Revista
electrónica: Actas y Comunicaciones
Instituto de Historia Antigua y Medieval
Facultad de Filosofía y Letras UBA
Volumen: I
2005
ISSN: 1669-7286
LOS INTELECTUALES ITALIANOS FRENTE AL FASCISMO
José
Sazbón
Universidad de Buenos Aires
Desde la primera posguerra en
adelante (y sin que se avizore un término), la historia de los intelectuales
italianos es la historia de sus respectivas actitudes frente al fascismo. En el
caso de los intelectuales antifascistas, varios agrupamientos e iniciativas
colectivas se fueron constituyendo en las distintas fases de ese largo
transcurso, algunas más conocidas por su vinculación con partidos políticos de
extensa trayectoria; otras, más ignoradas o sólo frecuentadas por
especialistas, en virtud de su limitada vigencia y de la dispersión de sus
miembros. En este último caso, el interés de una evocación actual se acrecienta
por la existencia, más que de una doctrina canónica, de una inspiración, vivida
por algunos como un mandato que aún permanece.
Eso es lo que
demuestra la continuidad de la línea que se expresó con distintos nombres desde
los años veinte y que, para facilidad de la referencia, podemos identificar con
uno de ellos, el más ambicioso en su proyección: socialismo liberal. El
ancestro de la corriente, sin embargo, no era socialista y su liberalismo era
de una especie particular, no integrable al movimiento político que en Italia
ostentaba ese nombre. Se trata de Piero Gobetti, el estudioso, escritor,
periodista y organizador cultural dotado de un carisma efectivamente convocante
en los años de la primera resistencia civil antifascista, en una época en que
el fascismo era todavía movimiento y no “régimen”. El impulso que dio a una interpretación original e inteligente del
fermento ideológico del liberalismo quedó cristalizado en el periódico que
editó en los primeros años veinte, La Rivoluzione Liberale,
nombre éste, asimismo, de un volumen colectáneo que apareció en 1924 con el
subtítulo Ensayo sobre la lucha política en Italia. La aludida revolución
liberal, que en la visión gobettiana connotaba modernización económica y
política y renovación conspicua de la clase dirigente, era vista a la vez como
una prolongación ideal de la herencia del Risorgimento en sus conatos
radicales y frustrados. En tanto como
historiador estudió estos desarrollos y algunas figuras representativas en su
libro póstumo Risorgimento senza eroi, como publicista y
promotor de un cambio de mentalidad y de hábitos políticos entendió que la
revolución interrumpida en el siglo XIX tenía ahora, en las primeras décadas
del XX, una oportunidad para reanudar esa marcha bloqueada.
Esta chance
estaba dada por la constitución de una forma inédita y prometedora de gestión e
impulso renovador: los consejos de fábrica, que tenían en su propia ciudad, Turín,
la capital industrial del país, su sede de experimentación. Estos varios
elementos: distanciamiento de la política convencional, reanudación del legado
risorgimental, apreciación admirativa de los consejos de fábrica como clave de
posibles transformaciones en la organización industrial y sus secuelas
sociales, este conjunto de actitudes muestran su necesaria afinidad con
Gramsci, con la consiguiente apertura a la cultura obrera naciente y sus
órganos de expresión. En efecto, Gobetti fue un colaborador de L’Ordine
Nuovo y, en la visión de su impulsor, el sardo Gramsci, aprendió allí, en
el trabajo común del periódico, a desembarazarse de los prejuicios contra el
proletariado. De hecho, Gobetti llegó a ver en la clase obrera organizada —cuyo
prototipo era la turinesa— una real alternativa a la dirección burguesa del
país, así como percibió en la revolución rusa un fermento de libertad que, en
su sistema de ideas, se integraba con los valores del liberalismo. Este último,
entonces, tenía valencias muy distintas de las vehiculizadas por la tradición
liberal italiana, tal como, por ejemplo, Croce podía encarnarla. Fue
significativo en esos años veinte, así como en la década sucesiva, que mientras
no se cuestionaba el magisterio crociano, la doctrina y la estrategia del
liberalismo de origen gobettiano se establecían con total independencia de las
ideas, las opiniones y la cautela del filósofo napolitano. La figura de
Gobetti, ya muy pregnante cuando éste vivía, se agigantó luego de su muerte, en
febrero de 1926, cuando en un reciente exilio parisino esperaba reponerse de la
violenta agresión física que sufriera a manos de los squadristi. (Fue,
así, uno de los mártires notorios de la época, al lado de Giacomo Matteoti y
Giovanni Améndola, entre los grandes asesinados del período). En su texto
“Algunos temas sobre la cuestión meridional”, Antonio Gramsci rindió homenaje a
la honestidad intelectual y espíritu combativo de Piero Gobetti en un retrato
admirativo que conviene asociar al tributo que, por su parte, Gobetti rindiera
a Gramsci y los ordinovistas en su
“Historia de los comunistas turineses escrita por un liberal”. En conjunto, esos textos atestiguan una
estima recíproca que deja entrever una comunidad de ideales renovadores,
expresados en parámetros culturales y políticos, al margen de las filiaciones
respectivas: marxismo y liberalismo, pero no de la amenaza envolvente que
afectaría, durante toda la época, a una y otra corriente: la represión
fascista.
Muerto
Gobetti, no se mantendría ese tácito acuerdo y colaboración de miembros de los
dos movimientos: durante ese mismo año 1926, Gramsci sería encarcelado
perdurablemente y el partido comunista evolucionaría en concordancia con las
líneas más rígidas de la Tercera Internacional, mientras, por su lado, comenzaría
a constituirse, trabajosamente, una corriente que, inspirada en Gobetti,
tendría, en cambio, mucho mayores resistencias que éste al diálogo constructivo
con la izquierda marxista. La figura característica de esta etapa es la de una
también futura víctima del fascismo: Carlo Rosselli, autor en 1930 de un libro
doctrinario que daría ya un nombre estable al movimiento: Socialismo liberal.
El escrito fue compuesto durante el confinamiento de su autor — junto con otros
políticos socialistas — en Lipari y, luego, editado en París: tanto esas
condiciones como el marco general de la actividad de este grupo de
combatientes, primero en Italia y luego en París, están signados por la dureza
y eficacia de la represión mussoliniana. Será, entonces, una marca epocal la
conexión del desarrollo de la corriente socialista liberal con la lucha
antifascista, conexión que se mantendrá a través de diversas etapas: guerra
civil española, guerra mundial, Resistencia y Liberación. Los encuadramientos
políticos de la corriente serán el movimiento “Justicia y Libertad” y el
Partido de Acción. Al pasar de Gobetti a Rosselli no sólo hay una transición
hacia los años de la clandestinidad, el confinamiento y el exilio, sino
también, en el plano doctrinario, una modulación teórica que convierte en tema
de discriminación polémica la actitud de esta variante del socialismo hacia el
comunismo y el marxismo. Este último, en particular, es visto como deficitario
y aún contradictorio con la “fuerza animadora de la libertad” y la “fe en los supremos
valores del espíritu” que Rosselli considera irrenunciables en el socialismo. A
su vez, este enfoque es deudor de una postulación general según la cual el
socialismo es el heredero natural del liberalismo en las nuevas condiciones
históricas; tal herencia debería preservar, justamente, la moral idealista como
impulsora y los derechos del individuo como plataforma irrenunciable en
cualquier proyecto político reorganizador.
Críticas al
liberalismo egoísta por un lado y al socialismo autoritario por otro dan
sustento a esa conjunción que incluso Croce desdeñó: la de una fórmula de
defensa de derechos sociales que, al mismo tiempo, resguarda y potencia los
derechos individuales. Para Rosselli, el socialismo liberal debía conducir al
movimiento obrero a una práctica renovada en la que las supuestas certezas del
dogma se verían sustituidas por una aspiración, voluntaria (y no determinista),
a la transformación social y, en esto, él entendía que el socialismo no era
sino el “desenvolvimiento lógico” del principio de libertad, un real
“liberalismo en acción”. El grupo
“Justicia y Libertad”, impulsado por Rosselli, Lussu, el historiador Gaetano
Salvemini y otros realizó varias acciones demostrativas y generó una prensa
significativa, con base principalmente en Francia, además de coordinarse con
otros movimientos antifascistas en la búsqueda —difícil— de estrategias comunes
de enfrentamiento al régimen. En medio de estos desarrollos, sobrevino la
insurrección franquista en España y la consiguiente alarma continental de
demócratas y socialistas. Rosselli, en ese marco y en un contexto favorable a
la atenuación de contrastes en el seno del antifascismo militante, llamó a una
“unificación política del proletariado” y fue el primer animador de la
participación italiana en defensa de la amenazada república española. Pero, en
su visión, España era sólo el terreno inmediato e inicial de una lucha más
vasta que debía terminar con el fascismo y de allí su fórmula, en noviembre de
1936: “hoy en España, mañana en Italia”. Pocos meses después, habiendo viajado
a Francia para reponerse de heridas sufridas en su participación en el frente
republicano, fue víctima de una emboscada organizada por un grupo de extrema
derecha francés por cuenta y cargo del régimen mussoliniano: él y su hermano,
el historiador Nello Rosselli, fueron asesinados y su sepelio, en París, fue
ocasión de una multitudinaria manifestación de pesar y protesta ante el avance
internacional y la creciente impunidad de las políticas fascistas.
También
víctima intelectual, también del grupo “Justicia y Libertad”, el estudioso de
origen ruso Leone Ginzburg contribuyó a la corriente socialista liberal con su
obra de publicista y su tarea de
organizador cultural en un tipo de opción cultural que él llamaba “conspiración
a la luz del sol”: la revista La Cultura, de la que fue director y la editorial
Einaudi, que lo contó entre sus fundadores, son ejemplos de esos
emprendimientos que buscaban
suministrar elementos de cultura liberal y, al mismo tiempo, fortalecer
el temple moral de la oposición antifascista interna. Esta última condición se
vio representada de manera patente y paradigmática en un gesto notablemente
minoritario entre la intelectualidad italiana de la época, es decir, la
renuncia de Ginzburg a la prosecución de su carrera universitaria por negarse
al juramento de práctica de adhesión al régimen. Se puede agregar al respecto
que, en el conjunto del profesorado ya en funciones en el año 1931, el grupo
ínfimo de quienes se negaron al juramento (perdiendo, con ello, sus posiciones)
no llegaba al 1% del total: 12 sobre 1250; entre esos “doce profesores que se
opusieron a Mussolini”, como subtitula Giorgio Boatti el libro que dedicó a sus
biografías, había dos ilustres historiadores: Lionello Venturi y Gaetano De
Sanctis. En cuanto a Ginzburg, su
conexión con el grupo de Rosselli supuso para él el destierro interno y luego
la cárcel: en ella murió en 1944, bajo la ocupación alemana de Roma. Entre los
textos dedicados a su memoria, figura el que en 1996 compiló Nicola Tranfaglia,
L’itinerario di Leone Ginzburg, con prólogo de un amigo de la juventud de
Ginzburg, Norberto Bobbio. También como volumen recordatorio, pero en este caso
autobiográfico, hay que recordar las Memorie di un fuoruscito, del
medievalista Gaetano Salvemini, uno de cuyos capítulos evoca la creación del
grupo “Giustizia e Libertà”.
Ya durante los años de guerra, este nucleamiento convergió con otro que, con variaciones de énfasis y conceptos, también se proponía un enlace fundante de las orientaciones ideales del liberalismo y el socialismo: la similitud de su designación —liberalsocialismo— no debe confundir sobre su efectiva autonomía respecto al precedente socialismo liberal de la tendencia Rosselli. Lo que más aclara la cuestión de las diferencias es el señalamiento de la génesis respectiva de los movimientos: el liberalsocialismo nació como una vertiente del liberalismo, para el cual representaba “una herejía de origen intelectual” (como señaló Bobbio), mientras el socialismo liberal consistía en una reformulación de la identidad socialista surgida del propio socialismo y poniendo en el centro de sus expectativas a la clase obrera como sujeto histórico. Como también apunta Bobbio, en el primer caso se concibe al socialismo como completamiento de una democracia puramente liberal, mientras en el segundo el liberalismo es entendido como la garantía de un socialismo que preserva las libertades. Las figuras impulsora del liberalsocialismo fueron los filósofos Aldo Capitini y Guido Calogero; éste último fundamentó esa opción doctrinaria indicando que “la sustancial unidad e identidad de la razón ideal apuntala y justifica tanto el socialismo en su exigencia de justicia como el liberalismo en su exigencia de libertad”. En el manifiesto liberalsocialista de abril de l940, se reclamaba la socialización de las mayores empresas industriales y de los latifundios; en otro manifiesto, del año siguiente, se convocaba a la formación de un frente de la libertad ampliamente concebido. Ya en 1942, esta tendencia, la afín de Justicia y Libertad y otros grupos, se unen para fundar el Partido de Acción, que tendrá durante la Resistencia (iniciada el año siguiente) sus batallones propios, y que hacia 1945 constituirá uno de los componentes principales de la coalición de partidos —el Comité Nacional de Liberación— que negociará con los aliados triunfantes y reorganizará el país. Es significativo que fuera uno de sus dirigentes, Ferruccio Parri, el primer jefe de gobierno después de la Liberación; se mantuvo en funciones durante varios meses que pusieron a prueba (sin éxito) la factibilidad de una dirección estatal en manos de intelectuales moralistas. Al menos esto es lo que se desprende tanto del relato novelado de un miembro de Justicia y Libertad, Carlo Levi (El reloj) como sobre todo de la reconstrucción de esa militancia hecha por otro intelectual del Partido de Acción, Norberto Bobbio. Para Bobbio, el fracaso del grupo, en términos políticos, se debió a su falta de inserción real en la sociedad italiana; siendo, como él dice, “intelectuales desarraigados de las subculturas católica y socialista” —las únicas vigentes—, el fracaso del Partido en las primeras elecciones democráticas resultó una enseñanza que todos asimilaron, de varias maneras. Algunos se unieron a los diversos partidos de la izquierda y fueron candidatos exitosos en ese nuevo enmarcamiento; otros, como el mismo Bobbio, se retiraron a sus tareas profesionales originarias, principalmente la enseñanza universitaria y la militancia exclusivamente intelectual. Es significativa y notoria la presencia, dentro de esta amplia corriente, frustrada como tal en el terreno político, de intelectuales brillantes y creativos, como por ejemplo, además de los ya mencionados Capitini, Calogero, Salvemini y Bobbio, también Guido de Ruggiero, Franco Venturi, Alessandro Galante Garrone, Adolfo Omodeo, Aldo Garosci, Vittorio Foa, Leo Valiani, Riccardo Bauer, etc., para mencionar un puñado de personalidades conocidas, todos los cuales tuvieron una actuación destacada en la vida republicana.
El período de
la ocupación nazi y del concomitante fascismo remanente de Saló fue también el
de una experiencia límite para los intelectuales que tomaron parte en la
Resistencia. Esa experiencia fue vivida como una expresión de imperativos éticos
y políticos entendidos como valores absolutos, de tal modo que a partir de la
Liberación y de la institucionalidad reconstruida, la custodia de su vigencia
se convirtió en la propia razón fundante de la nueva Italia y ocasión de
celebraciones cívicas, rememoraciones y elaboraciones culturales que reiteraban
su plenitud instauradora.
En un marco
así diseñado, se insinuó en la última década un voluntarioso relativismo cuyos
propósitos convergentes son: rebajar a opinión parcial y a identificación segmentaria
los valores esgrimidos por la resistencia antifascista y sus herederos;
legitimar, en consecuencia, como orientación válida la opción antagónica a la
de la Resistencia, o sea la complaciente con la política de Saló; y homenajear,
por último, como víctimas igualmente merecedoras de respeto, también a los
caídos en defensa del fascismo. En
síntesis, si bien no se propone para la actualidad un régimen propiamente
neofascista, sí se cuestiona, particularmente en el caso de los intelectuales
antifascistas que desempeñaron funciones políticas, la equiparación de
antifascismo y democracia; a su vez, la disociación de estos términos es vista,
por los intelectuales antifascistas, como una decidida transgresión de los
principios que fundaron la República. En esos términos se plantea la actual
polémica, reverdecida ante los aniversarios
de significación nacional, la publicación de memorias de protagonistas
del período crítico, la edición de biografías e historias del siglo veinte y la
evocación de los orígenes de la República, entre otros.