales “humanizados” del Dr. Moreau repiten, una y otra vez, las prohibiciones de la “Ley” que éste les ha inculcado a fin de que no reviertan a su estado bestial y de que no se salgan de su control:

Not to go on all-fours; that is the Law. Are we not Men?
Not to suck up Drink; that is the Law. Are we not Men?
Not to eat Fish or Flesh; that is the Law. Are we not Men?
Not to claw the Bark of Trees; that is the Law. Are we not Men?
Not to chase other Men; that is the Law. Are we not Men?
(Wells, 1896: 107)

Vendría muy a cuento señalar aquí la pertenencia vitalicia de Wells a diversos “grupos de pensamiento” —esto es, al mismo tipo de equipos de trabajo a los que hoy se suele denominar think tanks y que no son otra cosa que grupos de decisión estratégica en estrecho contacto con las elites— en algunos de los cuales coincidió con Lord Bertrand Russell. Es precisamente este último quien, en una obra suya de mediados del siglo pasado, realizó lo que podría considerarse como uno de los mejores comentarios de los que se tenga noticia acerca de esta suerte de técnica psicológica de masas aplicada por Moreau sobre sus penosas criaturas. En efecto, valiéndose de un tono muy cercano al de los briefings, Russell eleva dicha técnica a la categoría de ciencia y dice de ella:

[…] Its importance has been enormously increased by the growth of modern methods of propaganda. Of these the most influential is what is called “education.” Religion plays a part, though a diminishing one; the press, the cinema, and the radio play an increasing part. […] Although this science will be diligently studied, it will be rigidly confined to the governing class. The populace will not be allowed to know how its convictions were generated. When the technique has been perfected, every government that has been in charge of education for a generation will be able to control its subjects securely without the need of armies or policemen. […] (Russell, 1968 [1951]: 29-30).

En el pasaje inmediatamente previo a éste, Russell ofrece un ejemplo del alcance de tales técnicas aplicadas al ámbito de la educación escolar primaria, cuyo apuntalamiento delegan hoy todos los gobiernos en la biblioteca. En efecto, según Russell, mediante dichas técnicas no sólo podrían los científicos al servicio de las elites producir en los niños la férrea convicción de que la nieve es negra, sino que en un futuro llegarían incluso a calcular con precisión el coste per capita de tal operación y la posible reducción del mismo en caso de que se los fuese a convencer más bien de que la nieve es, en vez de negra, gris oscuro (ibid.: 30).
En Russell, así como en el propio Wells y en otros personajes vinculados de alguna u otra forma con la crême de la crême de las elites británicas, el uso de la palabra “humanismo” connotaría ya una encubierta glorificación de la era del control total de las oligarquías sobre las masas. Este sería también el caso de Julian Huxley, implacable eugenecista y primer director general de la Unesco, quien en su programa para dicha organización no cesa de hablar, por un lado, de un «scientific humanism» que habría de guiar a la misma mientras que, por el otro, prescribe el uso de los mass media como instrumentos de una guerra psicológica tendiente a implantar en las masas del mundo la dócil aceptación de un único gobierno mundial (Huxley, 1946) —claro está que en nombre de la “paz”, de la “diversidad”, de los “derechos humanos” etc., pues se imponía sonar convincente a oídos de los humanistas con tendencia a la emoción— «[…] if necessary utilising them, as Lenin envisaged, to “overcome the resistance of millions” to desirable change. […]» (ibid.: 60). Así las cosas, ¿a quién podría sorprender el que Julian Huxley haya cumplido, en una visita suya a Hollywood, el rol de un informal scientific advisor en el set de filmación de The Island of Lost Souls (1932) (Kirby, 2007: 88), primera versión cinematográfica de La isla del Dr. Moreau?...

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La isla del Dr. Moreau es una suerte de revisión moderna y atroz del mito de la caverna referido por Platón en su República, a la vez que una expresión auténticade la utopía poshumanista de las oligarquías. En ella, la retórica fallida con la que las mutiladas criaturas de Moreau justifican ante sí mismas su propia situación —«¿Acaso no somos Hombres?»— tiene como último fundamento una suerte de voluntad de autohipnosis cuya finalidad vendría a ser la de acomodarse forzosamente a la ineluctable realidad de que —ya sea que acaten la “Ley” o que la transgredan— sus vidas han de transcurrir entre el desprecio de su “creador” por los obedientes y la tortura física que su “Ley” prescribe para los transgresores.
Preciso es decir aquí que la situación de los bibliotecarios que aún reivindicasen como propio al ideal humanista no dejaría de presentar ciertos paralelismos con la situación planteada en la novela de Wells. Por cierto que tales paralelismos han de sonar, a los oídos de estos, aún mucho más odiosos que aquella metáfora antes mencionada, según la cual la profesión bibliotecaria sería una «mucama de la hegemonía». Se diría, en efecto, que el discurso humanístico en el que algunos se empecinan en confiar los ha cegado por completo acerca de la condición del poder al que sirven y de su propia condición frente al mismo, condición cuyo signo sería el de una sutil justificación de su indiferencia para con ellos y de su cada vez más abierta hostilidad para el conjunto de los seres humanos. Este mismo poder, que en días de antaño ha “humanizado” a los bibliotecarios, hace ya un siglo que —con pleno conocimiento de causa, según la expresión de Sloterdijk— inauguró la llamada sociedad de la información, de cuño decididamente poshumanístico y sobre la que habría inscripto, para colmo, la fórmula «No se rehace el porvenir» (Mattelart, 2002: 164). Y todo esto lo habría hecho, además, sin tomarse la debida molestia de avisar a los bibliotecarios que, desde hace al menos un siglo, la fecha de vencimiento del discurso humanístico se viene prorrogando entre ellos hasta que la nueva “Ley” se halle en plena aplicación. Cuando esto último ocurra, acaso en un futuro no muy lejano, puede que a los bibliotecarios se les exija finalmente contribuir con lo suyo para convencer a los niños de que la nieve no es blanca, sino negra o, en todo caso, gris oscuro. Tal sería, entonces, una de las cláusulas de su nueva “Ley”, la cual acaso explicarían y justificarían sin falta en sus artículos académicos, en sus conferencias, en sus congresos mundiales…
Así pues, recortada sobre un trasfondo semejante, la convergencia en la repetición letánica de fórmulas extraídas de una tradición humanista por parte de los bibliotecarios del presente, ¿no sería, más tarde o más temprano, tan propiciadora de un «colapso cognitivo» (Parunak et al., 2009) como aquella recitación de la Ley a cargo de las criaturas que pueblan la fantástica isla del Dr. Moreau? Y también, ¿pueden acaso los bibliotecarios arriesgarse a sufrir un colapso semejante en medio de las realidades que plantea hoy la lógica implacable del poder político global y, sobre todo, de aquellas que la misma augura para el futuro?
Son, en fin, estas y otras graves cuestiones las que sin duda surgirán en la mente de todo profesional de las bibliotecas que lea honesta y exhaustivamente las Normas para el parque humano de Sloterdijk. De hecho, en el mismísimo párrafo final de éstas, las diversas discusiones en torno a si la biblioteca ha de cumplir o no funciones afines a las de los archivos (Casazza, 2004: 81-82; Paulus, Jr., 2011) en un universo de documentos cada vez más dependiente del soporte digital se ven acalladas, siquiera por un instante, ante la duda de que las generaciones futuras sean capaces de comprender dichos documentos y, por ende, de involucrarse en su lectura.8 Y es que, en efecto, incluso en el presente,

[…q]ue los libros canónicos de antaño […] ya no reposen en las mesillas de noche, ni en las de día, de sus lectores, sino que se hayan sumido en la atemporalidad de los archivos, esto también le ha quitado al movimiento humanista la mayor parte del empuje que tuvo alguna vez. Los archiveros bajan cada vez con menos frecuencia a las profundidades que albergan esas antigüedades textuales, para consultar opiniones anteriores sobre temas modernos. […] Entre los pocos que todavía se dan alguna vuelta por esos archivos, se impone la opinión de que nuestra vida es la confusa respuesta a preguntas que hemos olvidado dónde fueron planteadas. (Sloterdijk, 2000a: 84-85)

Así las cosas —y para expresarlo con los aparentemente inapelables términos del marketing mencionados al comienzo—, ¿no vendría a sugerir todo lo aquí expuesto en base a las observaciones de Peter Sloterdijk en sus Normas para el parque humano que el humanismo como producto ha llegado ya al final de su ciclo de vida y que, por ende, lejos de relanzarse su ideal, éste debería ser prudentemente retirado del mercado de las ideas bibliotecarias para el futuro?

Notas

1  Cf. Lawrence Lessig, “Architecting for control”. 13 p. Apunte para el discurso ofrecido ante el Internet Political Economy Forum realizado en Cambridge (Reino Unido) el 11 de mayo de 2000. <http://www.lessig.org/content/articles/works/camkey.pdf> [Consulta: 17 octubre 2012].

2  Algunas claves para sondear los posibles móviles de este silencio han sido ya esbozadas en un texto del cual el presente artículo constituye una suerte de reformulación. Cf. Camilo Franco, “Los recitadores de la Ley. A propósito del silencio de la Bibliotecología frente a las Normas para el parque humano de Peter Sloterdijk” (inédito), mayo de 2012, 25 p.

3  El énfasis es añadido.

4  El énfasis es añadido.

5  La extensa nota al pie con la que Casazza se habría propuesto subsanar lo acotado de su definición del humanismo no hace, finalmente, más que reforzar el sesgo a la vez renacentista y apolítico de la misma (Casazza, 2004: 19n, 22n): como si el humanismo renacentista no hubiese producido obras más que en el terreno de las especulaciones científicas en torno a la naturaleza, como si no se pudiera considerar a obras como El príncipe de Maquiavelo un producto humanista de primer orden. Por lo demás, para una aproximación más integral al concepto de humanismo, así como a algunas de las acepciones históricas del vocablo, cf. José Ferrater Mora, “Humanismo”. En Diccionario de Filosofía (5ª ed.). Buenos Aires: Sudamericana, 1965, vol. 1, p. 875-878.

6  Los énfasis son añadidos.

7  El énfasis es añadido.

8  Cf. Mary V. Rorty, “Memory, ethics, and literary custodianship in the era of computational media”. 2 p. Apunte de salutación para la apertura del Simposio “Time will tell, but Epistemology won’t”, realizado en celebración del Archivo Richard Rorty en la Universidad de California (Irvine, Estados Unidos) el 14 de mayo de 2010. <http://www.escholarship.org/uc/item/8xz092fx> [Consulta: 18 noviembre 2012]. Mary Rorty ha traducido al inglés el texto de Peter Sloterdijk del que aquí se trata bajo el título “Rules for the Human Zoo: a response to the Letter on Humanism” (publicado en Environment and Planning D: Society and Space, 2009, vol. 27, no. 1, p. 12-28.).

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