Los infiernos tan temidos en la  Bibliotecología / Ciencia de la Información (BCI)

The feared hells in Library and Information Science

Alejandro E. Parada

Secretario de Redacción Información, cultura y sociedad

Los temas que aborda la Literatura poseen un don y una seducción que escapan a muchas materias: nada del acontecer humano les es ajeno. Los tópicos literarios y, sin duda, los títulos que representan las ficciones, son como una especie de desmesura voraz de nuestra propia existencia. Ese íntimo y misterioso vínculo que relaciona una cosa con todas las cosas, fue señalado por Charles Baudelaire, en su famoso poema «Correspondances», como el fundamento inefable del conocimiento y de la sabiduría. Aunque parezca inesperado, la Bibliotecología/Ciencia de la Información (BCI) moderna no es extraña al título de un relato de Juan Carlos Onetti: «El infierno tan temido»1, pues cualquier persona, institución o disciplina tienen sus temores y sus inequívocos infiernos. ¿Acaso nuestro quehacer profesional puede sustraerse a esta ficción cuya índole posiblemente sea tan concreta como la realidad?
Los infiernos tan temidos son muchos y el exiguo margen de un editorial, fundamentado en la inmediatez de la opinión personal y en el debate informal que pueda suscitar, no permite explayarnos ni profundizar en este asunto. Tampoco es necesario hacerlo, ni políticamente correcto su exposición minuciosa, ya que para ese discurso están los trabajos y los artículos especializados. Un editorial posee esa limitación que se cambia, con gusto y placer, por la libertad de decir aquello que no puede comentarse en la prosa académica.
Pero cuando se reflexiona sobre los infiernos tan temidos, ya que la evocación se transforma en una forma de terapia liberadora algo heterodoxa, se cae en la cuenta de que la aprensión no es tan cruel ni aterradora e, incluso, que esos desasosiegos son necesarios e indispensables para comprender y aceptar nuestra globalizada modernidad.
En este contexto de inquietudes recíprocas y dialécticas es factible llevar a cabo una tipificación de «los sobrecogedores ámbitos» que hoy imperan en nuestra disciplina, y nos llevan a pensar que pueden transformarse en obstáculos infranqueables o, al menos, de angustiosa superación.
Pero antes de reflexionar sobre dichos ámbitos es fundamental detenerse en un punto: los registros de las bibliotecas han dejado de ser textos pasivos, esto es, discursos a la espera de la visita de los lectores, en su milenaria función de apropiarse de las palabras. Los registros son textos activos, con un devenir de extramuros. Las bibliotecas ya no son instituciones autosuficientes en el control de sus documentos y, por añadidura, sus nuevas tecnologías han producido un cambio «fisiológico» en la materialidad documental. Como consecuencia de esta situación, las escrituras gráficas y virtuales sufren metamorfosis constantes y casi infinitas. La realidad que define al uso de un «artefacto textual» se centra en la mutabilidad de su materialidad. Los discursos textuales abandonan sus viejos ropajes físicos para trocarse en archivos virtuales, en hipertextos referenciales, en representaciones volátiles que se enmarcan en lo etéreo. ¿En los últimos veinte años cuántos cambios de soporte han conocido las entradas de un catálogo en comparación con los existentes en las bibliotecas antiguas? Hablamos de discos duros, de servidores, de unidades de disquetes, de zip, de CD-ROM, de unidades USB, etc. ¿Qué ha quedado de los antiguos cuadernos de índices de las bibliotecas del pasado o de la persistente durabilidad de las fichas? Tan solo un souvenir de lo pretérito.
El nuevo entorno bibliotecario está dado por la velocidad del cambio aun dentro del cambio mismo, ya que esta historia de las mutaciones de soportes en los últimos lustros plantea y patentiza uno de nuestros mayores temores como profesionales: ¿para qué serán necesarios los bibliotecarios en un futuro no muy lejano?, ¿qué será de ellos cuando dentro de medio siglo, o acaso antes, casi todos los fondos de las bibliotecas estén digitalizados y electrónicamente organizados?2  Nos referimos a un infierno tan temido que ni siquiera nos animamos a recrear ese posible porvenir, tal vez porque constituye el factible preludio de unas agoreras y funestas pesadillas profesionales.
Los desalientos poseen un único punto de inflexión donde penetra la posibilidad de su derrota: la actitud para enfrentarlos. En cierto sentido debemos recapacitar y volver a replantear algunas de nuestras estrategias de servicio social y, por qué no, de supervivencia. Ante todo, nuestros registros ya no son manipulados por nosotros en forma exclusiva e imperativa. Los documentos han incorporado y profundizado sus múltiples voces y lecturas, pues al cambiar constantemente de soporte, tal como lo ha subrayado la Nueva Historia Cultural de las Bibliotecas, sus abordajes y representaciones lectoras también se han trastocado. Son realidades palpitantes con diversas voces y mensajes que deben ser organizados y «desplegados» (a modo de un display infinito) por los nuevos bibliotecarios. Quizás, en un futuro no tan lejano, el papel del bibliotecario sea rescatar (y «recortar») la totalidad de las textualidades que se presentan en la lectura de los artefactos culturales escritos,  para así facilitar su aprehensión y visibilidad por los lectores. Probablemente, si queremos sobrevivir como profesión, debamos educarnos para comprender a nuestros usuarios más allá de la gestión misma, y transformarnos en ese complejo puente que una a las múltiples habilidades de los lectores, en el acto de la lectura, con el sutil desarrollo de nuestra capacidad para comprender y satisfacer, cabalmente, esas destrezas y prácticas que se dirigen a capturar la diversidad de las voces documentales. Acaso, en el bordado invisible de nuestra más íntima razón de ser, al final de la larga senda tecnológica, la solución se manifieste en cooperar y fomentar (como personajes teatrales en un mismo escenario) una gestión bibliotecaria conjunta con los lectores, en una especie de democracia integradora. Nos referimos a un sitio donde la ciudadanía, por un lado, y el control-normalización profesional, por el otro, gesten una biblioteca igual y, a la vez, distinta de la que conocemos.
Estamos reflexionando en trasponer la organización de los materiales inherentes al funcionamiento de una biblioteca (imprescindibles e insoslayables) y, en una proyección sorpresiva, precipitarnos en una dinámica impensada para ser unos con los lectores. Es más, hacer una praxis de la alteridad para dejar de pensar como profesionales exclusivos de la información y ser, simplemente, lectores y bibliotecarios a la vez. Esta idea puede resultar absurda o quimérica, poco importa. Empero, el hecho de meditar más como usuarios que como bibliotecarios, aunque suene a herejía, se convierte en la única instancia para superar este infierno tan temido: ser devorados por la virtualidad electrónica que nos acecha e intenta conquistarnos. Una posición de aparente extremidad coadyuvará a sostenernos: establecer un proceso de empatía e implantar el diálogo allí donde moran los espacios vacíos. Estos ambientes y grietas están condenados a ser colmados, de manera tal que, a  menos que nosotros no los ocupemos, otros más eficientes o audaces los llenarán. Las voces de los documentos y sus registros son como cantos de sirena: es necesario cultivar la capacidad para saber cuándo hay que taparse los oídos y cuándo hay que dejarse llevar por sus cantos cautivadores.
Entretanto, ¿qué sucede con las metodologías de investigación bibliotecarias? Respuesta: acaso todo y nada a la vez. La angustia nos corroe el alma en esta ocasión. Nuestra disciplina carece, como todos sabemos, de una metodología propia. Un drama que comparte con muchos campos de las Humanidades y las Ciencias Sociales. La Bibliotecología, gracias al misterio que impone el rigor de su mundo, no posee pruebas científicas inmutables que por su repetición impecable puedan aspirar un día a constituirse en leyes. No obstante, han existido intentos por determinar esa regularidad, tal como lo propuso Ranganathan3. Pero convengamos en que el universo de las ciencias duras nos es, inequívocamente, esquivo. ¿Esto es una debilidad? Por supuesto, no lo es. La flexibilidad metodológica se presenta como una extraordinaria virtud cuando se aplica con un criterio libre, sistemático y, a la vez, creador. Nuestra profesión, ya hace muchos años, comenzó a desarrollar una metodología cuantitativa que se materializó, en parte, en los estudios bibliométricos. E incluso fue, luego de la Sociología y las Ciencias de la Educación, una de las precursoras en instrumentar la Estadística como medio para estudiar a los usuarios y a las modernas políticas de desarrollo de la colección. En la actualidad, las metodologías cualitativas, como es el caso de los estudios culturales aplicados a las prácticas de lectura, constituyen un filón insospechado y una vuelta de tuerca en el campo de las investigaciones bibliotecológicas.
En esta instancia, ¿no sería ocioso y algo redundante rasgarse las vestiduras y lamentarse por la carencia de un método de investigación de los fenómenos bibliotecarios? Las limitaciones a menudo son espejos que encubren otros campos más fértiles. Hagamos, pues, de «esta falta» una presencia rotunda a través del aporte de numerosas y diversas metodologías. La complejidad y la variedad, en el acontecer humano, son esenciales y nutrientes, con más razón en el ámbito de los procedimientos en un área como la nuestra. Quizás el hecho de carecer de métodos propios nos permita el aire suficiente y renovador para gestar un sistema, amplio, abierto e integrado, definido desde lo parametódico.
¿Y el temor al ámbito histórico? Todos sabemos que sin memoria muere el pasado. La Historia es un terreno fértil para recordarnos cómo eran los hombres y sus quehaceres en lo pretérito. Y el lugar común que sostiene que gracias a ella podemos identificarnos con lo que somos, no por ser vernáculo, es menos cierto y contundente. Una profesión que declara graciosamente «el fin de su historia4» y, con cierta autocomplacencia orgullosa, la coloca en el desván de los trastos ya sin uso, se encuentra más próxima a la extinción de lo que ella piensa. La Historia nos permite meditar sobre la versatilidad de los soportes que transportan los registros textuales y, además, que cada «revolución del libro» implica, en su delicado trasfondo, un dispositivo pautado por antiguas prácticas que conviven con las modernas, sean estas manuscritas, impresas o virtuales. La Historia también es una sonda tirada al abismo del futuro. Nos debe hacer reflexionar sobre nuestra realidad y aquello que nos depara. En el fondo, nos plantea una pregunta de índole existencial bibliotecaria. Como es el caso, por ejemplo, de que las colecciones bibliográficas tienden, indefectiblemente, a dispersarse; o, aun más trágico, que existen muy pocas bibliotecas que actualmente tengan varios siglos, esto es, que las bibliotecas, como los seres humanos, también, tarde o temprano, es factible que mueran y desaparezcan. El tejido histórico puede identificar cuáles han sido los factores que determinaron su mortandad y qué medidas fracasaron para evitar este deterioro. Entre muchísimas opciones, también nos plantea que los libros, tal como hoy los conocemos, en los siglos venideros, acaso se transformen en objetos de exposición, es decir, en elementos corpóreos expuestos en archivos, museos y bibliotecas. De modo que la Bibliotecología podría tener un destino final y apasionante con la Museología y la Archivología. La Historia, entonces, nos da la base para tejer la urdimbre de estas ficciones controladas y, por sobre todo, entender lo que somos y por qué llegamos a ser lo que somos y no otra cosa.
¿Y nuestros resquemores a ejercer el poder? Porque es necesario meditar sobre el hecho de que la escritura y el acto de leer son, en su plena extensión, universos donde se dirimen las fuerzas que ejercen el dominio en la toma de decisiones. Esta afirmación no reviste novedad alguna, pues hace mucho Donald Urquhart, entre otros, sostuvo este concepto como uno de los principios relevantes de las bibliotecas5. ¿Es posible, pues, la existencia de estas agencias sociales sin las demandas perentorias de quienes detentan (y ejercen a su gusto y necesidad) sus propios intereses, sean particulares, empresariales o estatales? ¿Haber pensado, en América Latina (o en cualquier parte donde los hombres se agrupan en comunidades sociales) en la asepsia del bibliotecario en cuanto a las ideologías imperantes, no ha sido, al menos, algo ingenuo e irreal? No existen lugares donde se agrupen y se usen los registros bibliográficos, sin una marcada intencionalidad –presionada y modelada– por las ciencias políticas6. Mientras los bibliotecarios no asuman decididamente que habitan en esferas estrictamente políticas, no podrán ser buenos servidores sociales. El mayor mérito que puede llevar a cabo nuestra profesión es aprender a moverse, sin conceptos dogmáticos, en las dimensiones políticas que pautan y determinan su territorio social. En nuestros países, a pesar de las diversas efervescencias de participación ciudadana, los bibliotecarios aún poseen esa rémora conformista y moral, propia del siglo XIX, donde el pecado original consiste en inmiscuirse y tomar partido por los temas candentes de la sociedad. Nuestra escasa inserción en las comunidades, con respecto a otros intereses civiles, debería llevarnos a reflexionar sobre la necesidad de destacarnos en la lucha por los derechos igualitarios de los lectores. Solo así las bibliotecas podrán ser enclaves de libertad y lugares con horizontes de utopía.
Otro de los infiernos que nos acosan subyace en el pensamiento sobre la filosofía de la profesión7. El impulso técnico y electrónico ha establecido su modus operandi en las carreras de Bibliotecología. Esto significa, su uniformidad de criterios operativos y pragmáticos, sin duda indispensable, pero insuficientes en una profesión que se precie de tal. Si dejamos a un lado la metateoría de nuestras funciones, como en el caso de la Historia, estaremos perdiendo los fundamentos de nuestro oficio, de nuestras tareas en cuanto a iniciativas trascendentales. Muchos autores han reparado en esta limitación: sin un corpus teórico sólido y sin la búsqueda, afanosa, de una epistemología, la pobreza de pensamiento se instalará, ahora para quedarse definitivamente, entre nosotros. Resulta extraño observar a los bibliotecarios preocupados por aspectos privados y morales del comportamiento profesional, en general bajo el epígrafe de «Ética», cuando se soslaya la especulación crítica y filosófica que existe entre la articulación de los textos que cuidamos y el conocimiento que procuramos difundir.
Además, en muchas ocasiones, ante la seductora conquista de la información «global», no tomamos en cuenta los textos que debemos proteger: la variedad y diversidad de los registros locales. Si nosotros no controlamos «la localidad y su producción minimizada», ¿quien pondrá el acento en ella? Lo antropológico de nuestra producción nativa puede correr el riesgo de caer en el olvido. Este miedo de ceñirnos a la identificación, procesos técnicos y difusión de la información autóctona y nativa, es el temor que infunden los procesos electrónicos globales en su particularidad de fagocitarlo todo y, en definitiva, de fomentar el conocido «pensamiento único». Esa propensión al no-pensar y a dejarse llevar, justamente, por el espacio vacío de la ausencia inconmensurable del ejercicio crítico8. Debemos luchar por «la diversidad local» y los documentos que la rescatan, pues ellos, aunque modestos, constituyen nuestra propia identidad como ciudadanos libres y circunscriptos a una geografía determinada.
¿Y el miedo al «desorden» que amenaza a las bibliotecas? Específicamente, nos referimos a la tumultuosa embestida del lenguaje natural en la recuperación temática de los documentos. Un lugar donde los controles del vocabulario comienzan a flaquear y trastabillar. Donde nuestra autoridad ha encontrado un mundo disperso e inextricable. ¿Y si a pesar de nuestras clasificaciones, de nuestras etiquetas, encabezamientos y descriptores, sin duda, de una necesidad indiscutida, la presencia de términos vernáculos en Internet no constituye un llamado a respetar la naturaleza polimórfica del lenguaje y del pensamiento? Un lenguaje que en las nuevas interpretaciones, como en el caso de Gadamer, nos apela a su concepción «como hilo conductor del giro ontológico de la hermenéutica»9. Acaso no debería existir un juego dialéctico, un ir y venir, entre aquello que dominamos y lo que se escapa a ese dominio. No será necesario ser formales y ortodoxos en el mundo de los procesos técnicos y, además, permitirnos (y alentar a los lectores) la articulación con «lo crudo» y no necesariamente con «lo cocido». Tal vez, al adoptar una estrategia de esta índole, ¿no nos encontraremos con mejores herramientas para comprender la esencia y el comportamiento del lenguaje natural y las operaciones que rigen su «personalidad» en el momento de la recuperación temática? ¿Por qué, entonces, los bibliotecarios no nos alentamos a ser más heterodoxos para reflexionar sobre nuestras características ortodoxas?
Finalmente, debemos insistir ante la embestida del «pequeño escalofrío» con el que se abrió el editorial: ¿sobreviviremos al tsunami electrónico? ¿Quién lo sabe? Lo único cierto es que las bibliotecas, dentro de unas décadas, ya no serán como las hemos conocido tradicionalmente y, quizás, ni siquiera se parecerán a nuestra realidad actual. No se trata en esta ocasión de la mortandad profesional que pueda ocasionar, tal como arriba se lo ha mencionado, el «virus de la digitalización» (léase bibliotecario casi prescindible). Porque el elemento biológico ya no será la especie dominante en el destino de la virtualidad extrema en el porvenir. No es improbable que el método desarrollado, a comienzos del siglo XX, por un médico austriaco, nos brinde una mano para que no nos precipitemos en una especie de autocomplacencia estéril. Podríamos formularnos la pregunta siguiente, aunque muchos bibliotecarios se sorprendan de esta interrogante: ¿Freud, estás ahí en la Bibliotecología? Porque en una disciplina como la nuestra el énfasis psicológico (como sinónimo de extensión interpretativa) es una garantía para la supervivencia. Sigmund Freud inauguró un método cualitativo de acercamiento a la psiquis humana, un procedimiento que la Historia Cultural ha utilizado con éxito, especialmente delineado por Carlo Ginzburg en su famoso trabajo «Huellas»: el paradigma indiciario10.
Los bibliotecarios deberíamos aprender mucho de los indicios (huellas) que dejan los usuarios en las bibliotecas. Y sobre todo, deberíamos comenzar a estudiar sus emociones, con el objeto de que, en un momento no muy lejano, se pueda trazar la «Historia de la Sensibilidad de los Lectores» dentro del universo de la Biblioteca. Nos llevaría a una compresión insospechada para esbozar la relación que se establece en la pareja lector-bibliotecario. Todo aquello que fomente la comprensión (y por qué no, un poco de locura transgresora e insubordinada) nos ayudará a entender el «fenómeno del mundo» en la biosfera informática.
Los temores tan esperados son muchos, confusos, heterogéneos y con tendencia a tomarnos por asalto. Incluso cuando se presentan en la alteridad, tal como lo expresa la conocida frase de Sartre: l’enfer c’est les autres11. Pero todos intuimos (muchos lo saben) que la mayor dificultad reside en imaginar el escenario de un combate desigual, donde el miedo se presenta cuando nuestra propia humanidad es destrozada por el guerrero con el cual combatimos. Pero luego, una vez que esa lucha es inevitable, la pugna y la circunstancia por llegar a la victoria, no es tan lejana. La mejor manera de derrotar a nuestras propias quimeras, que nos cercan y asedian, se centra, simplemente, en ponerse frente a ellas y hundirnos en su realidad.
En definitiva, nuestros infiernos tan temidos no pueden terminar en un acto suicida, como le pasó a Risso, el desesperado personaje del cuento de Onetti, al imaginar la lubricidad brutalmente desplegada por una imagen fotográfica obscena en las manos inocentes de su hija. Nuestros infiernos tan temidos son de otro cariz, no tan aniquiladores y devastadores, pero no por ello desprovistos de elementos dramáticos. No nos olvidemos, entonces, que un bibliotecario con pánico ante el devenir de su profesión, sin duda, es cualquier cosa, menos, justamente, un bibliotecario.

Notas

1 Onetti, Juan Carlos. 1994. Cuentos completos. Madrid: Santillana; Buenos Aires: Alfaguara. p. 213-226.

2 Vallazza, Eleonora. Las bibliotecas, al alcance de todos. En adncultura. Año 2, no. 80, sábado 21 de febrero de 2009.  p. 12-13.

3 Ranganathan, S. R. 1931. The five laws of Library Science; with a foreword by P. S. Sivaswami Aiyer, and an introduction by W. C. Berwick Sayers. Madras: The Madras Library Association; London: Edward Goldston.

4 Fukuyama. Francis. 1992. The end of history and the last man. New York: Free Press; Toronto: Maxwell Macmillan Canada; New York: Maxwell Macmillan International.

5 Urquhart, Donald. 1981. The principles of Librarianship. Bardsey, Leeds: Wood Garth.

6 Prélot, Marcel. 1994. La ciencia política. 18.ª ed. Buenos Aires: Eudeba.

7 Budd, John M. 1994. Academic Libraries and Knowledge: A Social Epistemology Framework. En The Journal of Academic Librarianship. Vol. 30, no. 5, 361-367; Hjorland, B. 1998. Theory and metatheory of Information Science: a new interpretation. En Journal of Documentation. Vol. 54, 606-621; Hjorland, B. 2000. Library and Information Science: practice, theory, and philosophical basis. En Information Processing and Management. Vol. 36, 501-531.

8 Forrester, Viviane. 1997. El horror económico. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

9 Gadamer, Hans-Georg. 2007 [1975]. Verdad y método. 12º. ed. Salamanca: Ediciones Sígueme. p. 459-585. 

10 Ginzburg, Carlo. 2004. Huellas: raíces de un paradigma indiciario. En Tentativas. Rosario, Santa Fe: Prohistoria Ediciones. p. 69-113.

11 Sartre, Jean-Paul.1945. Huis clos, pièce en une acte. Paris: Gallimard. 122 p.