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Actas del XI Coloquio Internacional de Geocrítica

LA PLANIFICACIÓN TERRITORIAL Y EL URBANISMO DESDE EL DIÁLOGO Y LA PARTICIPACIÓN

Buenos Aires, 2 - 7 de mayo de 2010
Universidad de Buenos Aires

 

 

LA EVOLUCIÓN INTELECTUAL Y LA OBRA DE UN GEÓGRAFO EN EL CONTEXTO DE COLOMBIA

 

Conferencia con motivo de la entrega del Premio Internacional de Geocrítica 2009

 

Camilo Domínguez

Universidad del Externado de Colombia

 


 

Es para mí un honor muy grande recibir el Premio Internacional Geocrítica 2009. Espero que el indudable prestigio de Geocrítica sirva de caja de resonancia para las permanentes denuncias que hacemos, desde la geografía, sobre las enormes injusticias que se cometen en Colombia y en América Latina contra nuestra sociedad y su espacio.

 

En estos momentos cuando la crisis global ha dejado al descubierto la gran pestilencia que se había tapado con falsas banderas de libertad, democracia y seguridad, debemos estar alertas para buscar nuevos caminos a nuestro andar. La solidaridad que nos ofrece la academia con este premio es un gran estímulo para acelerar nuestra marcha hacia un mejor mañana.

 

Del espacio personal al espacio social

 

Como es de rigor en estos casos, quiero hacer un corto esbozo de mi vida para que se comprendan las razones personales que me llevaron a dedicar la mayor parte de mis estudios y esfuerzos al fascinante campo de la geografía. Al respecto quiero enfatizar, como ya lo hizo Maximilien Sorre en sus Rencontres de la géographie et de la sociologie, sobre las fructíferas relaciones entre esas dos ciencias. Aunque mi primera formación fue como sociólogo y posteriormente como geógrafo social, siempre he considerado esas dos ramas del conocimiento, junto con la historia, como áreas complementarias de un mismo campo.

 

Nací en la pequeña población cafetera de Trujillo, Departamento del Valle del Cauca, Colombia, en enero de 1943. Mi abuelo materno, arriero colono proveniente de las tierras mineras del occidente del Departamento de Antioquia, había llegado allí con su familia buscando reorganizar su existencia con el cultivo del café. Sin embargo, la gran violencia, generada luego del asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán en 1948, llevada a cabo por grupos paramilitares conocidos como los "pájaros", nos obligó a buscar refugio en la tranquila ciudad de Buga, donde vivía la mayor parte de la familia de mi padre. Allí pasé mi niñez y adolescencia hasta terminar mis estudios de secundaria.

 

Me trasladé a Bogotá, en 1964, para iniciar mi formación profesional en la Universidad Nacional de Colombia. En la Facultad de Sociología tuve la suerte de tener profesores tan valiosos como el sociólogo colombiano Orlando Fals Borda, quien desarrolló el método de la investigación-acción participativa y el geógrafo alemán Ernesto Guhl, los cuales me mostraron la necesidad de tener siempre en cuenta la unidad entre las ciencias naturales y las ciencias sociales, y la importancia del método en el enfoque científico. Debido a esto, comencé a formarme, simultáneamente con la sociología, en el campo de la geografía con el apoyo del profesor Guhl. En esta época aún no existía la carrera de geografía en Colombia, por lo cual debí estudiar en forma autodidacta, contando con la formidable biblioteca de mi maestro y su guía en los trabajos de campo. En su biblioteca pude consultar los clásicos franceses como Paul Vidal de la Blache, Camille Vallaux, Jean Brunhes y, al entonces en boga, Pierre George. Igualmente, pasé largas y difíciles horas, diccionario en mano, leyendo algunos de los clásicos alemanes, como la Geografía política de Friedrich Ratzel y la Geografía, su historia, su esencia, sus métodos de Alfred Hettner. También pude leer, por primera vez, el Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente de Alexander von Humboldt, en la magnífica pero incompleta traducción al español de Lisandro Alvarado y los originales de la traducción al español que hizo Ernesto Guhl de la Geografía de las plantas del mismo autor. Sin embargo, debo admitirlo, mi mayor fascinación fueron los libros de viajes, entre los cuales había verdaderas joyas, como los viajes por el Amazonas de Johann von Spix y Johann von Martius, entre 1817 y 1820, las exploraciones polares de Roald Amundsen y los fantásticos viajes náuticos alrededor del mundo del capitán James Cook. Hasta el día de hoy esos viajeros y muchos más, siguen siendo mi lectura preferida.

 

El geógrafo Ernesto Guhl había llegado a Colombia en 1939, autoexiliado de su natal Alemania como rechazo al nazismo. Podemos considerarlo como el promotor de la geografía moderna en Colombia, puesto que por medio de la investigación y la cátedra universitaria ejerció un gran impulso renovador, sacando la geografía de los cuarteles y las academias oficiales y llevándola hacia la universidad y los grupos de investigación profesional. Fue el creador de la primera carrera de geografía en la Universidad Nacional de Colombia, a finales de los años sesenta del siglo pasado. Su libro más importante, titulado: Colombia, bosquejo de su geografía tropical, es, posiblemente, el mejor estudio existente sobre la compleja geografía de un país tropical-ecuatorial, con selvas superhúmedas, como el Chocó, o los páramos de alta montaña que se convierten en fábricas de agua.

 

Por mi enfoque múltiple, pero sin olvidar nunca mi formación humanística, me interesé fundamentalmente en los problemas que enfrentan los seres humanos en la creación de sus espacios sociales. Especialmente, los conflictos entre poder y espacio, que considero la base para entender las formas como éste se organiza. Por lo tanto, era de esperarse que, debido a mi historia familiar de colonización y desplazamiento y a mis estudios específicos, mi primer campo de trabajo fuese la Amazonia.

 

La selva húmeda tropical

 

Nunca podré olvidar la gran emoción que sentí al contemplar por primera vez el intenso verdor de la planicie amazónica. El pequeño bus en el cual me había embarcado en la andina ciudad de Pasto con destino a Puerto Asís, Putumayo, se había detenido en una curva ancha de la estrecha carretera para darle paso a un enorme camión petrolero que ascendía lentamente unos centenares de metros abajo de nosotros. Este sitio, llamado "El Mirador", estaba casi mil metros por encima de la llanura y permitía ver, hacia el oriente, los ondulantes ríos que espejeaban al sol en medio de apretadas alfombras verdes. Fue amor a primera vista; el embrujo de la selva es algo que penetra hasta el  fondo del alma y nunca te deja.

 

Estábamos en enero de 1968, y me dirigía hacia la Intendencia del Putumayo para realizar mi monografía de grado en Sociología sobre los numerosos cambios socioeconómicos que se estaban produciendo en la región tras el descubrimiento de yacimientos petrolíferos al pie de los Andes, por la Texas Petroleum Company. Se trataba de un estudio que debería concentrarse en los conflictos entre los colonos y la compañía petrolera por el acceso a las tierras de concesión. Sin embargo, rápidamente pude comprobar que, con petróleo o sin petróleo,  las luchas por la tierra se extendían por un extenso cinturón desde la frontera con Ecuador hasta el río Ariari, con un ancho de aproximadamente cien kilómetros y más de quinientos kilómetros de largo. Veinte años de violencia económico-política habían despojado a miles de campesinos  de sus tierras del interior del país y producido un éxodo masivo de ellos hacia las regiones selváticas, buscando recomponer sus formas de vida en esas "tierras de promisión". Pero la geografía de la violencia había acompañado el éxodo y ya se estaba ensañando sobre aquellos sufridos trabajadores.

 

Conviviendo con los colonos de las llamadas "trochas petroleras" y del caño Cuhembí, pude darme cuenta del enorme grado de dependencia que tenían estos campesinos de los comerciantes que compraban su arroz y su maíz, endeudándolos antes de las cosechas para luego ofrecerles precios bajísimos por sus productos. Con algunas pequeñas variaciones, el sistema minero colonial de la tienda de raya, y su homólogo del barracón cauchero, se repetían una vez más para, rápidamente, concentrar en manos de los comerciantes urbanos las tierras que se estaban roturando.  De muy poco servía el esfuerzo que algunos funcionarios del Instituto Colombiano de la Reforma Agraria, INCORA, estaban realizando para titular sus tierras y ofrecerles crédito en ganado e insumos ganaderos. Para estos colonos paupérrimos pagar unas escrituras o comprar la sal o las vacunas para el ganado resultaba un gasto impagable. Por ello, preferían sacar unas pocas cosechas y, luego, sembrar pasto y venderle su llamada "mejora" al comerciante. Con algunos pesos para recomenzar, tomaba su hacha, sus escuálidos perros cazadores y el resto de familia que le habían dejado la malaria, la desnutrición y las mordidas de serpientes y se internaba cada vez más profundo en la selva para recomenzar el ciclo maldito de tumbar, sembrar y vender. El suplicio de Sísifo es el diario vivir del colono empobrecido. El ciclo de la pobreza económica se refuerza, además, con la pobreza de los suelos amazónicos que, al quedar al descubierto cuando se tumba la selva, pierden muy rápidamente sus nutrientes por efecto del exceso de lluvia y altas temperaturas que aceleran en forma increíble la degradación de la materia orgánica.

 

A partir del mes de junio del año 1969 fui nombrado profesor de la Universidad Nacional, adscrito al nuevo Departamento de Geografía. Nuestra misión, junto con el Profesor Ernesto Guhl, era crear las bases para fundar la primera carrera de geografía en Colombia. Aunque el proyecto se postergó por muchos años, debido a la falta de profesores que pudiesen trabajar las cátedras, sin embargo, pudimos entusiasmar a muchos estudiantes de áreas diversas para que se especializaran en el campo geográfico y ayudaran a crear el núcleo fundamental que, posteriormente, se hizo cargo de la carrera. Con tal objetivo, y para continuar con mis estudios sobre Amazonia, viajé a principios del año 1972 para hacer un circuito por las partes de selva bajo la soberanía de Ecuador, Perú, Bolivia y Brasil, regresando a Colombia por el Río Mar y desembarcando en el pequeño puerto de Leticia. En todos estos países se estaba viviendo un resurgir del interés por la selva amazónica. El proyecto de la Carretera Marginal de la Selva, que buscaba integrar el piedemonte amazónico de Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, había sido firmado en 1963 por estos países, bajo el impulso del presidente peruano Ingeniero Fernando Belaunde Terry. Esta carretera buscaba integrar la parte occidental de la Amazonia a los proyectos de colonización que se estaban llevando a cabo en los cuatro países. Era una válvula de escape a las presiones sobre la tierra que se estaban dando sobre las zonas de antigua integración y que, siguiendo la norma latinoamericana, estaban concentradas en muy pocas manos. En otras palabras, era la colonización como reforma agraria, un proceso de cambio conservador que dejaba intactos los privilegios, pero  dando la impresión de reforma en el uso y tenencia de la tierra.

 

Varios meses más tarde partí desde Santa Cruz, Bolivia, en el viejo ferrocarril que iba hacia Corumbá, Brasil, cruzando por el Gran Pantanal. Luego, desde Campo Grande me dirigí a Sao Paulo. Allí en la USP fui aceptado como asistente en el curso que sobre Geografía da Amazonia dictaba uno de los geógrafos pioneros en dichos estudios, el Profesor Antonio Rocha Penteado, autor del libro clásico, hoy casi olvidado, Belem, estudo de geografia urbana. Dieciocho años más tarde regresaría a la USP para realizar mi doctorado en Geografía Humana.

 

Al terminar el curso del profesor Penteado abordé un bus hacia Belem do Pará. Allí permanecí un mes en las agradables instalaciones del Museu Goeldi. Una centenaria joya científica en donde se reunía la flora y la fauna amazónica al lado de una biblioteca riquísima en obras sobre la región. Ubicada en el corazón de la ciudad y con, aproximadamente, una hectárea de superficie, permitía aprender en un solo día mucho más sobre Amazonia que en meses enteros de mucho esfuerzo. Al marcharme, me propuse regresar lo más pronto posible. Eso ocurrió ocho años después, cuando obtuve una beca para hacer mi maestría en Planeación para el Desarrollo, en el Núcleo de Altos Estudios Amazónicos, NAEA, de la Universidad Federal del Pará.

 

Belem do Pará, la bella ciudad de fuertes contrastes comenzaba a despertar luego de muchos años de añorar la edad de oro del caucho. Todavía se conservaban los antiguos edificios frente al puerto con sus grandes fachadas cubiertas de azulejos portugueses, pero con sus interiores totalmente derrumbados. Allí, donde anteriormente se apilaron enormes fortunas en bolones de caucho ahora buscaban su pobre alimento muchas ratas de pelo erizado. Sin embargo, toda la urbe respiraba optimismo por un renacimiento de las esperanzas. La aún reciente terminación de la carretera Belem_Brasilia y los notables avances en la Transamazónica y en muchas carreteras regionales, estaba dando trabajo a muchas personas y se abrían anualmente centenares de miles de hectáreas para la colonización. La orden del día era especular, especular y especular. Al amparo de la dictadura se amasaban gigantescas fortunas con los préstamos del Banco Mundial para la construcción de carreteras y represas. Algunos años más tarde llegó la cuenta de cobro y la crisis de la duda externa sacudió el país de arriba a abajo.

 

Salí de Belem para realizar el viaje que todo geógrafo iberoamericano debe realizar al menos una vez en su vida: ascender, o descender, el río Amazonas entre Belem y Manaus y, si es posible, llegar hasta el pie de los Andes. Para los creyentes en la ciencia humboldtiana es el equivalente a la peregrinación a la Meca. El Río Mar, la selva y sus habitantes son algo que nunca se olvida. Al llegar a Leticia, Colombia, crucé a pie desde el Amazonas hasta el Putumayo en compañía de indígenas de la etnia witoto. Llegué a tiempo al pequeño puerto de Tarapacá para embarcarme en la lancha de un comerciante que ascendía el río Putumayo hasta el pueblo de San José del Encanto, en el río Cara-Paraná. A pesar de las plagas de jejenes y zancudos y del nada agradable olor del pescado salado, que le compraba el lanchero a los habitantes de las orillas del río a cambio de ropa, anzuelos, ollas, cerveza, aguardiente, cigarrillos y dulces, el viaje resultó de un gran interés. Antiguos policías de frontera casados con indígenas, mestizos de todos los colores, negros del Pacífico e indígenas deculturados habitaban las barrancas, o "puertos", de las orillas y recibían al pequeño comerciante con el ansia de un náufrago en medio del océano. Cada noche, atracados en cualquier "puerto" en medio de la nada, escuchaba charlar incesantemente a estos habitantes de la selva que querían saber que estaba ocurriendo en el "mundo", mientras saboreábamos un plato de bagre, o un trozo de mico asado bajado a las malas con un buen trago de aguardiente. Mas tarde, metido en la hamaca y protegido con un grueso mosquitero, anotaba las mil peripecias del día alumbrado con una vacilante lámpara de petróleo. Así, en lanchas, canoas y a pie, atravesé diagonalmente la amazonia colombiana hasta llegar a Florencia, pequeña ciudad en el piedemonte andino en donde terminó mi recorrido por la Gran Selva tras recorrer unos 15.000 kilómetros.

 

Este viaje aportó a mi formación profesional mucho más que mis estudios anteriores en el campo de las ciencias sociales y, específicamente, en la geografía. Me permitió ver la enorme cantidad de paisajes culturales que se pueden encontrar en una región aparentemente homogénea del trópico, como es la selva húmeda amazónica, y la necesidad de buscar las diferencias para comprender las semejanzas. Entendiendo el territorio como la naturaleza segunda que analizaba Baruch Spinoza, percibí el enorme papel de la cultura de cada pueblo en la estructuración de su espacio y la cuarta dimensión saueriana que da la historia de una sociedad para entender sus diferencias. Igualmente, me permitió entender que el concepto de región es polisémico, dependiendo del aspecto que le interesa al analista, lo cual simplifica aquello que por naturaleza es diverso. Cuando intentamos comprender aquello que definimos como región amazónica debemos tener en cuenta que hay diferencias importantes si queremos verla como cuenca hidrográfica, como selva húmeda tropical, como región geopolítica, como distribución de modos de producción, o como anillo de poblamiento. Los enfoques son diferentes pero, sin embargo, se entrecruzan permanentemente, generando eso que llamamos Amazonia, o sea: un sentido de unidad en medio de la diversidad. Esa visión de las diversas Amazonias en una la resumí, años más tarde, en el artículo "Colombia y la panamazonia", publicado en el libro Colombia Amazónica de la Universidad Nacional de Colombia.

 

Algunos de estos elementos surgieron de mi primer viaje amazónico y otros se fueron aclarando en los numerosos viajes que pude hacer a la región desde 1968 hasta la actualidad. Por ejemplo, el concepto de anillo de poblamiento amazónico todavía se encuentra en etapa investigativa, no obstante que se expresó por primera vez en un pequeño artículo publicado en Quito en el 2001. Hay tantos elementos por considerar que siempre se posterga su implementación práctica hasta no tener un dominio completo de sus verdaderas dimensiones. Sin embargo, hay un hecho incuestionable: alrededor de toda la selva amazónica y orinoquense encontramos hoy un enorme anillo urbanizado que está royendo la periferia de la región y penetrando, cada vez más, hacia el interior de la hylea. Millones de nuevos pobladores se aglomeran en grandes ciudades, como Belem do Pará, Brasilia, Santa Cruz de la Sierra, Florencia o Ciudad Bolívar, o en una tupida red de pequeñas poblaciones, vinculadas estrechamente con los mercados nacionales y con una pertenencia tangencial al mundo amazónico. Esta red le va creando un sentido de pertenencia alienada geográficamente a sus pobladores, retirando grandes áreas de la Amazonia y uniéndolas a los territorios de antiguo poblamiento. Amazonia será cada vez más pequeña, aportando su espacio al capital global. En el libro Amazonia colombiana, visión general enfatizo mucho sobre ese problema, puesto que se están creando dos regiones totalmente diferentes: la periferia (u anillo de poblamiento), urbanizada e inmersa en la economía capitalista, y, la selva tradicional, en donde predominan los indígenas con sus economías de subsistencia y su poblamiento disperso de poco impacto ambiental.

 

Otros campos de interés.

 

La economía extractiva. Un problema muy poco estudiado por la geografía ha sido el papel de las economías extractivas en la transformación del espacio*. Este tipo de economía produce mercancías con unos costos ambientales y sociales muy altos y, encima de esto, el valor que produce en su lugar de origen se realiza casi totalmente fuera, valorizando espacios foráneos y desvalorizando los propios. La extracción del oro, las maderas, el caucho y, actualmente, el petróleo sin refinar y la coca, han dejado y siguen dejando, enclaves de miseria en las márgenes de ríos de riqueza. Estos enclaves extractivos ejercen una enorme fuerza centrípeta sobre grandes regiones, atrayendo hacia su vórtice toda la población útil, que abandona sus cultivos y sus poblados para concentrar sus esfuerzos en actividades temporalmente más lucrativas. Cuando este recurso se agota,  las empresas abandonan la región y dejan a la deriva una población desarraigada que difícilmente vuelve a retomar actividades poco lucrativas. Todos migran lejos, dejando la herida de los socavones, las selvas taladas y el desierto poblacional en donde antes existieron formas económicas estables. Aunque es muy difícil detener abruptamente estas actividades, debemos aumentar nuestros esfuerzos y denuncias para que las economías extractivas legales se conviertan en formas realmente productivas renovables y para que los cultivos ilegales puedan ser abandonados, ofreciéndoles alternativas viables al colono y no la "terapia" de la fumigación con venenos y la violencia.

 

Raíces de la geografía colombiana. En los últimos años he visto como una imperiosa necesidad para la geografía colombiana la recuperación  de sus raíces. No obstante que el desarrollo profesional de esta ciencia es nuevo en nuestro medio, existen antecedentes no institucionales muy valiosos en el pasado, que debemos valorizar en el presente buscando sus verdaderos aportes al estudio de nuestro país. Carecemos, por ejemplo, de estudios geográficos sobre las comisiones de límites hispano-portuguesas de la segunda mitad del siglo XVIII en la Orinoquia y la Amazonia, no obstante su gran impacto geopolítico sobre la estructuración posterior de Colombia como Estado-nación. Igualmente, sabemos muy poco sobre los valiosos trabajos cartográficos de Joaquín Francisco Fidalgo sobre las costas caribeñas de Venezuela, Colombia y Panamá, o los trabajos científicos sobre Colombia e Iberoamérica de grandes viajeros o investigadores, como Alexander von Humboldt, Elisée Reclus, Alfred Hettner, Agustín Codazzi o Frederick Simons. Con el olvido de nuestras raíces científicas estamos ubicándonos en una falsa modernidad, haciendo de cuenta que no hay antecedentes que nos den las claves necesarias para analizar nuestro presente. Si el hombre es un producto de su praxis y su historia, los conocimientos sobre la praxis histórica de la geografía nos deben servir de guía para ubicarnos en el tiempo y en el espacio. La búsqueda de esas raíces comenzó hace algunos años cuando, en compañía de otros investigadores comenzamos a recuperar las Obras completas de la Comisión Corográfica. Dicha Comisión, que fue dirigida por el ingeniero militar italiano Agustín Codazzi, recorrió a Colombia, entre 1850 y 1859, levantando mapas del país y elaborando una geografía general de todas sus provincias. Tras la muerte de Codazzi en el 59 la obra se vio interrumpida y todo el material se desperdigó por bibliotecas y archivos de Colombia e Italia. Tras mucho esfuerzo logramos recuperar y publicar las obras completas en ocho tomos, agregándole los mapas de cada provincia y realizando un análisis contextual sobre cada tomo. Actualmente nos hemos comprometido, con ayuda de la Universidad Externado de Colombia en donde soy profesor, la Universidad Nacional y otras universidades, a recuperar y analizar las obras de otros 22 viajeros por Colombia, especialmente durante la colonia y el siglo XIX. Tenemos listos para su impresión un libro sobre el Derrotero escrito por el marino español Joaquín Francisco Fidalgo a finales del siglo XVIII sobre las costas de Colombia y Panamá; otro sobre el viajero inglés Frederick Simons sobre la Península Guajira y la Sierra Nevada a finales del siglo XIX, y un tercer libro, bajo mi coordinación, sobre la organización territorial del Caribe colombiano y panameño durante el siglo XIX. Igualmente, estamos trabajando para publicar una serie de libros sobre las Comisiones de Límites luso-españolas de 1750 y 1777 en la Orinoquia y la Amazonia colonial; la conformación territorial de muchos Estados-nacionales suramericanos, luego de sus independencias, solamente puede ser comprendida si estudiamos a fondo esos procesos anteriores.

 

Un comentario final

 

Con el prurito de acortar distancias con respecto a países donde la ciencia geográfica moderna arrancó hace más de un siglo, gran parte de la geografía latinoamericana se aferra en forma suicida a los últimos adelantos técnicos de la computación; por ello, sin darnos cuenta estamos regresando a la forma medieval del Magister dicet por medio del Deus ex Machina. Sin negar los grandes aportes de la cartografía digital y los modelos virtuales, debemos subrayar que ellos en sí mismos no son la geografía; son herramientas que nos pueden ayudar en el análisis de la construcción social del espacio. Nuestra labor docente ha sido y seguirá siendo: subrayar el compromiso del geógrafo en cuestionar la aparente neutralidad del espacio construido e impulsar la búsqueda permanente de respuestas humanísticas para explicar las desigualdades socio-espaciales.

 

Notas



* Ver al respecto: Camilo Domínguez y Augusto Gómez. La economía extractiva en la Amazonia colombiana. Bogotá, Tropenbos-Corpoararacuara, 1990.

 

 

Referencia bibliográfica

 

DOMINGUEZ, Camilo. La evolución intelectual y la obra de un geógrafo en el contexto de Colombia. La planificación territorial y el urbanismo desde el diálogo y la participación. Actas del XI Coloquio Internacional de Geocrítica, Universidad de Buenos Aires, 2-7 de mayo de 2010 <http://www.filo.uba.ar/contenidos/investigacion/institutos/geo/geocritica2010/05.htm>

 
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