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Actas del XI Coloquio Internacional de Geocrítica

LA PLANIFICACIÓN TERRITORIAL Y EL URBANISMO DESDE EL DIÁLOGO Y LA PARTICIPACIÓN

Buenos Aires, 2 - 7 de mayo de 2010
Universidad de Buenos Aires

 

¿Derecho a la ciudad accesible o a la ciudad cercana?
Discusión de una reivindicación ambigua
desde el caso de hogares pobres de la periferia de Santiago de Chile

 

Yves Jouffe

Instituto de la Vivienda, Facultad de Arquitectura y Urbanismo

Universidad de Chile, Providencia, Santiago, Chile

yves.jouffe@gmail.com

 


 

¿Derecho a la ciudad accesible o a la ciudad cercana? Discusión de una reivindicación ambigua desde el caso de hogares pobres de la periferia de Santiago de Chile (Resumen)

 

El derecho a la ciudad oculta ambigüedades que pueden generar contradicciones entre quienes lo reivindican. Puede tornarse perverso si, contrario a su propósito, en lugar de transformarlo, termina reforzando el funcionamiento neoliberal de la metrópoli. Este antagonismo se concreta entre dos modelos de acceso a la ciudad: la "proximidad" a los servicios urbanos, y la "accesibilidad" a los mercados de servicios que fomenta la sujeción de los habitantes a la mercantilización de su ciudad.

 

Un análisis teórico define vías genéricas de prevención o superación de esta contradicción. La observación de hogares pobres de la periferia de Santiago de Chile ofrece otra modalidad de arbitraje entre la ciudad cercana y la ciudad accesible. La legitimidad de cada tipo de ciudad se busca en su correspondencia con las prácticas de movilidad y expectativas de vida de los habitantes del barrio estudiado. Esta mirada propone la articulación de ambos tipos de accesos.

 

Palabras-claves: accesibilidad; proyectos de vida; derecho a la ciudad; pobreza periurbana; Santiago de Chile

 


 

Right to an accessible city or to a proximate city? Discussion of an ambiguous claim, from the case of poor households of a suburb of Santiago, Chile (Abstact)

 

The right to the city contains ambiguities which may produce contradictions between its upholders. It may become perverse if, against its own purpose, it ends strengthening the neoliberal machinery of the metropolis. This antagonism materializes between two models of access to the city: the "proximity" to the urban services and the "accessibility" to the markets of services, which fosters the submission of the inhabitants to the marketización of their city.

 

A theoretical analysis defines generic ways of preventing or overcoming this contradiction. The observation of poor households of a suburb of Santiago, Chile constitutes another way of arbitration between the accessible city and the proximate city. The legitimacy of each city model is searched in its matching the mobility practices and the life projects of the dwellers of the studied neighborhood. This perspective proposes an articulation between both types of access.

 

Key-words: accessibility; life projects; right to the city; suburban poverty; Santiago, Chile

 


 

Introducción: develar y superar la perversidad del derecho a la ciudad

 

El derecho a la ciudad representa un proyecto sumamente anti-neoliberal: poner la ciudad al servicio del habitante y no éste al servicio de una ciudad dominada por intereses capitalistas (Purcell, 2009). En 1969, Lefebvre introduce esta exigencia ética del derecho a la ciudad como una bandera susceptible de unir expertos en urbanismo y grupos políticos a la clase obrera, no obstante, ésta constituye el actor y el mayor beneficiario de este conquista de la ciudad contra el capital.

 

Sin embargo, el derecho a la ciudad, por su carácter borroso, facilita confusiones y amalgamas. En su dimensión de derecho al acceso a los distintos lugares y servicios de la ciudad, se puede poner al servicio de un ordenamiento neoliberal del espacio urbano, maximizando la accesibilidad para ampliar los mercados y la competencia generalizada. Es decir, exactamente en contra del proyecto inicial de Lefebvre y la voluntad de varios militantes de hoy en día. No basta subrayar esta amenaza. Resulta importante entender que la naturaleza ambigua del derecho a la ciudad funda a la vez el riesgo de su manipulación y su utilidad táctica, permitiendo alianzas amplias, y hasta contranaturales.

 

La constatación de esta posible contradicción en el derecho al acceso a la ciudad, obliga a preguntarse por su resolución. Luego de describir esta perversión, definiremos las posibles vías de prevención o superación de tal condición. Con el fin de aplicar esta mirada teórica a un caso concreto, caracterizaremos las prácticas de movilidad y las expectativas de vida de algunos hogares pobres de la periferia norte de Santiago de Chile, con fin de determinar el tipo de acceso a la ciudad que sus miembros tienen y podrían querer. Esto nos permitirá evaluar la legitimidad de cada una de las reivindicaciones antagónicas dentro del mismo derecho a la ciudad.

 

La ambigüedad del derecho al acceso: la ciudad accesible y la ciudad cercana

 

Proximidad mínima o accesibilidad máxima

 

A través del derecho a la ciudad, el habitante exige su derecho a producir o transformar la ciudad y usarla, por lo tanto, el acceso a los lugares urbanos funda este derecho, junto con la producción del espacio urbano y la participación de los habitantes y usuarios en ésta. Además, no constituye una reivindicación sectorial sino sistémica que varios actores sociales pueden sustituir al derecho a la ciudad mismo (Jouffe, 2010). Por cierto, el derecho al acceso parece legítimamente consensual porque el acceso es necesario. Sin embargo, este derecho es ambiguo porque el acceso a la ciudad se puede configurar según distintas maneras más o menos vinculadas al funcionamiento capitalista neoliberal.

 

Dos configuraciones urbanas se oponen en particular: el acceso mínimo y el acceso máximo, que serán identificados como "la proximidad" y "la accesibilidad". El acceso mínimo pone en contacto el individuo con el conjunto de los lugares donde necesita ir: su trabajo, su hospital, su centro de esparcimiento, etc. El acceso máximo pone en contacto el individuo con el conjunto de los mercados correspondientes a los servicios que necesita: el mercado del empleo que corresponde a su calificación, el mercado de los servicios de salud, el mercado del esparcimiento, etc. Mientras el acceso máximo aspira a la accesibilidad a toda la metrópoli, el acceso mínimo tiende a promover una escala más local, haciendo superfluos los desplazamientos largos por la proximidad de los servicios. Si la meta de la accesibilidad es la capacidad a desplazarse a la escala metropolitana, el objetivo de la proximidad consiste sobre todo en la repartición de los servicios en el espacio urbano, lo más cerca posible de los habitantes. Así la proximidad se preocupa de las infraestructuras de los servicios necesarios cuando la accesibilidad garantiza la infraestructura de transporte hacia los servicios necesarios.

 

Accesibilidad al servicio de la metrópoli neoliberal

 

La destacable diferencia entre proximidad y accesibilidad es que esta última refuerza la organización neoliberal de la sociedad poniendo los ciudadanos al servicio de la ciudad, es decir, de la economía urbana.

 

En efecto, permitiéndole ir a todos los lugares de trabajo y servicios de la metrópoli, la accesibilidad genera una competencia entre estos empleos y servicios que se mercantilizan. Mejor dicho, la accesibilidad crea el mercado.

 

Esta mercantilización involucra hasta los servicios públicos, lo que distingue el neoliberalismo del liberalismo. Mientras el gobierno liberal compensa las desigualdades debidas a la ineficiencia del mercado, el gobierno neoliberal lucha contra la exclusión respecto al mercado (Desjardins, 2008). La lucha liberal contra la desigualdad lleva a la creación de servicios públicos distribuidos independientemente de la lógica mercantil, a proximidad de la población. En cambio la lucha neoliberal contra la exclusión promueve la movilidad de las poblaciones más desfavorecidas hacia los centros de servicios y empleos. La accesibilidad es puesta al servicio de la metrópoli neoliberal.

 

Accesibilidad anti-subversiva

 

A este apoyo estructural al funcionamiento urbano neoliberal se suma la neutralización de las posibles posturas alternativas. Concretamente la accesibilidad dispersa y agota a los ciudadanos que se someten a ella.

 

Por una parte, dispersa físicamente a los individuos. Las nuevas organizaciones flexibles del trabajo y la precariedad generalizada, que fundan la configuración urbana de la accesibilidad, limitan mucho la constitución de colectivos reivindicativos desde los lugares de producción. Además el alejamiento de las residencias se suma a la dispersión de los lugares de empleo para impedir la consolidación de colectivos de trabajo en los barrios. La movilización de los "cordones industriales" chilenos de los años 1970 demuestra la potencia subversiva de esta proximidad del barrio y de la fábrica. Por el contrario, la difusión de la urbanización en casas, de barrios cerrados y de la inseguridad urbana completa el encierre, de hecho conservador, en el espacio doméstico. Finalmente, la red de transporte jerarquizada, redundante y frecuente refuerza este fenómeno de individualización, dispersando los habitantes de un mismo barrio y los trabajadores de una misma empresa en medios de transporte llenos de una masa anónima que no se reencuentra de un día al otro.

 

Por otra parte, la accesibilidad capta y agota los recursos de los habitantes, quienes por lo tanto no los ocupan para acciones autónomas o subversivas. La accesibilidad fomenta el aprovechamiento de los mercados de la metrópoli con una movilidad intensiva. Ésta agota los habitantes, en sus cuerpos, en sus familias y en sus bolsillos (Le Breton, 2008). Más generalmente, como elemento estructural del funcionamiento neoliberal, la accesibilidad permite e incita a la participación exclusiva con el mercado, es decir, a la vez al consumo y a la producción. Esta participación podría padecer por los deseos singulares de los habitantes, pero la ciudad neoliberal los consume y los reduce al estado de pulsiones uniformes, a costo, es cierto, de un malestar y una violencia generalizada (Stiegler, 2006). La accesibilidad parece ofrecer la ciudad al habitante de la ciudad pero entrega en realidad su energía al funcionamiento neoliberal de la ciudad.

 

Tiranía de la accesibilidad

 

La accesibilidad metropolitana estructura la ciudad neoliberal. Recíprocamente, la organización socio-económica del neoliberalismo da toda su fuerza a la metropolización y entonces a la accesibilidad.

 

Mientras la proximidad corresponde a pequeñas áreas urbanas donde los mercados de servicios son muy acotados, la accesibilidad se desarrolló con el tamaño de las ciudades y su fragmentación en metrópolis. La ciudad se extendió reestructurándose en torno al automóvil y los transportes motorizados en general (Wiel, 1999). Gracias a la capacidad generalizada del desplazamiento urbano, así producida, las residencias y los empleos se dispersaron hacia predios más baratos, aumentando los desplazamientos en distancia incluso en tiempo (Ducci, 2002 ; Wenglenski, 2006).

 

Además, la precariedad del trabajo se volvió la norma en una organización industrial exigiendo una movilidad tan cotidiana como profesional (Massot y Orfeuil, 2005). Esta flexibilidad multiplicó los viajes diarios que se pueden hacer a cualquier hora del día y de la noche. La fragmentación de las carreras profesionales aumenta el número de los lugares de trabajo y asimismo impide instalarse cerca de éstos. Este efecto desestabilizador se amplía con la precariedad del trabajo, que ésta tome la forma de la inseguridad del empleo o de la degradación de las condiciones laborales. Los trabajadores se protegen ubicando su vivienda en relación con un amplio mercado laboral y no con su empresa.

 

Los sistemas de transporte siguieron también esta evolución, de la proximidad hacia la accesibilidad (Trumper, 2005). El antiguo transporte de empresa luego la red de microbuses llevando los obreros directamente de su barrio a su fábrica dejó sitio a una red jerarquizada de transporte urbano. Los microbuses de barrio no llevan más al trabajo sino a la estación de metro o de buses rápidos que atraviesan la metrópoli (Díaz et al., 2006). El habitante está menos conectado a su lugar de trabajo que a la red de transporte que le abre los mercados de la metrópoli.

 

Las infraestructuras de transporte exigen además el desarrollo de una capacidad individual de movilidad. El habitante de la ciudad aprende a ser móvil. Toda la configuración urbana constriñe a esta adaptación. La forma más tangible es la adopción generalizada del automóvil como elemento articulador del modo más común de vida. La dependencia que el auto genera como sistema (Dupuy, 1999) pero también el "monopolio radical" a través del cual los medios de transporte motorizados expulsan la caminata y la bicicleta (Illich, 1973), participan ampliamente con la difusión forzosa de la accesibilidad contra la proximidad.

 

Atractivo de la accesibilidad emancipadora

 

Aunque el funcionamiento urbano la impone, la accesibilidad se confunde con el poder de elección. Logra al mismo tiempo seducir y constreñir al habitante de la ciudad.

 

Parece deseable como libertad de elección, el usuario y el ciudadano desapareciendo detrás del cliente y del consumidor. Más allá de la afirmación de esta libertad, la accesibilidad anuncia al habitante su emancipación espacial y social. Esta promesa de emancipación es el núcleo de la perversidad del derecho a la ciudad accesible: seductor pero alienante. En efecto, el desplazamiento cotidiano (Buffet, 2005) y el cambio de casa (Bonvalet y Fribourg, 1990) aparecen como el medio, el reflejo y la metáfora de la movilidad social. Hubiera que "mover para salir adelante" (Le Breton, 2005). El habitante de la ciudad asocia entonces movilidad y emancipación (Jouffe, 2007) y exige su derecho a la ciudad accesible. Asimismo, tanto los defensores del derecho a la movilidad -movilidad sustentable obviamente- como sus críticos (Bacqué y Fol, 2007) promueven la accesibilidad como principio fundamental de justicia social y eficacia económica (Maillet, 2008) en la ciudad. El derecho a la movilidad hace debate mientras el derecho a la accesibilidad se queda consensual. La idea de accesibilidad se vende como elección emancipadora y se vende bien.

 

La perversidad de las alianzas por el derecho a la ciudad

 

Necesaria ambigüedad del derecho a la ciudad

 

El derecho a la ciudad como derecho a la accesibilidad se pone al servicio de un funcionamiento urbano neoliberal. Esta reivindicación se invierte contra el objetivo formulado por Lefebvre en términos de lucha de clases, y contra los movimientos sociales de resistencia a la mercantilización de lo urbano que quieren crear una ciudad habitable por todas y todos. Este cambio del concepto de derecho a la ciudad no es fortuito. Está vinculado a su naturaleza ambigua, necesaria para que sea una reivindicación útil.

 

Por una parte, el derecho a la ciudad es tan global que no puede reducirse a un catálogo de derechos concretos y aplicables. Nombra más bien una exigencia, un grito ético, como lo subraya Purcell (2009) que no intenta caracterizarlo enteramente sino proponer un concepto "elaborado pero abierto". La transcripción jurídica del derecho a la ciudad no lo hace efectivo y al contrario corre el riesgo de normalizarlo. Disminuiría la diversidad de las luchas locales y globales que se apoyan en el y lo defienden al mismo tiempo. Por eso este derecho tiene que quedarse ambiguo con fin de ser interpretado en función de la especificidad de cada lucha social.

 

Por otra parte, la imprecisión del derecho a la ciudad permite a diversos movimientos sociales apropiárselo y juntarse bajo la misma bandera. Purcell defiende la importancia de esta capacidad a la agrupación táctica. Afirma la incapacidad de una clase social a derribar sola el orden social. Ninguna podría reunir los oponentes en torno a su propia interpretación del derecho a la ciudad. Sólo lo podría una alianza horizontal. De ahí la necesidad de reivindicaciones transversales, es decir, abiertas y suficientemente genéricas, de lo cual el derecho a la ciudad es un modelo que podría convenir a ciertas alianzas.

 

¿Qué alianza por el derecho al acceso a la ciudad?

 

Una alianza sería entonces necesaria y la ambigüedad del derecho a la ciudad lo permitiera. Pero ¿a qué alianza llama la confusión entre derecho a la proximidad y derecho a la accesibilidad? ¿Esta alianza va contra la naturaleza del derecho a la ciudad, sabiendo el vínculo estructural entre accesibilidad y orden neoliberal? La especificación de los derechos asociados a la proximidad y la accesibilidad permite caracterizar los dos grupos sociales que los defienden: las fuerzas socialistas y las liberales. Esta distinción creada por la historia social francesa no pretende agotar la variedad de las fuerzas políticas en otras sociedades, por ejemplo la especificidad del nacionalismo anti-imperialista o las resistencias indígenas. Sólo propone una pauta de lectura pertinente para entender la tensión entre proximidad y accesibilidad.

 

Derechos-créditos y derechos-libertades

 

La proximidad se apoya en la distribución geográfica de los servicios necesarios al habitante. En esta óptica, la sociedad tiene el deber de facilitarle todos estos servicios, si no existen. Esta deuda para con el habitante designa los derechos correspondientes como derechos-créditos: la sociedad debe proporcionar algunos servicios. Por el contrario, la accesibilidad garantiza la capacidad de movilidad de los habitantes en la metrópoli. El derecho a la movilidad comprende un derecho-crédito a las infraestructuras de transporte necesarias para desplazarse. Pero remite sobre todo al derecho de circulación que es un derecho-libertad (Ascher, 2005): la sociedad no debe frenar la circulación de las personas. Este derecho se expresa en particular como derecho a la seguridad: la sociedad no debe amenazar a las personas en movimiento. El derecho de circulación constituye incluso el paradigma del derecho-libertad en la medida que la privación de libertad es la restricción de los desplazamientos por encarcelamiento. Al contrario, el derecho-crédito a infraestructuras de transporte parece menospreciable cuando se compara a los numerosos derechos-créditos a infraestructuras de servicios supuestos por la proximidad. En resumen, la accesibilidad está caracterizada por los derechos-libertad cuando la proximidad se caracteriza por los derechos-créditos.

 

Vuelta de la alianza táctica liberal-socialista

 

Esta oposición remite a dos posturas políticas tradicionalmente conflictivas en la lucha por los derechos, en Francia como en otras partes. Podría entonces representar una ruptura mayor del movimiento por el derecho a la ciudad.

 

Los derechos-libertades fueron exigidos y conseguidos por los liberales durante la Revolución francesa, al servicio de su clase, burguesa. Estaban dispuestos a invertir sus recursos económicos, sociales y culturales en una competición económica, pero ésta tenía que ser regulada por algunos derechos cívicos, políticos y económicos. En cambio, los derechos-créditos constituyen derechos económicos, sociales y culturales en favor de la clase obrera que no posee los medios suficientes para sacar provecho de la competencia liberal. A partir del siglo XIX, movilizaciones socialistas reivindicaron y consiguieron parcialmente estos derechos.

 

Si estos dos tipos de derechos se complementan, los intereses de las clases sociales que los llevan son antagónicos. Sin embargo, la Revolución francesa vio la alianza táctica de estas clases contra el régimen feudal. El lema republicano francés parece así afirmar la fraternidad táctica entre la clase defendiendo la libertad y la reclamando la igualdad. Táctica victoriosa como lo proclama el decreto del 4 de agosto de 1789 aboliendo los privilegios feudales, pero por el solo beneficio del orden liberal.

 

La configuración política actual sugiere que la misma alianza táctica se imponga. Una tendencia neoliberal domina el campo político después de que la crisis de los años 1970 haya deslegitimado un liberalismo menos radical (Premat, 2009). Mientras el neoliberalismo se apoya sobre los movimientos conservadores y su derecho-libertad a la seguridad, las fuerzas socialistas y liberales se encuentran de nuevo minoritarias y tácticamente aliadas.

 

Legitimidad de la alianza

 

El derecho al acceso a la ciudad se vuelve entonces el eje de una alianza táctica: entre las fuerzas socialistas del derecho-crédito a la proximidad y las fuerzas liberales del derecho-libertad a la accesibilidad. Aunque la accesibilidad caracteriza la forma urbana del neoliberalismo, constituye un componente legítimo del acceso a la ciudad y entonces del derecho a la ciudad. En efecto, algunos servicios especializados como los hospitales no pueden estar suficientemente cerca de los habitantes para que las infraestructuras sean superfluas. Asimismo, los sitios considerados como patrimonio común de los habitantes de la metrópoli debieran ser accesibles. Más generalmente, la eficiencia permitida por la especialización y accesibilidad de los lugares, en particular en el caso del mercado del empleo, valoriza esta configuración. Lo que constituye el argumento principal del neoliberalismo. Entonces la accesibilidad pretende ser una reivindicación legítima del derecho a la ciudad, tanto como la proximidad.

 

Perversidad de la alianza

 

Sin embargo, detrás de la complementariedad de las reivindicaciones, dos modelos se oponen y pueden entrar en conflicto. Esta contradicción funda la perversidad de la alianza por el derecho a la ciudad.

 

En primer lugar, la combinación de las reivindicaciones procura la sumisión del derecho a la ciudad al neoliberalismo. La satisfacción del derecho a la accesibilidad da argumento a las autoridades solicitadas para prescindir las otras exigencias del derecho a la ciudad. La accesibilidad sin proximidad refuerza entonces el funcionamiento neoliberal de la ciudad. Por ejemplo, a defecto de promover un servicio público de educación, el gobierno otorgará la gratuidad de los transportes públicos a los estudiantes. Aunque esta gratuidad constituya una reivindicación legítima, sirve la mercantilización de la educación.

 

Esta transformación puede ser el resultado directo de la alianza liberal-socialista. Después de haber conseguido el derecho a la accesibilidad, las fuerzas liberales abandonan a las fuerzas socialistas en su búsqueda del derecho a la proximidad. Y la configuración urbana del neoliberalismo sale más fuerte aún.

 

Por otra parte, la asociación de reivindicaciones antagonistas baja la credibilidad de éstas. La coalición por el derecho a la ciudad aparece como dos alianzas distintas, cada una teniendo dos veces menos legitimidad que lo que pretende la coalición. Se revelan incluso contradictorias y debilitan recíprocamente sus poderes de convicción y movilización. Por eso, los militantes de los servicios de salud de proximidad y los defensores de grandes hospitales públicos competitivos pueden evitar la privatización formal del sector de la salud, pero, teniendo objetivos opuestos, no podrán impulsar una política. El gobierno podrá entonces implementar métodos de gestión neoliberal del sector público, es decir, una privatización lenta desde adentro.

 

Cinco propuestas para resolver la contradicción

 

Frente a la amenaza de perversión y debilitamiento de la alianza por el derecho a la ciudad, varias posturas son posibles con fin de resolver su contradicción.

 

La primera posibilidad consiste en negar la contradicción para reunir fuerzas militantes dispersas y aprovechar una legitimidad común. Pero las amenazas internas siguen.

 

Una segunda solución explicita al contrario los dos modelos, declara sus legitimidades respectivas y asuma su alianza táctica. Dibujar tal línea de conflicto entre y en el seno de las organizaciones militantes corre el riesgo de derribar toda coalición. Pero procura seguir una movilización a pesar de los imprescindibles conflictos, que surgen también cuando las diferencias son negadas. Además, unas sinergias se vuelven posibles entre dos frentes. Por un lado, una movilización a escala metropolitana, nacional y global reivindica derechos-libertad y derechos-créditos mínimos pero consensuales. Por otro lado, dentro de las metrópolis, acciones locales, ocupaciones de fábricas, desobediencia civil, zonas de autonomía temporal se apoyan sobre la movilización global para decretar otros derechos-libertad y crear instancias locales de gestión de derechos-créditos. A su vez, las experiencias subversivas locales y las redes formadas participan a las acciones globales (Zibechi, 2006).

 

Al contrario se puede distinguir claramente el derecho a la ciudad de uno de esos modelos antagonistas. Así una tercera solución es explicitar el derecho a la ciudad como la reivindicación socialista del derecho a la proximidad, dejando las fuerzas liberales reclamar solas su derecho a la accesibilidad. Pone de nuevo la pregunta de la capacidad de actores sociales fragmentados a movilizarse en torno a un derecho radical. Pero tal postura permitiría desarrollar un cuerpo ideológico coherente, susceptible de ganar en legitimidad hasta la inversión de las fuerzas sociales. El derecho a la proximidad podría en particular apoyarse en el movimiento del decrecimiento que promueve la relocalización de la economía y la democracia al servicio de una "simplicidad voluntaria" ecológica.

 

Recíprocamente, es posible alejarse de este polo radical. Esta cuarta alternativa asume entonces el derecho a la ciudad como el denominador común más pequeño de sus posibles reivindicaciones y se enfoca en los derechos-libertades. Con el riesgo de movilizar por una reivindicación anecdótica. Este enfoque permitiría especificar suficientemente estos derechos para limitar algunos aspectos del modelo neoliberal, por ejemplo de vigilancia, consumo o sobreproducción. La instalación de una ciudad lenta (Mathivet, 2010) en el seno de la ciudad veloz correspondería a esta postura.

 

Una quinta posibilidad consiste en buscar un proyecto concreto que satisfaga todas las fuerzas militantes dejando de lado las contradicciones de los modelos ideológicos. No es dicho que tal proyecto exista. Sin embargo, la planificación urbana podría por ejemplo orientar mediante tasas, la distribución espacial de las actividades con tal de favorecer la difusión de los empleos y servicios a proximidad de los habitantes (Wiel, 2007). Por otra parte, una especialización de las redes de transporte podría satisfacer a la vez las necesidades de la economía metropolitana y de la vida cotidiana de los habitantes. Concretamente se trataría de reservar las infraestructuras rápidas para los desplazamientos de interés metropolitano, limitar la velocidad en las redes intermedias e impedir el tránsito a escala local (ibid.).

 

La presente discusión sobre la ambigüedad del derecho al acceso se extiende a las otras dimensiones del derecho a la ciudad, dejadas de lado al principio de este análisis: los derechos a la participación y a la producción de la ciudad. Éstos llaman también a la inclusión de actores antagonistas en la alianza táctica por el derecho a la ciudad. Los militantes de la participación luchan por la democracia bajo formas potencialmente en conflicto: entre institución y autogestión, de lo global a lo local. El tema de la producción opone en particular las modalidades productivista y "decreciente" del desarrollo urbano, de la misma manera que la proximidad se opone a la accesibilidad a la metrópolis neoliberal. La ambigüedad propia del derecho a la ciudad cuestiona cada militante: ¿Algunas contradicciones amenazan mi lucha por el derecho a la ciudad? Una confrontación de las preguntas teóricas con los objetivos y situaciones locales (Sugranyes, Mathivet, 2010) procurara construir las necesarias respuestas colectivas. Proponemos provocar esta confrontación de lo teórico con lo empírico desde la mirada concreta de algunos pobladores de la periferia norte de Santiago de Chili.

 

Los dos tipos de acceso a la ciudad de los habitantes de El Cortijo, Conchalí

 

Queremos evaluar las legitimidades respectivas de la accesibilidad y la proximidad, las dos concepciones antagonistas de acceso a la ciudad que hemos identificado en el derecho a la ciudad. Con tal fin, vamos a identificarlas en la realidad cotidiana y en los discursos de  un grupo de habitantes santiaguinos. Así podremos evaluar sus legitimidades respectivas a partir de sus correspondencias con las prácticas y deseos de los pobladores. Por ejemplo, si los habitantes tienen o quieren prácticas de movilidad cotidiana fundadas sobre un acceso mínimo a la ciudad, es decir, sobre la proximidad, la reivindicación por este tipo de acceso a la ciudad se verá legitimada.

 

El Cortijo

 

Los sujetos que fueron entrevistados viven en la población El Cortijo, en la comuna de Conchalí, 8 km al norte del casco histórico de Santiago. Este caso de una periferia metropolitana pobre permitirá alumbrar las problemáticas acá planteadas del acceso a la metrópoli para los que tienen dificultades cotidianas al respecto.

 

El Cortijo es el producto de una toma de terreno llevada a cabo en 1970, cuyos protagonistas siguen viviendo con sus hijos y nietos, en un barrio que juzgan seguro. Las 17 personas entrevistadas en serie y profundidad pertenecen a ocho hogares beneficiarios sitio-residentes de un programa social de reconstrucción de casa, en curso durante las entrevistas en 2008 y 2009. Su condición de beneficiarios indica su nivel de pobreza, que varia aproximativamente entre 50.000 y 100.000 pesos de ingreso mensual individual. Este programa refuerza el sentimiento de arraigo ya asociado a la historia colectiva de lucha por el lugar. Tres generaciones fueron abordadas: 3 jefas de hogar ya jubiladas de 60 años; 5 trabajadores jefes de hogar y 5 dueñas de casa a veces trabajando en casas particulares, cerca de 45 años; 3 jóvenes trabajadores y estudiantes de 20 a 35 años, quienes son los únicos entrevistados que no tomaron el sitio de sus actuales casas.

 

Fundamos nuestro análisis en una muestra que no es representativa de una categoría de individuos en particular, sino más bien ilustradora de la diversidad propia a un barrio, o a un tipo de toma de terreno, por lo tanto, no permite comparar la proximidad y la accesibilidad desde una norma generalizable sino apuntar a la viabilidad y la complejidad de este ejercicio normativo.

 

Acceso desde el sujeto: movilidad cotidiana y proyecto residencial

 

Pasando del territorio colectivo de la ciudad al territorio particular de un sujeto, el concepto de acceso deja lugar al de configuración territorial individual. Éste no se preocupa de la conexión de todos los lugares y servicios de la metrópoli que cualquier individuo podría alcanzar, sino de la conexión de los lugares, servicios y personas que el sujeto ha visitado o piensa visitar, es decir, el territorio centrado en la casa y constituido por las prácticas cotidianas del pasado, presente y futuro individual. Nos interesamos entonces en la movilidad cotidiana actual y recordada, y en el proyecto residencial, es decir, la casa y su entorno imaginados que toman sentido en una historia de esperanzas, experiencias, logros y decepciones.

 

Las entrevistas en profundidad sobre estas dos dimensiones del territorio individual indagaron sobre los siguientes aspectos: primero en la movilidad vinculada al trabajo y los estudios, a las compras y el cuidado de los niños, a la salud, y a las actividades sociales y recreativas que designamos abusivamente bajo el nombre de ocio; segundo, en la trayectoria residencial, la evaluación subjetiva de la casa y el barrio, y las casas soñada y anticipada.

 

Movilidad metropolitana y repliegue barrial

 

Los diversos elementos de la movilidad cotidiana y del proyecto residencial, tales como fueron observados, se pueden ordenar bajo dos modalidades opuestas: la movilidad metropolitana y el repliegue barrial. Así, se oponen los largos desplazamientos para ir a los centros de empleos del cono nororiente de Santiago, y los trabajos precarios e informales en el barrio; las compras mensuales al supermercado y las compras diarias en los almacenes vecinales; el uso de clínicas lejanas y el consultorio cercano; el consumo distante y la entretención local.

 

En el dominio del proyecto residencial, los rasgos de la movilidad metropolitana y los del repliegue barrial se contraponen también: la movilidad residencial y el anhelo a la estabilidad de la casa; la valoración de los amigos difundidos en la ciudad y el cuidado de los lazos vecinales; el valor monetario de intercambio de la casa y su valor práctico y sobre todo afectivo; la familia grande que se queda concentrada en la casa y el barrio para apoyarse a sí misma, y la familia restringida que ayuda al ascenso social de los pocos hijos que se mudarán hacia un barrio mejor.

 

Clase modesta y clase eficiente

 

Cada habitante entrevistado no tiene sólo rasgos de una de estas dos modalidades, sino que, en la mayoría de los casos, movilidad metropolitana y repliegue barrial se combinan. Caracterizarlas no lleva a la identificación de dos grupos, sino permite definir dos tipos ideales de configuraciones territoriales. Estos dos tipos se pueden asociar a los recursos socio-económicos de dos clases sociales típicas, que remiten a las clases popular y media pero que vamos a identificar con adjetivos específicos para destacar su carácter ideal: la clase modesta y la clase eficiente. Cabe destacar que se habla de clase como categoría y no como actor.

 

La clase eficiente se define por sus recursos individuales: capital económico y saber escolar reconocido. Por disponer de recursos individuales, puede desencadenar estrategias individualistas o enfocadas en el éxito social de sus herederos. La carrera por la acumulación de estos recursos, es decir, por la eficiencia individual, constituye la competencia socio-económica legítima por el ascenso social, que es la meta de los individuos de esta clase -de donde proviene su nombre. Dentro de las estrategias que apelan al tipo de recursos que tienen, se encuentran las siguientes: la búsqueda de un trabajo formal, incluso lejano pero correspondiente a su calificación que permita un ascenso profesional; la movilidad intensa por saber usar los medios de transporte y poder gastar en ellos; la elección -desvinculada del territorio- de actividades cotidianas difundidas en la ciudad gracias a esta capacidad de movilidad; la inversión en una nueva casa en un nuevo barrio para mejorar su estatus y su accesibilidad a los lugares cotidianos anhelados; la concentración de los recursos en la formación y apoyo de un solo hijo. La configuración territorial de la clase eficiente corresponde entonces a la movilidad metropolitana descrita más arriba.

 

La clase modesta se define por su falta de recursos individuales, teniendo sólo su fuerza física al respecto, laguna compensada por los lazos vecinales, recursos sociales de pequeño alcance distintos del poder de influencia que caracterizaría la clase dominante. Estos recursos No se trata de un poder de influencia, recurso social usado por ser más eficiente aún que los recursos individuales, y asociado a la clase dominante. La clase modesta no puede pretender entrar en la competencia socio-económica de los "eficientes", por lo tanto, aspira a tener una calidad de vida digna, es decir, buena en el absoluto y no mejor que los demás. Las estrategias que imponen sus recursos disponibles consisten en los siguientes: buscar un apoyo local para conseguir un trabajo informal o todo otro tipo de beneficio, como cuidar a los niños, llevar en auto, echar una mano, proteger de los delincuentes, prestar dinero, etc. ; restringir sus lugares de actividades cotidianas al barrio para gastar tiempo en vez de dinero en los medios de transporte; mejorar su casa en vez de cambiar de lugar residencial para reforzar los lazos vecinales; tener varios hijos que se quedarán en la casa o el barrio y ayudarán a su familia. Finalmente, aparece la configuración del repliegue barrial como la de la clase modesta.

 

Accesibilidad para los "eficientes" y proximidad para los "modestos"

 

Surge claramente el vínculo entre estas categorías y los dos tipos de acceso a la ciudad discutidos al principio. Identificamos que la movilidad metropolitana del sujeto se apoya en la accesibilidad de la ciudad, como soporte y meta. Por otra parte, el repliegue barrial individual se apoya en la proximidad de los lugares de la vida cotidiana para no tener que usar el sistema de transporte metropolitano, caro, agotador y excluyente por las habilidades y saberes que exige.

 

Además, encontramos el vínculo entre los dos tipos de accesos y de configuraciones territoriales individuales a través de la reflexión en términos de clases sociales. Las dos clases, modestas y eficientes, se pueden definir por su exclusión e inclusión respectivas en la competencia socio-económica legítima, basada en el capital y el saber. Corresponden entonces a las dos fuerzas identificadas más arriba como socialistas y liberales, de las cuales ya habíamos destacado el interés por la proximidad y la accesibilidad, respectivamente.

 

Aparecen entonces en los discursos de los pobladores de El Cortijo sobre sus territorios de vida cotidiana, elementos que remiten a los dos tipos de acceso a la ciudad. Vamos a indagar en su articulación para interpretar las tensiones que las determinan.

 

Las tensiones entre las configuraciones modestas y eficientes

 

Seis dominios claves

 

Los rasgos asociados a tal o cual dominio de la movilidad cotidiana o del proyecto residencial están más o menos diferenciados. Permiten en mayor o menor medida la discriminación de las configuraciones territoriales, es decir, la separación entre rasgos propios a la movilidad metropolitana y otros propios al repliegue barrial. Vamos a fundar nuestro análisis en los seis dominios que facilitan en mejor forma esta discriminación. Se trata del arraigo, la integración, la aspiración, el trabajo, el transporte y el ocio. Cada dominio está asociado a un rasgo de movilidad metropolitana y un rasgo de repliegue barrial (ver cuadro 1), los cuales no son opuestos estrictos, dado que es posible tener los dos rasgos o ninguno.

 

Por ejemplo, el arraigo remite al lazo afectivo con el lugar, para la clase modesta, y a la capacidad a cambiar de casa y barrio, para la clase eficiente. La integración apunta a los lazos vecinales en el barrio y amicales en la metrópoli. Los rasgos asociados a la aspiración corresponden a las estrategias familiares, desde el punto de vista de los padres o del hijo: varios hijos que se quedarán o un hijo que surgirá. Mientras todos estos rasgos son positivos, los dos rasgos vinculados al trabajo son más bien negativos porque el trabajo es generalmente sinónimo de explotación y cansancio, incluso con el traslado diario, y sólo marginalmente fuente de realización personal y reconocimiento social. Se oponen el trabajo informal local y el trabajo calificado lejano. El transporte, a la vez capacidad y esfuerzo, tiene una valoración variable, sea el goce modesto de la caminata y la bicicleta, o la libertad eficiente de los autobuses y autos. Finalmente, en el ocio, siempre positivo, las actividades locales, en particular el cuidado de sí y de los vecinos, se oponen al consumo distante.

 

 

Cuadro 1: Rasgos del repliegue barrial y de la movilidad metropolitana; en negrita, los rasgos esenciales

 

 

Clase modesta:

Repliegue barrial

Clase eficiente:

Movilidad metropolitana

Arraigo

Lazo afectivo con el lugar

Capacidad de cambiar de casa

Integración

Lazos vecinales

Lazos amicales difundidos

Aspiración

Quedarse en el barrio

Surgir socialmente

Trabajo

Trabajo informal local

Trabajo calificado distante

Transporte

Caminata y bicicleta

Autobús, metro, auto

Ocio

Cuidarse y ayudar los vecinos

Consumo distante

 

Fuente: Elaboración propia

 

 

Para cada uno de los tres primeros dominios, que tienen que ver con el proyecto residencial, un rasgo aparece más valorado y remite a la caracterización esencial de la clase (ver cuadro 1). La clase modesta se define por apoyarse sobre los lazos vecinales consolidados en un lazo afectivo con el lugar. La clase eficiente se caracteriza por aspirar al ascenso social. Estos rasgos, propios al proyecto residencial, determinan los tres otros dominios, los de la movilidad cotidiana. Además del efecto directo de los recursos asociados a cada clase sobre cada dominio, estos tres rasgos se determinan en cadena: el anhelo local o metropolitano define el tipo de trabajo, que desarrolla la capacidad de movilidad correspondiente, que facilita el acceso al tipo querido de ocio. El ocio es interesante en la medida que revela este efecto en cadena más nítidamente que las actividades constreñidas que son las compras o el cuidado de la salud. Ahora vamos a enumerar las configuraciones territoriales observadas desde la combinación de estos rasgos.

 

El modesto

 

Karen (65 [años, edad aproximada por anonimato]), Iris (45) y Valentín (45) son "modestos" en todos los dominios. Cabe destacar que los dos últimos fueron muy móviles para ir a trabajar durante décadas antes de cansarse, incluso enfermarse.

 

Valentín: "de aquí me iba en una micro, me bajaba en Mapocho y de ahí tomaba otra y me bajaba en la plaza de armas y de ahí de la plaza de armas me tomaba otra, así me iba en la locomoción, mucha plata me sale, mucho gasto así que no, yo no voy a trabajar para allá, así que trabajo en pololitos lo que me salga por ahí."

 

Ellos experimentaron entonces la dimensión agotadora de la movilidad metropolitana y renunciaron a ella. Es difícil saber cuál era su proyecto residencial pero nunca cambiaron de casa desde su infancia, lo que sugiere que también en esa época se quedaron en un repliegue barrial a pesar de sus largos traslados. Aparece entonces que la movilidad metropolitana al trabajo exige más esfuerzos que lo que aporta.

 

El modesto aspiracional

 

Ciertas personas, designadas como "modestos aspiracionales", tienen los rasgos del "modesto" salvo una aspiración de ascenso social para sus hijos. Es el caso de los esposos Irma (60) y Armando (65) cuyos hijos están en la universidad o ya profesional como Carlos. Es también el caso de Estela (45) cuya hija Claudia está estudiando. Están arraigados, cuidan mucho a sus vecinos, y desarrollan una movilidad cotidiana a escala esencialmente barrial, pero las madres trabajaron -antes de volverse dueñas de casa- y los padres siguen trabajando por el éxito escolar y social de sus hijos.

 

Irma: "Yo mucho tiempo atrás, saque a mis hijos que estudiaran y así y todo yo trabajaba en casas particulares, haciendo aseo, planchando, hacia lo que fuera. Lejos de acá, por allá, por Las Condes, para arriba."

 

El caso de Estela revela una trayectoria relevante para nuestra problemática. Su hogar se independizó de la casa de su madre, y Estela trabajó un par de años. Entonces se fue de la fábrica y de su casa arrendada y volvió a la casa materna del Cortijo como allegada al servicio cotidiano de los demás miembros del hogar. Pasó entonces de la movilidad metropolitana al repliegue barrial para evitar un trabajo agotador y quizás heredar la casa materna. Esta adaptación incluyó hasta su ocio, dado que dejó de ir a comprar al centro para "jugar a las máquinas" del barrio con sus amigas vecinas.

 

El modesto encerrado

 

Otra variante es el "modesto encerrado", que no cuida a los lazos sociales pero sí está arraigado a la casa que es su gran logro. Se trata de un falso "modesto" en el sentido que descuida al recurso esencial de la clase modesta, el lazo vecinal. Hecho que se combina con su aspiración a la configuración eficiente, es decir, al surgimiento personal o filial o al consumo distante. Es el caso de José (60) y su mujer Carla (55), de Pamela (60), de Javiera (60) y de Samuel (55), respectivamente madre y esposo de Estela.

 

José: "El barrio me gusta aquí, no me meto con nadie, no converso con nadie. Aquí nomas encerrado en la casa. Mis cuatro paredes aquí nomas. Mis cuatro sitios digamos, mis cuatro paredes encerrados aquí. Yo no comparto con nadie. Tengo familiares ahí, tengo familiares allá. Son compadres, comadres pero nunca me junto con ellos, no. Aquí nomas esta es mi postura, aquí nada más. […] no, es que yo no soy mucho de amistad, ahí nomas, no comparto mucho, es bien poco, más me dedico a trabajar, a nada más."

 

Prefiere encerrarse en su casa o trabajar antes que cuidar a sus lazos sociales locales, que sin embargo ya lo ayudaron para desarmar su casa. Esta desvalorización de los vínculos vecinales toma sentido con la valorización de su calificación individual, reconocida a pesar de no cumplir con los requisitos escolares de su puesto de maestro. Asimismo, Pamela quiere dar a sus hijos una profesión o un grado técnico mientras Javiera y Carla valoran el consumo en el centro.

 

Javiera: "no salgo, no tiene gracia, porque póngale usted que voy a vitrinear y me gusta algo, pucha qué lata no poder comprarlo, entonces no voy, cuando tengo plata me gusta ir pero sin plata no. Cuando trabajaba si poh, disponía de mi plata y salía todos los meses, era diferente, ahora no es todo… eso me tiene arañada poh, bajoneada que me llevo aquí, en la casa nomás. Iba al centro, iba a comprar, les compraba regalos a mis nietos, salía a todas partes, ahora no. Ahora no salgo a ningún lado. Iba al centro, me gustaba, vitrineaba, me gustaba algo, lo compraba o iba comprando de a poco, sobre todo para la fiesta de la pascua, del día del niño, yo iba comprando, comprando y después yo tenía para regalar. Ahora no, ahora no tengo nada, no tengo nada, así que. Eso me tiene así con la depresión también. Sí, estoy depresiva, de no tener plata, de no disponer de nada, que si yo necesito algo, no me gusta pedirle a mi hijo, porque no quiero… No, no me gusta molestarlos. Entonces todo eso, por eso yo he andado enferma con depresión, estoy con remedios."

 

El consumo distante constituía una parte importante de su vida cuando iba a trabajar al centro y podía consumir, en una configuración esencialmente eficiente. Como el abandono del trabajo en el caso de Estela, la jubilación generó su repliegue barrial en un modo fuertemente encerrado.

El eficiente arraigado

 

El tipo "eficiente arraigado" tiene todos los rasgos eficientes más el arraigo a su casa y barrio. Es el caso de Daniel (50) que da importancia para su hijo único a la educación que no tuvo, va a trabajar al barrio alto, atraviesa Santiago hacia la piscina de Maipú "para cambiar" de la de Conchalí, y no tiene muchos lazos locales. Pero además, revela su gran arraigo. Rechazaba el programa de reconstrucción de su casa para preservar la casa en que ha vivido, luchado y sufrido toda su vida. También piensa comprar la casa a su madre Graciela para salvar esta historia.

 

Daniel: "Si yo no lucho por este espacio que tiene historia, me compraría en otro lado y no estaría ni ahí con la historia, y no es así, yo no pienso así, como otras personas que no están ni ahí, no valoran la historia, lo que han tenido o el sacrificio."

 

Esta reafirmación del arraigo se hace mientras reorienta su búsqueda de trabajo desde los trabajos lejanos y nocturnos que rechaza por indecentes -porque despiertan su úlcera- hacia trabajos informales locales y venta ilegal de música. Parece que se está preparando un repliegue barrial, como el que Estela ya realizó. Daniel está entonces por volverse un "modesto aspiracional" como ella, renunciando a la movilidad metropolitana para él, pero todavía proyectándola en su hijo único.

 

El eficiente

 

Otras personas se acercan al tipo "eficiente arraigado" pero no hicieron el paso hacia el arraigo, y se quedan todavía en la configuración estrictamente eficiente. Son Cecilia (50), la esposa de Daniel, su madre Graciela (80), y Carlos (35), hijo de Irma y Armando.

 

Cecilia conoce sólo una vecina que le vende productos, aspira al ascenso social de su hijo, trabaja en el lejano "barrio alto" también, atraviesa la ciudad para visitar a su familia. Pero, a diferencia de su pareja, no quiere quedarse en la casa de su suegra, y planifica buscar una casa usada en la misma comuna.

 

Cecilia: "Aquí mismo, dentro de la comuna, de Conchalí, en la comuna de Conchalí, aquí dentro de la comuna, a lo mejor que sea una casita así como esta. Igual. Ahí vamos a ver, a lo mejor este año dentro de una de ésas, este año vamos a tratar, porque ahora hay como más posibilidades pero uno tiene que buscar no más, hay posibilidades que da el gobierno de tener casa pero ahí vamos a ver qué sucede."

 

Sin embargo, ella está seducida por un arraigo en la zona donde nació, por volver a la Región de los Lagos, al sur de Chile. Pero dice haber renunciado por el hecho de ser pobre.

 

Cecilia: "Eh, no de volver a vivir no pero de volver a visitar la familia sí poh. Pero volver a vivir no, no creo volver a vivir, excepto que uno tenga harta plata y vaya para allá y compre una parcela o algo así para trabajar pero yo no creo."

 

Graciela, la madre de Daniel, ilustra otro tipo de persona "eficiente" con arraigo frustrado, a pesar de no tener una estrategia familiar aspiracional. Jubilada, no se desplaza más hacia lugares lejanos de trabajo como lo hacía, pero sigue moviéndose mucho. En particular, frecuenta una iglesia situada a una hora y media del Cortijo tomando dos autobuses. Además, no revela ningún arraigo a su propia casa y barrio, ni un lazo con algún vecino. En cambio, sí visita de repente a su familia en su pueblo de nacimiento al límite del área urbana de Santiago. Si existiera un arraigo, surgiría más bien allá que en su barrio.

 

Carlos es "eficiente" como los dos otros jóvenes entrevistados, Claudia (20), hija de Estela y Samuel, y Jorge (25), hijo de José y Carla. Todos trabajan lejos, tienen amigos en la ciudad donde van a esparcirse, no frecuentan los vecinos o sólo "lo justo y necesario" en el caso de Jorge, quieren independizarse de la casa de sus padres, "vivir y dejar vivir" como dice Jorge. Pero Carlos se distingue en parecer acercarse al arraigo. Ha experimentado la necesidad del apoyo familiar después de su divorcio y la pérdida de su casa, y se ha conformado con las actividades locales y solidarias de sus padres en un repliegue barrial de su territorio cotidiano que se suma a su movilidad metropolitana todavía vigente. Puede haber valorado esta configuración modesta que renuncia a la movilidad metropolitana en beneficio de un arraigo local y social. Este cambio de configuración se adivina en otra sustitución, cuando dice que "pretend[e] ahí buscar un lugar donde vivir, [y que] incluso estaba pensando vender el auto para poder costearlo". Pero lo hace porque "necesit[a] [su] independencia" de hijo "eficiente" y no renuncia a la movilidad metropolitana. Incluso afirma que abandonar su auto por a favor del autobús facilita sus viajes hacia zonas peligrosas. Carlos está todavía lejos del repliegue barrial.

 

La legitimidad de la proximidad y de la accesibilidad

 

La observación de las configuraciones modesta y eficiente apunta a la legitimidad de los dos modelos de acceso a la ciudad que son la proximidad y la accesibilidad. En nuestra muestra, bastante pobre y de edad promedia alta, el repliegue barrial predomina y refuerza la proximidad como organización urbana por reivindicar en este tipo de barrio. Además, entre los dos tipos se observan deslizamientos que se hacen tanto desde el repliegue barrial hacia la movilidad metropolitana, como en el sentido inverso. Por consiguiente, no aparece una configuración que atraiga a todos los habitantes. Por ejemplo, todos los habitantes no están repartidos entre los que tienen una movilidad metropolitana y los que la quieren tener. Con fin de ilustrar el balance dentro de nuestra muestra, podemos precisar que hemos encontrado a 3 "modestos", 3 "modestos aspiracionales", 5 "modestos encerrados", es decir, 11 "modestos" en sentido amplio dentro de los cuales 8 están seducidos por la movilidad metropolitana para ellos o sus hijos; y hemos entrevistado un "eficiente arraigado" y 5 "eficientes" de los cuales 2 están tentados por el arraigo, es decir, 6 "eficientes" en sentido amplio dentro de los cuales sólo 3 no muestran interés por el repliegue barrial.

 

Además varias personas experimentaron una etapa de movilidad metropolitana antes de replegarse hacia su barrio. Asociado al hecho que los tres más jóvenes son "eficientes", aparece acá un efecto del ciclo de vida sobre la configuración territorial. Con la vejez llegan las complicaciones cotidianas del cuidado de los hijos, las enfermedades, el cansancio después de los diversos traumas y pruebas, el divorcio o el debilitamiento de la familia nuclear, la jubilación o la descalificación laboral. Estos elementos vienen como experiencias o como riesgos vueltos más tangibles. Se combinan con la reducción del horizonte temporal y de las expectativas de vida, desde la imposibilidad de la educación técnica o académica a la improbabilidad del ascenso socio-económico. Finalmente, las dos configuraciones territoriales no constituyen sólo un tema de clase social (los pobres son "modestos") y de generación (los hijos son "eficientes"), sino de edad: los jóvenes "eficientes" se vuelven "modestos" con la edad, es decir, "modestos aspiracionales" si logran construir lazos vecinales de apoyo, o "modestos encerrados" si no, pero siempre aspirando al ascenso social, por lo menos para sus hijos. Cabe destacar que el caso de Graciela, "eficiente" a pesar de sus 80 años, demuestra que el repliegue barrial tampoco es el destino necesario de los sujetos "eficientes". Sin embargo, este efecto dominante del ciclo de vida expone a su vez la legitimidad potencial de las dos configuraciones territoriales, luego de su combinación.

 

Conclusión: hacia la integración de las reivindicaciones antagonistas

 

La reivindicación genérica del derecho a la ciudad plantea la pregunta sobre el tipo de acceso que sus habitantes desean. El análisis de sus modalidades revela la ambigüedad entre un acceso máximo, que nutre el funcionamiento neoliberal de la metrópoli - es decir, la accesibilidad a los mercados de servicios - y un acceso mínimo: la proximidad a cada servicio necesario. Esta ambigüedad funda una potencial contradicción y perversión del derecho a la ciudad. La reivindicación por un tipo de acceso podría desembocar en la consolidación del otro tipo; en particular, el grito ético contra el neoliberalismo construiría la metrópoli neoliberal. Varias respuestas se pueden imaginar desde lo abstracto para prevenir tales efectos contraproducentes. Pero cada actor debe encontrar la respuesta más adecuada a sus objetivos y al marco singular de su causa.

 

Hemos intentado adelantar en tal articulación militante a partir de la integración de la mirada del habitante. Un habitante confrontado de manera permanente al tema del acceso como lo son los pobladores pobres del Cortijo en la periferia norte de Santiago de Chile. Se identificaron la movilidad metropolitana y el repliegue barrial como las configuraciones territoriales individuales correspondientes a los dos tipos de acceso, máximo y mínimo. Este vínculo entre una estructura urbana y las vivencias concretas de quienes habitan la zona, ha permitido proponer un modo de legitimación de cada tipo de acceso a la ciudad, a través del discurso de los habitantes sobre sus prácticas y expectativas. Resulta imposible rebajar la legitimidad de ningún tipo de acceso: cada configuración territorial individual está difundida; cada una constituye un polo de atracción para sujetos que viven según la otra configuración; cada una está asociada a una etapa del ciclo de vida. En vez de descartar un tipo de acceso, estos elementos empíricos argumentan en favor de su articulación.

 

Este camino de legitimación desde las prácticas y expectativas tiene sus límites, más allá del tema de la representatividad de observaciones acotadas. En efecto, consiste en apropiarse de la evaluación y el juicio del habitante, emanados de  sus propias experiencias y capacidades. El riesgo de una  evaluación parcial y sesgada, en este sentido, existe. Pero sobre todo, su juicio integra el marco territorial como dado, sin anticipar su cambio sistémico. Ahora bien, si nos estamos planteando la duda por la oportunidad de transformar la estructura urbana misma hacia la ciudad accesible o la ciudad cercana, el tema del cambio socio-urbano sistémico y de la modificación drástica de las posibilidades individuales se impone e invalida el juicio hecho bajo otros presupuestos. Por ejemplo, si la accesibilidad mejorara y la movilización hacia el trabajo lejano se volviera más cómoda, la movilidad metropolitana se haría mucho más atractiva. Al revés, si las exigencias de trabajo bajaran significativamente, el repliegue barrial podría ganar adeptos. Frente a esta incógnita, la observación del discurso sobre lo existente y lo esperado no basta. Tampoco basta un ejercicio retórico de imaginación de tales condiciones, que depende de las capacidades de abstracción del habitante. Lo que se necesita es un ejercicio propiamente militante de creación de la estructura urbana deseada, susceptible de transformar el sistema social y urbano; es decir, una lucha colectiva participativa. Sólo tales condiciones permiten que los habitantes integren conocimientos concretos y criterios éticos adecuados referidos al cambio colectivo, a fin de que desarrollen expectativas oportunas. Con tal fin, los habitantes "eficientes" y "modestos", respectivamente atados a la movilidad metropolitana y al repliegue barrial, podrían asumirse como clases sociales para sí y transformarse en fuerzas autónomas y creadoras de su propia ciudad, sea accesible, cercana o de otro tipo por inventar. Podrían superar las propuestas antagonistas de las élites calificadas como socialistas y liberales pero que no constituyen ni pueden representar el conjunto de la población de un territorio, para así seguir el lema de la revolución hecha por el pueblo, que impone luchar para crear poder -y ciudad- popular.

 

 

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