DE UN CAVALLERO PLÁÇIDAS
QUE FUE DESPUÉS CRISTIANO E OVO NONBRE EUSTAÇIO
I
En el tienpo de Trayano, el enperador de Rroma, avía el diablo
grant poder que por sý que por aquellos que lo servían;
ca les fazía orar a los ýdulos e desconoçer e desamar
a Nuestro Señor Jhesu Christo, e marteriar e matar a todos aquellos
que en él creýan. En este tienpo, que vos yo digo, ovo un
rrico omne de muy grant linaje e señor de muchos cavalleros, que
avía nonbre Pláçidas. E este era de buenas maneras
e de buenas costunbres, asý que por su bondat lo feziera el enperador
maestre de su cavallería toda. E son todas buenas maneras que avía:
fazía mucho bien por Dios, ca acorría todos aquellos que
avían menester ayuda, a los coytados, a los mal amigados, a aun
a los que meresçían por derecho muerte. A todos dava él
consejo a todo su poder: vestía a los desnudos, dava a comer a
los que avían fanbre, mantenía las biudas e los huérfanos,
pagava las debdas por los cuytados debdores; a cavalleros e a dueñas
pobres acorría bien a sus coytas; e aun a las que prendía
por Jhesu Christo fazía él mucho algo con piadat. ¿Qué
vos direy mays? Partía su aver e sus cosas por todos los que lo
avían menester. asý que sse semejava bien con un santo omne
que avía nonbre Cornelio, que Ssant Pedro convertiera. El avía
su mugier que lo semejava en buenas maneras; mas pero eran ambos gentiles
e non conosçían Nuestro Señor Jhesu Christo. Estos
anbos avían dos fijos que amavan muy de corasçón.
Aun vos diremos más d’aqueste fidalgo. El era muy buen cavallero
d’armas e muy sesudo en ellas; e era muy bien rrazonado e justiçioso;
e era tan sabidor de guerra que metía todos sus enemigos e de ssu
señor so su poder. E era tan sabidor de aves e de canes, e de caça
de monte e de ribera que sabía e fazía quanto ý avía
menester; e avía ý tan grant sabor que yva ý cada
día. Mas Nuestro Señor, el poderoso e de buen talante, que
sabe e ve quáles ha de llamar e de tirar a sý, non tovo
en desdén las buenas obras de aquel alto omne. Pero era cobierto
de nuve de yerro e de descrençia, non quiso dexar sus buenos fechos
syn gualardón; ca, asý como dize la Santa Escriptura, todas
las maneras de las gentes que a Dios temen e aman e que entienden derecho
e rrazón plazen a Nuestro Señor. Por esto ovo Él
piadat d’aquel alto omne e quísolo salvar; en qual guisa
vos agora diremos.
II
Un día aveno que aquel rrico omne fue a caça commo solía,
con muy grant conpaña de cavalleros e monteros más avaldonadamente
que él pudo. Quando llegaron a una montaña vieron una gran
conpaña de çiervos que atravesavan la carrera por ante ellos.
E tan toste partió su monte: quáles fuesen e por ó,
e quales fincasen e dó estoviesen. E él e los que ovieron
luego de yr corrieron en pos los çiervos. E cada uno atendiendo
su caça, ahé aquí un çiervo grande a maravilla,
mayor e más fermoso que todos los otros. E pasó por ant’él,
e partióse de los otros e fuése meter en la más espesa
xara que falló. E Pláçidas, que lo vio e lo cobdiçió,
partióse de su conpaña e fuése en pos aquel çiervo
lo más que pudo. E asý veno que andido todo aquel día
en pos su caça, asý como Dios quería; e su cavallo
non le cansó nin por xaras nin por canpos nin por matas de yr en
pos el çiervo.
E después qu’el çiervo fue mucho alongado de la conpaña,
sobió alto sobre una peña e torno su cabeça por ver
el que venía en pos él, asý como es costunbre de
los çiervos quando entienden que non vienen ningunos çerca
los que en pos ellos corren. El buen fidalgo se llegó asý
commo andava solo al çiervo, e cató por dó podería
sobir que oviese su caça. Mas aquél que ha todo sen e todo
saber, por su merçet e por su piadat, caçó aquel
que el çiervo quería caçar por sý mesmo, ca
non por otro; non asý commo él fezo conberter el alto omne
Cornello por la plegaçión de Sant Pedro, mas asý
commo convertió Sant Paulo por su desmotrança.
El buen cavallero Pláçidas estovo mucho catando el çiervo
e maravillándose de cómmo era grande e fermoso; mas seso
e poder fallesçió de lo tomar, e mucho le pesava porque
lo non podía tomar. Mas Nuestro Señor Jhesu Christo le fezo
que non començase cosa de que se non podiese ayudar. E asý
como fizo al asno fablar a Balaam, en que yva, quando le dixo la neçedat
que quería fazer, asý mostró él a este bendito
cavallero entre los cuernos de aquel çiervo el señal de
la verdadera cruz, más clara e más luziente que’el
rrayo del sol. E en la cruz estava la ymagen de Jhesu Christo que fezo
el çiervo fablar como omne, e díxole: “Pláçidas,
¿por qué vas tú contra mí? ¿Qué
me quieres o qué me demandas? Sabe que, por amor de ty, te me mostré
entre los cuernos d’esta bestia, asý commo tú ves,
por que me conosçieses. Yo só Jhesu Christo que tú
sierves, e tú non sabes ende cosa. Yo beo bien las limosnas que
tú cada día fazes a pobres e a coytados. E vyne aquí
mostrárteme por este çiervo, e tú echástete
a caçarlo. E yo alcançaré a ty: tú non atarás
nin prenderás el çiervo, mas yo levaré a ty preso
e liado. Ca non es derecho nin rrazón que mi amigo, que tantas
faz de buenas obras, sierva des oy más a los diablos, nin que adore
los ýdolos que non an seso nin saber de acorrer a ninguno de fazer
ajuda. E por esto vine yo en tierra por salvar el mundo.”
E quando Pláçidas oyó esto, fue muy espantado e ovo
tan grant pavor que se dexó caer en tierra del cavallo. E quando
acordó erguyóse e quiso ver más conplidamente aquella
maravilla quel era demostrada. E dixo entre sus dientes: “¿Qué
maravilla e qué visión es ésta que veo? Buen Señor,
descúbreme bien e muéstrame lo que dizes, sy quieres que
yo crea en ty.” E Nuestro Señor le dixo estonçe:
III
“Pláçidas, entiéndeme. Yo só Jhesu
Christo, que fize el çielo e la tierra e los quatro elementos,
e partílos por quatro lugares. Yo fiz el día, yo fiz la
noche, yo fiz la lunbre, yo fiz el escuro, yo fiz la mañana paresçer,
yo fiz el sol arrayar, yo fiz la luna luzir de noche, yo fiz las estrellas
por onrar el çielo, yo fiz los años, yo fiz los tienpos,
yo fiz los meses, yo fiz los rratos, yo fiz el omne de tierra. Yo fuy
puesto en cruz, yo fuy soterrado, yo rresusçité a terçer
día de muerte a vida.”
Quanto esto oyó Pláçidas, echóse en plegaria
e besó la tierra ant’él e dixo: “Buen Señor,
yo creo que tú eres aquél que todas las cosas feziste, e
que metes en carrera todos los descarrerados.”
“Ay, Pláçidas,” dixo Nuestro Señor Jhesu
Christo, “sy tú esto cres, vete a la çiudat e faz
lo que te mandare el obispo de los christianos, e pídele bautismo.”
“Buen Señor,” dixo Pláçidas, “sy
me mandardes, contaré esto a mi mugier e a mis fijos, ca en toda
guisa quiero yo que en ty crean.”
“Vay,” dixo Jhesu Christo, “e cuentagelo todo. Desý
tomad todos bautismo e dexatvos de la mala vida que fasta aquí
feziestes. Desý torna aquí a mí, e mostrar-te-hé
lo que te averná, e por que averás verdadera salut.”
IV
Estonçe salió Pláçidas de la montaña,
e fuése a su casa e contó a su mugier quanto viera e oyera.
E desque lo ovo contado todo, su mugier dio vozes e dixo: “Buen
señor e buen amigo, ¿vistes vós el cruçificado
que los christianos creen e oran? Sabed vós verdaderamente que
aquél es el muy grande Dios e el verdadero Dios, que non á
otro fuera él, que asý mete los que son descarrerados en
carrera, e faz creer a los descreídos.
E esta noche que fue lo vy yo otrosý, e me dixo esto mesmo: ‘Mañana
yredes tú e tu marido e tus fijos en uno a mí.’ Agora
sé yo bien que este Jhesu Christo se vos quier aun mostrar en aquella
forma en la verdadera cruz, porque en toda guisa quier que sepades su
fuerça e su poder e que todos creamos en él. Ora vamos toste
demandar el santo bautismo de los christianos, ca por el bautismo son
suyos quantos aquéllos que lo cren.”
“Buen otrosý dixo él a mí,” dixo Pláçidas.
Luego en esa noche, syn más tardar e syn saberlo omne de su casa,
fuéronse ellos al obispo de los christianos e contáronle
quanto vieran e oyeran e fizieran e dixieran. E quando se conosçieran
que todos creýan en Jhesu Christo, bautizólos luego el obispo
e fue muy ledo e dio graçias a Nuestro Señor, que cosa non
quier perder, ante lo quier salvar. E quando los bautizó, púsoles
otros nonbres: a Pláçidas puso nonbre Eustaçio, e
a su mugier Teóspita, e al fijo mayor Agapito, e al menor Teóspito.
E después que les castigó e les pedricó cómmo
avían de tener la fe de los christianos, comendólos a Dios
e díxoles: “Nuestro Señor Jhesu Christo sea convusco.
Yo bien sé que el fijo de Dios es en vuestra conpaña; e
por Dios vos rruego, quando vós fuerdes en la gloria del paraýso,
que vos membredes de mí commo me yo menbraré de vós,
sy ante allá fuer. Ora vós yd, e seades comendados a Dios
e a Sant Johán Bautista”.
V
Quando fue en la mañana Eustaçio -non sé con quántos
cavalleros—fuése a la montaña, faziendo grandes enfyntas
de caçar. E quando llegó çerca del logar do viera
la visión, partióse de sus cavalleros lo más sesudamente
que pudo, e fuése solo a la peña e vio su vysión
en aquella mesma guisa que la ante viera. E desçendió muy
aýna de su cavallo e echóse en oraçión, e
besó la tierra e dixo a grandes bozes: “Mío Señor
Jhesu Christo, yo sé bien que tú eres Dios e que tú
eres fijo de Dios. Ora creo yo en el Padre, e en el Fijo, e en el Spíritu
Santo; e rruégote que me muestres lo que me prometiste”.
VI
Nuestro Señor le rrespondió: “Eres tú bienaventurado,
Eustaçio. Tu rreçebiste el santo bautismo: agora eres tú
entregado del don de la perdurable vida; ora vençiste el diablo
que te luengamente tovo engañado. Sy crees, muéstralo por
obras, ca fe syn obra, muerta cosa es. E bien sabe tú qu’el
diablo te guerreará, por la enbidia e por el pesar que ha de ty,
porque lo dexaste, e demandará arte e engaño por que te
pueda tentar e fazerte mal; mas muchas cosas te converná a sofrir
por vençer. Tú fasta aquí fueste onrrado e ensalçado
e saliste sienpre bien de los grandes fechos del sieglo, e fuste mucho
abondado de las rriquezas del mundo. Ora te convién que te omilles
e que dexes el orgullo e la ufana e las vanidades del sieglo; e después
adelante serás ensalçado en las rriquezas çelestiales.
Pues agora te guarda que fuerça nin bondat de ty non fallesca do
te fuere menester, nin te mienbres del grant amor que oviste al mundo.
Mas asý commo te tú trabajaste de bien fazer en armas, e
de guerrear bien tus enemigos, e de los vençer por fazer plazer
a tu enperador que es mortal, otrosý sé rrezio e fuerte
en te defender del cometer e del assaetar del diablo e por guardar mi
amor, que só enperador del perdurable ynperio. Ca asý ha
de ser que tú serás tentado commo fue tentado Job. E tú
vencerás el diablo por verdadera paçiençia. Ora te
guarda bien que non piensas maldades nin seas engañado en cuydado
nin en fecho; ca, desque fueres bien quebrado e bien omillado, yo tornaré
a ty e fazer-te-he cobrar toda tu primera onrra e tu primero plazer, e
después dar-té la alegría del paraíso”.
VII
Desque Nuestro Señor Jhesu Christo dixo esto, sobióse a
los çielos. Mas ante dixo a Eustaçio: “¿Quieres
agora rreçebir las tentaçiones, o en çima de tu vida?
Escoge quál ante quesieres”. E Eustaçio le rrespondió:
“Buen Señor, rruégote que sy asý es que yo
non puedo escusar las tentaçiones asý commo tú las
devisaste, dámelas luego, que ante las quiero agora sofrir que
después. Mas dáme poder e fuerça de sofrençia
que mi aversario non me pueda, por fecho nin por dicho, echar de tu creençia
nin rrevolverme el corasçón nin el cuydado”. E Jhesu
Christo le rrespondió: “Christiano, ssé fuerte e vençerás;
ca mi graçia será todavía contigo, que vos guardará
las almas”.
Entonçe se tornó Eustaçio a su casa, e contó
a su mugier quanto le Jhesu Christo dixiera. Estonçe se echaron
en oraçión anbos en inojos e rrogaron a Nuestro Señor
en esta guisa: “Buen Señor Jhesu Christo, la vuestra voluntad
sea fecha; e fazed de nós lo que vos ploguier”.
E non tardó mucho después d’esto que toda su conpaña
le enfermó, e morieron a poco tienpo todos, asý servientes
commo cavalleros. E en esto entendió don Eustaçio que era
comienço de sus tentaciones; e en rreçebiéndolas,
gradeciéndolas e dando loor a Dios, rrogó a su mugier muy
de corasçón que por esto nin por ál non le falleçiese
sofrençia. A un poco después d’esto cayó mortandat
en sus cavallos e en todas sus bestias e en todo su ganado, asý
que non le fincó nada.
VIII
Esta tentaçión sofrió Eustaçio muy buena
mente e syn pesar. E después partióse de su casa con su
mugier e con sus fijos muy ascondidamente. E quando esto sopieron sus
malos vezinos –e como dize el probervio que quien á mal vezino
á mal matýno- asý fezieron ellos: entráronles
de noche en la casa e tomáronles todo quanto ý fallaron,
asý que les non fincó de quantas rriquezas avían
salvo lo que traýan bestido.
Después adelante veno un día qu’el enperador e todos
los rromanos fazían grant fiesta por una buena andança que
ovieron de una lid que vençieron en Persia, e cuydavan que Pláçidas
fuése áquella fiesta, por que era maestre e cabdillo e príncipe
de todos los alcaides. Buscáronlo e non lo fallaron. E mucho se
maravillaron todos qué se feziera d’él tan syn sospecha,
que nin a él nin a su mugier nin cosa de lo que avían non
pudieron fallar. Mucho ovo ende grant pesar el enperador e todos los altos
omnes, e maravilláronse mucho de tal aventura.
Teóspita dixo a Ssant Eustaçio: “¿Qué
atendemos aquí? Venid, e tomemos nuestros fijos -que tanto nos
fincó de quanto avíamos- e partámonos de aquí,
ca todos nos despreçian quantos nos conosçen”. Tanto
que fue noche tomaron sus fijos e fuéronse contra Egipto. E tanto
andudieron por sus jornadas que llegaron al mar, e fallaron ý una
nave que estaba guisada de yr para allá. E quisieron entrar dentro.
E el maestre de aquella nave era gentil e d’estraña tierra
e de mala parte e syn piadat; pero todavía entraron con él.
E quando él vio la mugier de Eustaçio, tan fermosa e tan
pagadora, codiçióla mucho. E quando fueron a tierra demandóle
el precio del pasaje. E porque ellos non avían cosa de lo que pagar,
tomó el marinero la dueña por el pasaje. E Eustaçio,
a quien pesava más, rrogóle mucho e muy de corasçón
que lo non feziese. E el marinero mandó a sus omnes que lo echasen
en la mar. Quando Eustaçio esto entendió, dexóle
su mugier e tomó sus fijos entre sus braços e fuése
fuyendo con ellos, cuydando que gelos tomarían, e otrosí
por non ver desonrra de su mugier.
E fue asý fasta un grant rrío que falló, todavía
llorando e faziendo su grant duelo en esta guisa “Mios sabrosos
fijos, ¡quánto mál á venido a vós e
a mí! Ca vuesta madre ha marido estraño”. El cató
el rrío e violo tan grande e tan ancho que non osó pasar
con anbos los fijos en una vez. E echó el uno a las cuestas e el
otro dexó rribera del rrío. E desque pasó el moço
allende, púsolo en la rribera; desý tornó por el
otro.
E quando llegó a medio del rrío, cató e vio salir
un león de un mato, e tomóle el fijo por qu’el yva
e tornóse al mato con él. E quando él vio que avía
perdido su fijo, tornó por yr al otro. E tanto que bolvió
la cabeça, tovo mientes e vio que un lobo levava el otro. E estando
asý en medio del rrío, dio salto en sus cabellos e començó
a tirar por ellos, e a rronper sus paños, e a llaner e a llorar;
e ovo tan grant coyta que se quesiera echar en el rrío. Mas Nuestro
Señor lo guardó por su graçia, que le fizo sofrir
en paçençia su pérdida e su daño.
IX
Ora vos dexaremos de fablar de Sant Eustaçio e de su pérdida,
e tornar-vos-hemos a sus fijos. El león que tomó primero
su fijo dexólo sano e salvo, ca asý quiso Dios. E dezir-vos-hemos
cómmo caçadores que andavan por aquel lugar, quando vieron
al león levar el niño, començaron a correr con él
con lanças e dando bozes, e coitávanlo con sus canes. E
el león -que non quiso Dios que lo tañiese en carne, e que
lo levava por sus paños- quando lo coytaron mucho, púsolo
en tierra sano e salvo. E otrosý carvoneros, que fazían
carvón en el monte, vieron al lobo levar el otro fijo, e corrieron
tanto con él que gelo fezieron dexar syn dapño que rresçebiese
el niño. E los caçadores e los carvoneros eran todos de
una villa. E los señores de aquéllos tomaron los niños
e criáronlos muy bien. Mas el padre non sabía nada d’esto,
ante se yva llorando e sospirando, e fablando consigo en esta guisa:
X
“¡Ay cativo, coytado! Tal fuy yo commo el fermoso árvol
avondado de fojas e cargado de fruto; agora só pobre e agora só
mendigo. ¡Ay cativo! Que ya fue sazón que fuy onrrado e que
fuy rrico; ora só desonrrado, ora só desconfortado, ora
só despreçiado. ¡Ay cativo! Que fuy maestre e cabdillo
de cavalleros, e fuy rrico de amigos e fuy onrrado de vezinos; ora só
astroso, ora só syn conpaña; ora só syn consejo;
pues mis fijos he perdidos, que ya non me finca conforto. Buen Señor
Dios, non me dexes a la çima nin desprecies mis lágrimas;
ca bien me mienbra que me dexiste que sería tentado commo Job.
Enpero sy él perdió sus rriquezas e sus posesiones, al de
menos fincóle un muradal en que pudiese ser e yazer; mas yo só
en tierra estraña, con otra tanta coyta commo él ovo. El
fincava con amigos que lo confortaban; yo ando solo por el yermo entre
bestias fieras que me tollieron quanto conforto avía –míos
fijos que he perdidos. El ovo quien lo serviese e quien lo guardase, ovo
su mugier en que avía su conforto; mas yo cativo finqué
coitado, syn consejo e syn conpaña, nin veo amigo nin pariente.
E só atal commo la caña en el monte, que el viento la aballa
de todas partes. Piadoso Señor, non te pese sy me creçen
muchas palabras, ca he gran pesar, e creçe mi saña, e digo
más cosas que non son de dezir. Buen Señor Dios, guárdame
e çierra mi boca e mi corasçón, que mi corasçón
non piense nin que mi boca diga cosa que te desplega. Dame, sy te pluguier,
folgança de mis coytas”.
El esto diziendo, llegó a una villa que avía nonbre Dadisa.
Allý fincó e allý se trabajó de ganar su pan.
Luengo tienpo le plogo de bevir allý. E puso con los rregidores
de la villa que le diesen a guardar los panes e las viñas, e diérongelo.
E fue allí guardador quinze años. E sus fijos fueron criados
en el aldea –commo vos dixiemos- mas ninguno non sabía sy
eran hermanos. Ora vos dexaremos a fablar del padre e de los fijos e tornar-vos-hemos
a la dueña.
XI
El marinero -onde vos deximos- quiso aver aquella noche conpaña
con la dueña. Mas el Nuestro Señor guardóla, asý
que non pudo el marinero cosa fazer de quanto deseava. Asý rrogara
ella a Nuestro Señor que la guardase de desonrra e de ocasión;
e quísola Dios ende guardar. E dirévos cómmo aquella
noche mandó el marinero fazer su lecho bueno, e fezo ý echar
la dueña. E quando se él quiso echar, tomóle un mal
tan fuerte que lo mató luego. E quando esto vieron los omnes del
maestre de la nave, ovieron muy grant miedo; ca entendieron que esto fuera
por virtud de Nuestro Señor, e non se osaron acostar a ella por
le fazer pesar. E leváronla a una dueña que ý avýa,
que era señora de un castiello, e diérongela en serviçio.
E ella dioles graçias por ende su don, qual tovo por bien.
E la señora del castiello paró mientes en ella, e semejóle
por el senblante que le vio fazer que avía parte en bien, e que
non podía ser que de algunt buen logar non veniera. E por ende
le preguntó de quál tierra era o de quál linage.
E ella díxole la tierra mas non le quiso dezir el linaje; ante
le quiso dezir que era mugier pobre e que bivía de su menester.
Estonçe le demandó la dueña quál menester
avía. E ella le dixo que non avía menester, synon que savía
guardar las huertas e que sabía ý criar las yervas, e que
sabería ý criar gavilanes e estas crianças de casa.
E todo esto dezía la santa mugier por que ella non entendiese que
ella era de alto logar, ca se entendía que la onrraría más
porende. Ca ella non cobdiçiava ninguna onrra del mundo, pues que
su marido avía perdido. Estonçe la dueña, con duelo
d’ella, diole una ortalía çerca de la villa en que
biviese. E ella fizo ý su choça en que bivía. E asý
quiso Dios que, desde allý adelante, fue aquella huerta tan mucho
para bien que en toda aquella tierra non avía tan buena nin que
tanto preçiasen.
Ora vos dexaremos a fablar de la dueña: con tal consejo fyncó
qual Dios le diera. E tornar-vos-hemos a contar de Sant Eustaçio
cómmo le aveno después que le tomaron su mugier, e las coitas
por que pasó, e cómmo tornó después a su onrra
en que ante era, asý commo le prometiera Nuestro Sennor: que después
de sus tentaçiones tornaría a su grant onrra.
XII
Después aveno, e non tardó mucho, que una gente corrió
aquella tierra do la dueña era. E la tierra era de los romanos,
e la guerra cresçió muy grande entre ellos e sus enemigos,
asý que ovo el enperador, que era acá en Rroma, de saber
ende las nuevas. E menbróle del maestre de los cavalleros, que
era muy sesudo en armas; e pesóle mucho porque lo perdiera asý.
E llamó sus cavalleros e preguntóles sy sabían cosa
de su muerte o de su vida. E desque non pudo aver de las nuevas, mandólo
buscar por todas las çibdades e por todas las villas que eran del
señorío de Rroma. E prometió grant onrra e grant
rriqueza a quien lo fallase e gelo troxiesse.
Entonçe venieron ant’él dos cavalleros, Antiocus e
Agnachis, que eran mucho amigos del maestre de los cavalleros. E prometieron
al rrey que gelo yrían buscar. Entonçe cavalgaron e andodyeron
tanto a la ventura que llegaron a la villa ó era Sant Eustaçio.
E tan longe commo los vio conosçiólos. Entonçe le
menbró de cómmo solía bevir primeramente, e fue torvado
un poco e movido, e fezo su oraçión en tal guisa: “Buen
Señor Dios, que libras tus amigos de todas coytas, asý commo
yo era agora ver aquéllos que nunca ver cuydava, asý manda
tú por tu plazer que aun yo vea tu sierva mi mugier; ca bien sé
yo que mis fijos son perdidos por mi pecado. E buen señor, dáme
este don que te demando, qu’el día del juyzio, a que todos
avemos de rresusçitar, que yo vea mis fijos”.
E non uvio acabar su oraçion quando una boz del çielo le
dixo: “Eustaçio, sé seguro que tú vernás
çedo a tu primero estado, e averás tu mugier e tus fijos.
E el día de la comunal rresurreçión averás
muy mayores cosas, ca averás vida perdurable e la lediçia
del paraýso. E tu nonbre será ensalçado por todo
el mundo quanto él durará”.
E Eustaçio, quando esto oyó, asentóse e fue todo
espantado. Mas quando los cavalleros se fueron llegando a él, erguyóse
e fue contra ellos. E quanto se más llegó a ellos, tanto
los conosçió mejor; mas ellos non lo conosçieron.
E dixiéronle: “Buen amigo, Dios te salve”.
“Buenos señores”, les dixo Sant Eustaçio, “Dios
vos bendiga”. “Dinos”, dixieron ellos, “sy tú
viste de tienpo acá un omne estraño, que avía nonbre
Pláçidas, con su mugier e con sus fijos. Ssy nos lo tú
enseñases, nos te daríamos grant aver”. “¿E
por qué”, dixo él, “lo demandades vós?”.
“Porque era”, dixieron ellos, “muy nuestro amigo. E
queríamoslo muy de grado ver, ca mucho ha grant pieça que
lo non vimos”. “Non vy,”, dixo él, “aquí
tal omne nin lo conoscý. Pero yd oy comigo albergar, ca yo otrosý
só de tierra estraña”.
XIII
Entonçe los levó consigo a su posada, e fue corriendo por
vino que les diese de bever, ca mucha fazía grant calentura. E
dixo a un su buen huéspede con que posava: “Amigo, yo conozco
estos omnes anbos, e por esto los troxe acá. E rruégovos
que me enprestades vino e lo ál que ovier menester por que los
pueda tener viciosos; que yo vos pagaré muy bien de lo que he ganado”.
E el huésped le enprestó de grado quanto ovo menester.
Commoquier que los caballeros feziesen fiesta, Sant Eustaçio non
podía sofrir de llorar, porque le menbrava su primera vida. E salióse
fuera de casa e lloró muy fieramente. E desque lloró mucho,
lavó su faz e tornó a casa e servió los caballeros.
E los caballeros lo cataron e rrectaron, e fuéronlo conociendo
poco a poco. E dixo el uno en poridat al otro: “Mucho me semeja
este omne áquél que nós demandamos”.
“Verdaderamente”, dixo el otro, “nunca vy cosa que más
me semejase. Agora metamos mientes, e catemos sy tiene una señal
en la tiesta de un golpe que le dieron en una batalla. E sy lo tiene,
éste es el que nós demandamos”.
Entonçe lo cataron de más çerca e viéronle
la sobresanadura de la llaga. E erguiéronse corriendo e fuéronlo
abraçar, e fezieron con él grant fiesta e grant alegría.
E preguntáronle en llorando: “¿Señor, sodes
vós el maestre de los caballeros del enperador?” E él
en llorando otrosý dixo: “Non”. “¿Non?”,
dixieron ellos, “ca vos vemos el señal de la cabeça,
por que vos conosçemos”. E commoquier que él negase,
juravan ellos que aquél era Pláçidas, el cavallero
cabdillo de los cavalleros. E ellos le preguntaron por su mugier e por
sus fijos e por otras muchas cosas. E Sant Eustaçio se les fizo
entonçe conosçer, e dixo que la mugier e sus fijos eran
muertos.
Ellos asý fablando, sopieron las nuevas ende por la villa, e todo
el pueblo fue ý ayuntado. E los cavalleros les contaron toda la
ventura e la onrra e la alteza de aquel omne. E los que lo oýan
dezían: “¡Dios, qué maravilla de tan alto omne
commo éste, que nos servió tan luengamente e nunca d’él
podimos cosa saber!” Entonçe contaron los cavalleros a Sant
Eustaçio el mandado del enperador. Desý bestiéronlo
muy rricamente, e diéronle muy buen palafrén, e acogiéronse
al camino. E todos los buenos omnes de la villa salieron con ellos e feziéronles
mucha onrra. E al partir abraçólos él e comendólos
a Dios. E los cavalleros yendo asý cavalgando, contóles
él commo avía nonbre Eustaçio e todas las aventuras
por que pasara.
XIV
Tanto andudieron por sus jornadas que a quinze días llegaron do
el enperador era. E los cavalleros anbos fueron delante, e dixiéronlo
al enperador que fallaran a Pláçidas e que venía.
El enperador salió contra él con muy grant plazer, e abraçólo
e preguntóle en llorando por qué se partiera d’él
tan syn sospecha. E Eustaçio contó a él e a los altos
omnes cómmo perdió su mugier e sus fijos, e todas sus coytas
e todas sus andanças. Mucho fue la grant alegría e grant
fiesta que fue por toda la çibdat de Rroma, ca mucho era amado
de todos. E el enperador lo fizo maestre e cabdillo de los cavalleros
commo ante, por lo enviar contra sus enemigos. E él cató
e vio bien que aquellos cavalleros non eran tantos por que pudiese fazer
con ellos a su plazer guerra contra sus enemigos.
XVEntonçe se fue a la frontera onde avía de guerrear. E
mandó por todas las çibdades e por todas las villas de aquella
tierra que le levasen cavalleros e peones, e quántos levasen de
cada logar. Onde aveno que de aquella villa donde sus fijos fueron criados
le ovieron de enviar dos omnes a su soldada. E todos los de la villa se
acordaron de enviar aquellos dos mançebos que eran estraños
e grandes e arreziados e muy bien fechos. E anbos los mançebos
fueron a la hueste de grado. E desque todos fueron llegados, ayuntáronse
antel maestre de los cavalleros, e él fizo una señal a cada
uno en las espaldas. Mas los dos mançebos, porque los vio grandes
e fermosos e bien fechos, e que le semejaron de buen corasçón
, tomólos para que lo serviesen, ca le semejaron fidalgos e omnes
de buena parte. Tanto los amó e preçió que los fizo
ser a su mesa. Después qu’él ovo fecha su fazienda
e sus cosas guisadas, movió contra sus enemigos. ¿Qué
vos yremos mucho contando? Quanta tierra los bárbaros tomaron a
Rroma, toda la cobró.
XVI
Después que él ovo conquista la tierra de sus enemigos
de su señor, fuése a un rrío que ha nonbre Jaspes,
por lo pasar e por yr a su tierra de los bárbaros por conquerir
e por lo meter todo so poderío de Roma. E quiso Dios asý
que de aquella yda entró en la tierra do era su mugier, que Dios
guardara bien del marinero. La dueña guardava una huerta de aquella
dueña con quien era, e seýa en una choça. El señor
de los cavalleros llegó allý e posó en la rribera
d’aquel rrío, que era muy fermoso e muy sabroso de huertas
e de todo otro viçio. E aveno assý por aventura que la tienda
de aquel señor fue armada en aquella huerta mesma que la dueña
guardava; e más aveno que los fijos posaron en la choça
de su madre.
E a ora de mediodía, fue asý que los mançebos començaron
a fablar en su fazienda e de sus aventuras por que pasaran, de que se
menbravan bien. E la madre seýa con ellos, que les oýa de
grado sus rrazones. E el mayor dixo al menor: “Quando yo era niño,
miénbrame agora e sienpre me menbrará que mi padre era señor
de cavalleros e que mi madre era buena dueña e muy fermosa a maravilla;
e de seys fijos que oviera, non avía otros synon yo e otro menor
que yo. E aveno asý que se salieron de la tierra e levaron consigo
a mí e aquel otro mi hermano. E fuéronse al mar e fallaron
ý una nave guisada de se yr, e entramos ý; mas yo non sabía
dó se ellos querían yr. Quando salimos de la nave, nuestra
madre non salió connusco; ca non sé por quál rrazón
fincó ý. Mas nuestro padre levónos anbos, e vilo
al salir de la nave llorar muy fuertemente. E yendo asý llorando,
llegó a un rrío e pasó ençima de sus espaldas
a mi hermano que era menor allende el rrío. E él en medio
del rrío, vino un lobo e tomó mi hermano e fuése
con él; e un león levó a mí. E los porquerizos,
que andavan de la una parte a la otra del rrío guardando ganados,
libraron a mí del león e a mi hermano del lobo”.
Quando el menor vio asý fablar al mayor, començó
a llorar e dixo en llorando: “Para el Dios de los christianos, seméjame
por lo que dezides que sodes mi hermano; ca muchas vezes me dixo aquél
que me criava que me tolliera en esa guisa un lobo”.
E la madre, que esto oyó, bien sopo que era verdat lo que dezían
de lo que les aveniera fasta la salida de la nave ó ella fincara
por el preçio del pasaje al marinero. E començó a
pensar sy poderían por aventura ser aquellos sus fijos; e más
por aquello que les oyera dezir que fueran fijos de un cabdiello de cavalleros,
e que su madre fuera dexada en la nave. Pero sofrióse ende fasta
en la mañana.
Otro día en la mañana fue al príncipe de los cavalleros,
e díxole asý: “Por Dios te rruego, buen señor,
que me lieves a mi tierra ca yo só natural de Rroma, e troxiéronme
cativa en esta tierra. E porende te pido merçet que me lieves a
la mía”.
XVII
Ella esto diziendo, paró bien mientes en él e viole una
señal en el rrostro que le muchas vezes viera, e conosçiólo
luego. E echósele a los pies e díxole: “Buen señor,
non vos pese de fablar convusco, mas escuchatme. E pídovos por
merçet que me digades un poco de vuestra fazienda, ca bien cuydo
que vós sodes Pláçidas, el cabdiello de los cavalleros
del enperador de Rroma, aquél que después ovo nonbre Eustaçio,
quando el salvador del mundo le aparesçió en cruz entre
los cuernos del çiervo e lo partió de ssu descrençia,
e le dixo que sofriría por él muchos pesares e caería
por él en muchas tentaçiones. E él tomó entonçe
su mugier e sus fijos, e fuese a Egipto en una nave. Yo só aquella
ssu mugier, que fynqué entonçe con el mal marinero por el
preçio del pasaje, e tróxome a esta tierra. E Dios, que
es guarda de sus amigos, me guardó en tal guisa que do él
quería fazer su plazer de mí, fízolo morir mala muerte.
Agora vos dixe verdaderas señales de mi fazienda e la de la vuestra.
Agora me dezit sy vos conosçedes en vós. Yo vos conjuro
por la fe de Jhesu Christo vuestro salvador”.
XVIII
Quando Eustaçio esto oyó, fincó los ojos en ella
e paróle muy bien mientes, e católa bien e conosçióla
luego. E tomóla por la mano e fuése con ella a su tienda,
e ovo tan grant plazer que se tomó a llorar muy de rrezio. E el
bessar e el abraçar duró mucho e muchas vezes. E gradeçieron
mucho a Dios que los ayuntara. E loaron el salvador del mundo, que acorre
e ayuda en todos lugares e en todas coytas sus servientes, e los libra
de pesar e de mala andança. E quien Dios quier ayudar ninguno non
le puede nozir.
XIX
Entonçe le dixo la dueña: “Buen señor, ¿dó
son vuestros fijos?”. “Çiertas”, dixo él,
“bestias bravas los comieron”. Desý contóle
más todas las cosas por que Jhesu Christo lo feziera pasar.
E ella dixo entonçe: “Señor, commo Dios por su merçet
fizo que uno de nós conosçió al otro e nos yuntó,
asý fará por la su graçia que averemos nuestros fijos”.
“¿E non vos digo yo,” dixo él, “que las
bestias bravas los comieron?”. “Non vós desesperedes,
señor”, dixo ella, “de la merçet de Dios, que
él vos porná consejo a todo. E yo vos diré quanto
me ende ya aveno. Yo seýa en una choça d’esta huerta
que yo guardava, e dos mançebos de vuestra casa posaron comigo,
e començáronse de preguntar e de fablar de su fazienda e
todas aquellas cosas que avenieron a nós e a ellos fasta que fueron
quitados a las bestias. Todas las cosas contaron, e en su cuento falláronse
por hermanos. E por quanto les yo oý sé bien que aquéllos
son vuestros fijos. E estas nuevas aprendý yo del mayor. Ora podedes
vós bien entender e saber cómmo es grande el poder de Dios
e cómmo es sabroso, que fizo que asý conosçiese el
uno al otro. Señor, enbiad agora por ellos e preguntadlos ende”.
E él asý lo fizo: enbió por ellos e preguntóles
de su fazienda. E ellos gelo contaron asý commo vos ya dixiemos.
Entonçe sopo Eustaçio çiertamente que aquéllos
eran los sus fijos. Desý tomó el uno e abraçólo
e besólo, e desý al otro, e su madre otrosý. E sy
Eustaçio e la dueña e sus fijos ovieron consigo muy grant
plazer, esto non nos semeja de demandar. E loaron a Dios e yoguyeron en
oraçión desde ora de terçia fasta mediodía,
gradeçiéndole mucho el grant plazer que ovieron d’aquella
ventura.
XX
De la fallada e de los fallados fueron las nuevas dichas por toda la
hueste, e fueron todos maravillados cómmo Dios asý los juntara.
E por la grant alegría que ende ovieron fezieron grant fiesta.
E porque avían conquistos sus enemigos, fezieron en otro día
mayor fiesta e mayor lediçia, e dieron graçias a Dios Nuestro
Señor por el su grant poder e por la su grant piadat. Desque ovo
el buen cavallero cobrada la tierra que perdiera e conquistos sus enemigos,
tornáronse con gran alegría e con grant onrra e con grant
ganançia.
Mas aveno asý que ante que Eustaçio tornase a Rroma qu’el
enperador Troyano, que’l amava mucho, su señor fue muerto.
E posieron otro enperador en su logar, que avía nonbre Adrién.
Este enperador fue gentil e fue de grant crueza, e puso mal su fazienda,
e fue peor contra los christianos que el de ante. Quando Eustaçio
se tornó a su tierra salió el enperador a rresçebirlo
mucho onrradamente e muy lueñe. E fue muy ledo con él e
fizo con él grant fiesta por sus enemigos que avía conquistados.
E el yantar fue muy grande, e las mesas fueron puestas, e asentáronse
a comer. E todavía entre manjar e manjar preguntava el enperador
e dezía: “Don Pláçidas, contadnos cómmo
vos aveno de vuestra guerra, e cómmo fallastes vuestra mujer e
vuestros fijos”. E por esto se delongó más el jantar,
ca él le contó lo más de sus aventuras.
XXI
De mañana fue el enperador al tenplo por fazer sacrifiçio
a sus ýdolos e por gradeçer a sus dios la conquista que
Pláçidas feziera. E entró en el tenplo de Apollo
que era su mayor dios. Mas Eustaçio non quiso entrar; ante se tiró
bien afuera. E el enperador le llamó, e preguntóle por qué
non quería fazer onrra a sus dios que le dieran tan fermosa aventura
e le fezieran tanto bien, porque cobrara su mugier e sus fijos. E él
rrespondió al enperador syn pavor e toste: “Yo onrraré
e onrro a mi Señor Jhesu Christo, a él fago yo sacrifiçios
de mis oraçiones e de mis rruegos, a él do yo graçias
e loor; que ovo de mí piadat e me sofrió e me confortó
en mis coytas, e me fizo cobrar mis pérdidas e mis dapños.
Otro dios non sé yo, otro dios non siervo yo, otro dios non oro
yo fuera aquél del çielo, que faz maravillas e miraglos
quales quier”.
XXII
El enperador fue muy sañudo e muy bravo; e fezo meter dentro a
él a su mugier e sus fijos. E fézolos estar ante sý
e menazólos mucho; mas todo non le valió nada. Quando vio
el bravo enperador que non podería quitarlos de su crençia,
mandólos levar a una grant plaça que ha nonbre rreyna. Aquella
plaça era logar d’esgremir de los que esgremir querían,
e de fazer danças e de fazer alegrías, e de bofordar e de
todo trebejo. E allý fazían sus batallas los rretados e
los que sse avían de conbatir, por alguna rrazón, uno por
uno o dos por dos. Allý jogavan los que jogar querían tablas
e axedrez e todos los otros juegos. Por estos juegos e por estos trebejos
e por otras cosas muchas sse ayuntavan allý por fazer fiestas los
de la çibdat de Rroma.
El enperador mandó que le troxiesen un león, e fézolo
meter en un corral que ý avían fecho para matar toros e
para fazer ý otras cosas tales, e que metiesen allý con
el león aquellos quatro. E esto fue fecho. E quando el león
llegó a los amigos de Jhesu Christo, baxó la cabeça
e omildóseles e adorólos. Desy salióse del corral
e de toda la plaça, e fuése. E esto tovo el enperador e
los otros por grant maravilla, porqu’el león non los comió
todos.
XXIII
Mas por toda esta maravilla non los quiso él dexar. Ante mandó
fazer muy grant fuego dentro e fuera en un buey d’arame, que era
fecho para martiriar aquéllos que de su fe se quitasen. E después
que aquel boy fue bien ferviente, mandó ý echar los quatro
amigos de Jhesu Christo. E todos los de Rroma, christianos e paganos,
fueron ý ayuntados por ver cómmo los martiriavan. Mas ante
que los marteriasen, rrogó Sant Eustaçio a los que los avían
de martiriar que los dexasen fazer su oraçión. E ellos gelo
otorgaron.
Estonçe tendió Sant Eustaçio sus manos contra el
çielo e fizo su oraçión en tal guisa, “Jhesu
Christo, que as tal poder e tal virtud que omne nin ál non podería
aver, e que nos asý commo tú devisaste vimos después
nuestros pesares e después todas nuestras coytas, e que por tu
piadat nos quesiste juntar después nuestros dapños e después
nuestras pérdidas, e que por aver la conpaña de los tus
santos, queremos rresçebir martirio. Buen Señor Dios, asý
commo los tres niños de Babilonia fueron metidos en fornalla ardiente
e prováronse ý tan bien que nunca te negaron, asý
nos quieras tú probar en este fuego, que te podamos dar en este
martirio nuestras almas linpias e esmeradas, e que nós podamos
fenesçer nuestra vida en tu serviçio. E Señor, que
ayamos tal graçia por tu plazer que todos aquéllos que rremembrança
alguna fezieren de nós en quanto nos rrogaren e demandaren ayuda
de buen corasçón, e todos aquéllos que nos onrra
fezieren, ayan parte e conpaña conusco en el çielo, e acá
en tierra conplimiento de todos bienes. Ssy fueren en peligro de mar o
de otra agua e nos llamaren, líbralos e de todo otro peligro otrosý.
E si cayeren en pecado mortal, ajúdales e ave d’ellos merçet,
e tráelos a verdadera confesión, e ayúdalos e acórrelos
en todas sus coytas. E rruégote, Señor, que este fuego torne
frío commo elada, e desque las almas fueren partidas de nuestros
cuerpos, que nuestros cuerpos finquen en uno e que se non partan por otros
lugares”.
XXIV
Sant Eustaçio, desque ovo fecha su oraçión, díxole
una boz del çielo: “Asý será, commo tú
demandas e aun más. E porque vos provastes en vuestras tentaçiones
tan bien commo oro en fornalla, vós averedes por lloro lediçia
e por lazeria viçio; e por el pesar que rresçebistes en
el mundo averedes grant plazer en el paraíso”.
Tanto que los amigos de Dios oyeron esta boz, dexáronse yr muy
ledos al boy de aramen e entraron dentro. E el fuego tornó frío
commo elada. E ellos dieron, en cantando e en loando a Dios, sus buenas
almas a él. E allý podería omne ver grant maravilla:
ca yazían en medio del fuego asý commo sy yoguyesen en buenos
lechos o estradas de frescas rrosas, nin les paresçía en
paños nin en cabellos nin en ál cosa de quemadura.
A tres días después veno ý el enperador e mandó
abrir el boy por ver cómmo yazían. E quando él e
los otros que fueron con él vieron los cuerpos asý yazer,
cuydaron que aún eran bivos e feziéronlos sacar fuera. Mas
mucho se maravillaron que tan solamente non vieron filo de rropa nin cabello
quemado, e que vieron los cuerpos blancos commo la nieve e que rresplandeçían
commo rrayo de sol. E el enperador ovo tan grant pavor que fuyó
d’allý, e fuése para su palaçio. E todos aquéllos
que ý estavan dixieron a altas bozes: “Grande e poderoso
es el Dios de los christianos, e non ha Dios sy él non, que tales
virtudes e tales miraglos faze quando quier, commo buen señor”.
XXV
Después d’esto venieron los christianos ascondidamente e
tomaron los cuerpos de los amigos de Dios, e leváronlos muy onrradamente
a un muy fermoso logar, e soterráronlos ý. E quando ovieron
tienpo fezieron su fiesta dos días andados de novienbre.
Tal fue la vida e tal fue la fyn del bendito Sant Eustaçio e de
ssu conpaña. E bien sepan todos aquéllos que se d’ellos
menbraren, e que los onrraren en tierra, e que los llamaren en sus coytas,
quier que sea en peligro del cuerpo, quier sea en peligro del alma, averán
luego consejo e ayuda tanto que sean bien manifestados; ca este don les
dio Nuestro Señor que bive e rregna syn fin. Amén.
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